Keyna Eleison: “El arte para los blancos es la cotidianidad de las comunidades indígenas”
La curadora de la Bienal de las Amazonas exige pagos justos a las comunidades y reivindica el arte en plural: “El problema no es la plata, es dónde está”


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A Keyna Eleison (Río de Janeiro, 46 años) le obsesionan muchas cosas más allá del arte. Desde antes de convertirse en la curadora de la Bienal de las Amazonas, a la brasileña le perseguían cientos de preguntas sobre todo lo que rodea a este universo: lo individualista del sector, el saqueo histórico, la mirada condescendiente a las comunidades, los pagos injustos y, sobre todo, el completo desconocimiento de estos territorios. “La Amazonia no solo es un espacio de extracción, es un espacio de recursos intelectuales“, explica en una entrevista con EL PAÍS. Y estos recursos, cuenta, tienen que ser reconocidos también dentro de las lógicas capitalistas: ”Estamos en un mundo en que necesitamos comer, beber, comunicarnos (…) El problema no es la plata, es dónde está“.
Escritora, chamán, cantante, cronista ancestral y gestora cultural, Eleison encuentra en sus múltiples sombreros un hilo conductor: no estar sola jamás. “Mi trabajo siempre está conectado con el hacer de otra persona. Estoy atravesada por constantes recuerdos de que hay mucho que no sé”, narra emocionada.
La curadora también presta atención al poder de las palabras que se instalan en el sur global sin tener aquí sus raíces. Museo, arte, bienal… Durante la conversación, enmarcada en el Foro Económico de América Latina y el Caribe, liderado por CAF, que se realizó en Panamá, se le acerca una mujer afrocolombiana a agradecer su ponencia. “Llevo 20 años pintando y movilizando a la comunidad. Hasta el año pasado supe que lo que hacía se llama gestión cultural”, dice entre risas. Eleison reflexiona en silencio después de la interrupción. “No están mal los términos, pero nos tenemos que apropiar de ellos”.
Pregunta. Acaban de cerrar la segunda Bienal de las Amazonas. ¿Qué tiene de diferente a la primera?
Respuesta. En la primera edición, la Bienal era un proyecto de exposición. En el proceso de creación, se fue desarrollando como una institución y me invitaron para ser la directora ejecutiva, artística y educativa. Para nosotros es superimportante este espacio para crear conexiones intelectuales. El territorio amazónico es visto como algo débil, igual que las personas que lo habitan. Solo están vistos como quienes posibilitan la extracción de los recursos. Pero la Amazonía no solo es un espacio de extracción, es un espacio de recursos intelectuales. Un espacio de igualdad, dignidad y de una gran sofisticación que debe ser celebrada.

P. Y, sin embargo, se siguen folclorizando estos territorios… ¿Qué falta para mirarlos de igual a igual?
R. Tenemos que aprovecharnos de la tokenización de los pueblos indígenas. Como mujeres sabemos lo que esto implica. Si me convertiste en un token, quiero que me mires y que yo pueda decir todo lo que quiero, encontrar conexiones y seguir avanzando. Eso es lo que estamos tratando de hacer, buscar la forma de que nos tomen en serio.
P. Estamos acostumbrados a un arte que premia la firma individual. ¿Cómo conversa esto con la pertenencia colectiva de las comunidades?
R. Cambia la forma de trabajo y la forma de pago. Pero estamos en un mundo en que necesitamos comer, beber, comunicarnos a través de celulares… Necesitamos la plata también para vivir. Para mí es un ejercicio de preguntas constantes. ¿Cómo hacer arte colectivo en este mundo individualista? Necesitamos desarrollar la escucha, encontrar la forma de darle un reconocimiento al valor de las comunidades, aun cuando ellas no reconocen que lo que hacen y con lo que conviven es arte, un concepto blanco. Pero también nos llamamos Bienal, hablamos de arte… Entramos en estas lógicas también occidentales. Y aun así queremos ser validadas en nuestros propios procesos.
P. En la película Dahomey, de Mati Diop, se explora precisamente si el arte que vuelve a los territorios de donde fue saqueado ha de permanecer en un museo o si esta es una institución también colonizadora. ¿Usted qué opina?
R. Hay una gran necesidad de reconocimiento intelectual y científico de saberes que no van a pasar por la academia. No porque no sea importante, sino porque hay otras instituciones milenarias que también son válidas. La idea de institución es muy débil para las comunidades, pero tenemos que desarrollar unas que puedan cambiar esa concepción. Es un trabajo sin fin que necesita ser comunitario y colectivo. Y necesita estar hecho por las mujeres.
P. ¿Cómo poner a las mujeres en el centro en las comunidades indígenas, que no se libran de las lógicas patriarcales?
R. Si vamos con un pensamiento occidental, podemos ver a las comunidades como espacios patriarcales. Pero no hay una idea patriarcal, solo que los roles son diferentes. Hay que inventar instituciones, formas de contacto, de ponernos en marcha e impregnar nuestro cotidiano de lo occidental. No somos occidentales. Existe un sueño colonial de serlo, pero no lo somos. Igualmente, generar arte es un concepto muy vinculado a los blancos. Las comunidades ya creaban pinturas, o formas de vivir, sin saber que eso se entendía como arte. Lo que para las comunidades es cotidiano es visto como arte para los blancos.
P. Uno tiende a homogeneizar lo que entiende por pueblos amazónicos, ignorando que hay pueblos ribereños, indígenas, afrodescendientes…
R. No hay una identidad común amazónica. Por eso hacemos la Bienal de las Amazonías… La humanidad es muy diversa. No hay una cara amazónica. Ni una forma de comunicarse ni una forma de vivir: es muy plural y ha de valorarse como tal. ¿Cómo? Con la plata.

P. Al final entran las lógicas capitalistas… ¿Es positivo?
R. Sí. El problema no es la plata, es dónde está. ¿Qué vamos a hacer con ella? Porque para muchas personas tener más plata sirve para tener más tierra o desarrollar una mejor salud o comprar una casa. Es muy interesante desarrollar dinámicas para que la plata se mueva más.
P. ¿Cuál es la línea entre apreciación y apropiación cultural?
R. Esto cambia a cada momento. Las luchas van modificándolo. Lo que hace 30 años era visto como un homenaje, hoy es ofensivo. Existe una flexibilidad en estos conceptos y la clave es la escucha. Tenemos que escucharnos, con toda la complejidad, porque para personas de la misma comunidad es algo positivo y para otras no.
P. Pasa, por ejemplo, con las trenzas y lo que simbolizan para los pueblos negros… Hay mujeres afrodescendientes que se lucran de hacérselas a turistas y otras que reivindican el pasado de resistencia.
R. Todo está bien y todo está mal. Hay que reconocer el privilegio blanco. Si este privilegio hace que una persona negra gane dinero o que el blanco pueda hacer bien en darle plata, e incluso más de lo que cobra. [Risas]. Pero el blanco también tiene que ser capaz de recibir miradas críticas. Tienen que acostumbrarse a que haya miradas de incomodidad hacia ellos.
P. ¿Cuál es la enseñanza que le ha dejado la Bienal?
R. Yo siempre me pregunto por qué estoy haciendo esto. Estar en la Bienal es la respuesta. Mi trabajo está conectado con el hacer de otra persona. Solo por ser curadora, no estoy sola. Reconozco también un montón de cosas que no sé y quiero saber. Estoy atravesada por constantes recuerdos de que no sé.
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