Pedro Sánchez le marca límites a Donald Trump
Pese al arsenal coercitivo bien conocido de Trump, el mandatario español ha respondido con contundencia y dignidad, con lo cual se posiciona como uno de los líderes globales más relevantes del momento

“Vamos a cortar todo el comercio con España. No queremos tener nada con España”. La frase, lanzada por Donald Trump en el Despacho Oval en presencia del canciller alemán Friedrich Merz, es otra muestra de sus delirios imperiales y plantea un nuevo desafío para la Unión Europea (UE); las relaciones comerciales con el reino español no son bilaterales, se enmarcan en el acuerdo comercial que vincula a los 27 países miembros.
El detonante de la ira es conocido. Pedro Sánchez se negó a autorizar que las bases militares de Rota y Morón —instalaciones españolas con presencia estadounidense regulada por tratados bilaterales— fueran empleadas en la Operación Furia Épica, el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel sobre Irán iniciado el 28 de febrero. Su ministra de Defensa, Margarita Robles, fue precisa: “Ni desde Morón ni desde Rota se ha realizado ni se va a realizar ninguna acción de mantenimiento o apoyo.” El fundamento jurídico es sólido: el acuerdo de 1988 exige autorización previa del Ejecutivo español para cualquier operación que exceda el marco pactado. Una guerra no declarada contra Irán, al margen de la Carta de las Naciones Unidas, no encaja en ninguno de los epígrafes de ese convenio.
Trump, que se irrita cuando alguien le lleva la contraria, recurrió a su manual de siempre: la amenaza como ariete diplomático. Igual que con Dinamarca, con Canadá, con México, con China, con Colombia y con medio mundo. El patrón es invariable: quien no se doblega recibe una amenaza o una sanción. En este caso hay una ironía que Trump parece ignorar, o que simplemente no le importa: en 2025, Estados Unidos exportó 4.600 millones de dólares más a España de lo que importó desde ese país. Cortar el comercio con Madrid perjudicaría más a las empresas estadounidenses que a las españolas.
Las armas de Trump
Su arsenal coercitivo es bien conocido. Incluye amenazas arancelarias, demandas judiciales, cancelación de visados, inclusión en la “Lista Clinton”, secuestro y judicialización de adversarios —como en el caso de Nicolás Maduro—, amenazas de invasión territorial —como ocurrió con Groenlandia— y el asesinato selectivo, tal y como acaba de suceder con Alí Jamenei, líder supremo de la República Islámica de Irán. A esto se suma, por supuesto, la lluvia de misiles. Es el ejercicio arbitrario de un poder económico, político y militar cuyos únicos límites, según ha declarado él mismo, son su voluntad y su propia moral. De allí que casi todos los gobernantes del planeta se sientan amenazados, aunque pocos lo digan en público.
Por eso llama la atención el caso de Sánchez, quien respondió con contundencia y dignidad. Al hacerlo, se posiciona como uno de los líderes globales más relevantes del momento. El Financial Times —publicación que nadie puede acusar de inclinaciones socialistas— ha señalado que Sánchez se ha mantenido como el último gran líder de la Europa occidental en un continente que gira aceleradamente hacia posturas autoritarias ultra radicales. El New Statesman, por su parte, lo ha retratado como el icono del progresismo europeo y el único que se atreve a decir en voz alta lo que otros murmuran en privado.
La lección de Groenlandia
A Trump hay que marcarle límites. El episodio groenlandés así lo demostró. Amenazó con aranceles punitivos si Dinamarca no le “vendía” el territorio autónomo; llegó incluso a sugerir una invasión, asegurando que la isla sería suya de una forma u otra —declaraciones que hizo pocos días después del asalto en Venezuela, envalentonado por lo que consideró un éxito. Fue Sánchez el primero en llamar las cosas por su nombre, advirtiendo que eso “haría al presidente Putin el hombre más feliz de la Tierra”, pues legitimaba su agresión a Ucrania. La UE, tras un momento de vacilación, terminó cerrando filas: varios países desplegaron tropas en Groenlandia y Trump dio marcha atrás. La unidad funcionó.
Eso es lo que se necesita ahora con España. Este episodio es un test de coherencia y unidad para los Veintisiete. Si la UE permite que Washington agreda a uno de sus miembros por ejercer su soberanía —por negarse a participar en una guerra que viola el derecho internacional—, toda la retórica europeísta no será más que papel mojado.
Vale recordar que la UE es, en cierta medida, una construcción nacida bajo el paraguas estadounidense. Su desarrollo fue producto de la Guerra Fría: Washington necesitaba un dique de contención frente al expansionismo soviético y asumió el grueso de los gastos de defensa de Europa occidental, lo que permitió a los gobiernos europeos construir el Estado de bienestar. Eso es, precisamente, lo que Trump les reclama ahora, que se financien por sí mismos.
El pasado no perdona
La reacción española no puede entenderse sin recordar la guerra de Irak. En 2003, el llamado “Trío de las Azores” —George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar— arrastró al mundo a una invasión justificada con mentiras. Las supuestas armas de destrucción masiva de Hussein jamás aparecieron. Lo que sí apareció fue un saldo de cientos de miles de muertos, casi un millón, un país devastado y una región sumida en el caos del que aún no ha salido. Europa pagó un precio político altísimo por aquella obediencia ciega.
Ninguno de los responsables ha rendido cuentas ni ha pedido perdón. Blair, de hecho, ahora alcahuetea a Trump en su política hacia Palestina. A Sadam Hussein lo llevaron a la horca sin juicio, pero eso no hizo de Irak un país mejor ni del mundo un lugar más seguro. Ese recuerdo no es nostalgia moralista, es una referencia urgente de que la política exterior europea no puede seguir guiándose por la inercia ni por el temor a contrariar a Washington.
Una oportunidad y una responsabilidad
Pedro Sánchez ha dado muestras de coraje, entereza y dignidad. Me temo, no obstante, que no serán muchos los líderes que lo acompañen, ni dentro ni fuera de España. De ahí la importancia de que la ciudadanía tome el toro por los cuernos y salga a las plazas y calles, como lo hizo en 2003, cuando millones de personas marcharon contra la guerra en Roma, Londres, Madrid, Barcelona y París.
La oposición española ha querido presentar el envío de la fragata Cristóbal Colón a Chipre como una contradicción de Sánchez. Es una falacia. Una cosa es avalar una guerra de agresión al margen de la legalidad internacional—y otra muy distinta acudir en defensa de un socio como Chipre, Estado miembro de la UE que no pertenece a la OTAN.
Sánchez le ofrece a Europa la oportunidad de demostrarle al mundo que puede ejercer un liderazgo ético, en defensa de un marco civilizatorio basado en normas y principios de respeto y autonomía, en lugar de sumarse a la barbarie. Por el bien de la humanidad y de la democracia, Europa debe marcarle límites al señor Trump, como acaba de hacerlo el presidente Sánchez.
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