La campaña electoral en Colombia se calienta por la derecha
Paloma Valencia, candidata del uribismo, crece en las últimas encuestas y altera el equilibrio del antipetrismo a una semana de las legislativas y las primarias partidistas


La campaña electoral colombiana sigue sorprendiendo con nuevos giros y cambios de temperatura. No tanto ya por lo que ocurre en la izquierda, dividida pero encabezando las encuestas, sino por un movimiento inesperado en la derecha: el crecimiento acelerado de Paloma Valencia, la candidata del expresidente Álvaro Uribe.
A una semana del 8 de marzo, el país vota a los congresistas que decidirán las leyes de la próxima legislatura y, a la vez, el centro, la derecha y la izquierda celebran primarias para escoger candidatos. Es un domingo que no decide la Presidencia, pero sí definirá tendencias: quién moviliza y quién sale con impulso hacia la primera vuelta del 31 de mayo. Es también un día clave para los tres candidatos que lideran las encuestas presidenciales y que no participarán en las consultas: Iván Cepeda, el aspirante oficialista de izquierdas; el ultraderechista Abelardo De la Espriella; y Sergio Fajardo, el exalcalde de Medellín que busca el centro. Los tres descubrirán ese día con quién se disputarán los votos.
Hasta hace apenas unas semanas, Valencia ocupaba un lugar secundario en los sondeos presidenciales. En noviembre rondaba el 1%. En enero, algunas mediciones la situaban todavía por debajo del 7%, y en otras apenas superaba el 2%. Esta semana, en algunos sondeos, ha aparecido con cerca de un 10% en intención de voto para la primera vuelta. El salto no la coloca en cabeza, ni siquiera entre los tres primeros, pero altera el equilibrio de la derecha —donde el ultraderechista Abelardo de la Espriella se mantiene segundo en la carrera— y obliga al resto de candidatos a recalcular.
Hay un antecedente electoral que convierte el 10% de Valencia en una posible remontada. En 2018, por estas fechas, el entonces candidato de Uribe, Iván Duque, no alcanzaba los dos dígitos en intención de voto y en menos de un mes dio un salto de más de 36 puntos. Aquella campaña terminó en la Casa de Nariño. La historia no tiene por qué repetirse, pero sirve como advertencia: los movimientos tardíos pueden ser decisivos.
Valencia es abogada, senadora desde 2014, nieta del expresidente Guillermo León Valencia y una de las figuras más reconocibles del uribismo. Ha construido su perfil en el Congreso como parlamentaria combativa, con intervenciones duras frente al Gobierno de Gustavo Petro. En su partido representa el ala más ideológica, pero también una generación posterior a la fundadora.
Su equipo interpreta el crecimiento como una combinación de impulso partidista y ajuste del discurso. “Uribe se puso la camiseta”, dicen fuentes de la campaña, y el voto duro también. Insisten, además, en que Valencia “se volvió una candidata más demócrata que derechista”, con una puerta más abierta hacia el centro. La apuesta es dejar de hablarle únicamente al electorado de trinchera y salir a pescar en un río caudaloso: el antipetrismo, donde aseguran que caben desde la derecha clásica hasta “petristas arrepentidos” y votantes de centro.
Ese movimiento tiene un contrincante claro: Abelardo de la Espriella, que viene representando los anhelos del antipetrismo, facilita que Valencia se vea más moderada. El abogado de extrema derecha, que se estrenó en la campaña como un cohete, aparece ahora estancado en algunos sondeos. La pugna se encarniza, aunque si Valencia no llega a segunda vuelta y De la Espriella sí, ella —y Uribe— acabarán apoyándolo para frenar una posible victoria del petrista Cepeda.
La senadora encarna una de las grandes incógnitas de esta campaña. Durante años fue una figura visible del uribismo, pero no necesariamente con proyección presidencial. Hoy su nombre aparece en los titulares como una candidata en ascenso. Su equipo resume el momento con una expresión popular: “Caballo que alcanza, gana”. Está por ver si ella es ese caballo ganador. La división de la izquierda —que puede llegar a la primera vuelta con dos candidatos con posibilidades— le facilita la carrera.
El 8 de marzo será la primera prueba real. Que la jornada esté lejos de decidir la Presidencia es el consuelo de los menos favorecidos en las encuestas —que muestran serias diferencias según quién las elabora—, pero mostrará el tablero: qué bloques tienen capacidad real de movilización, quién lidera en cada sector y qué candidaturas llegan a la primera vuelta con fuerza para competir con los favoritos. Todos quieren superar el hito de la consulta del Pacto Histórico, la coalición de fuerzas progresistas, celebrada en octubre en un día frío, sin elecciones legislativas, y que elevó a Iván Cepeda como candidato de la izquierda: tres millones de votos por la consulta, un millón y medio por él.
En el entorno de Valencia hacen números: históricamente, para asegurar el paso a segunda vuelta se necesita en torno al 25% del electorado o cinco millones largos de votos. La candidata necesitaría que el bloque conservador lograra esa movilización en su consulta y que el resto de candidatos de derecha cumplan su promesa de apoyarla. El margen de maniobra es corto.
Mientras la derecha se reordena, el centro vive su propio ajuste. Sergio Fajardo, que durante meses apareció como tercera opción estable, ha perdido terreno en las últimas mediciones. En paralelo, la exalcaldesa de Bogotá Claudia López ha crecido y se consolida como favorita clara en la consulta del centro, en la que Fajardo no ha querido participar y tan solo tiene como rival un desconocido profesor llamado Leonardo Huerta. En el entorno de Fajardo restan dramatismo a la caída —sigue tercero en algún sondeo— y repiten una idea: la elección está abierta. Recuerdan que faltan más de tres meses para la primera vuelta y que, según distintas encuestas, cerca de la mitad de los colombianos aún no ha decidido su voto.
La apuesta de su equipo es la segunda vuelta. Sostienen que, en un eventual cara a cara con Cepeda, Fajardo sería el candidato con más posibilidades de derrotarlo, como decían las encuestas. Pero las más recientes ya no muestran eso, y en todo caso hay que llegar hasta ahí. La clave es si, en un escenario tan fragmentado, el centro logra ser punto de encuentro o termina diluido entre los dos polos que siguen marcando el ritmo. En Colombia y en el resto del mundo.
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