Así seguía la Iglesia católica a Camilo Torres: “Preconiza una revolución aún violenta”
No solo las autoridades civiles y militares seguían de cerca las actividades de Camilo Torres Restrepo: el arzobispo de Bogotá, Luis Concha Córdoba, registraba cada uno de sus movimientos. Así se deduce de lo hallado en su archivo

Camilo Torres Restrepo, el exsacerdote católico caído en un combate entre las Fuerzas Armadas y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) el 15 de febrero de 1966, y cuyos restos fueron encontrados recientemente por la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, fue objeto del escrutinio de la Curia, al menos desde el 1 de julio de 1959 y hasta su muerte. Así se deduce de los documentos hallados por la autora de este artículo en una caja clasificada como “archivo inactivo”, que reposaba hasta hace seis años en el archivo de la Secretaría del Arzobispado de Bogotá y cuya suerte actual se desconoce. En ella se encontraban informes y otros materiales compilados como “Documentos sobre Camilo Torres” de propiedad de monseñor Luis Concha Córdoba, máximo jerarca de la Iglesia Católica colombiana entre 1959 y 1972. Fueron acopiados por uno de sus sucesores, el cardenal Pedro Rubiano Sáenz, arzobispo de Bogotá entre 1995 y 2010.
Camilo, como es comúnmente conocido, regresó en 1959 de Bélgica, donde se graduó como sociólogo en la Universidad de Lovaina, bastión de la Doctrina Social de la Iglesia. El cardenal Concha, hijo del expresidente conservador José Vicente Concha y líder del ala más tradicional del clero, recelaba de esa Universidad y de la formación sociológica, pues las consideraba una entrada al comunismo y una amenaza a la estabilidad de la Iglesia, que intentaba mantener contra los vientos de renovación del Concilio Vaticano II (1962-1965). La Revolución Cubana era reciente, estaban surgiendo las guerrillas y, evidentemente, el asunto le preocupaba: así lo atestiguan sus libros y folletos en francés sobre comunismo y marxismo, con comentarios en los márgenes escritos de su puño y letra.

El archivo, incompleto y disperso, incluía resúmenes mecanografiados en orden cronológico de algunos intercambios entre Concha y Torres, como la decisión tomada por el prelado en 1962 de retirarlo “definitivamente de toda actividad” en la Universidad Nacional, luego de que el cura apoyara una revuelta estudiantil. Torres fungía allí como profesor, capellán y cofundador de la Facultad de Sociología, y desarrollaba importantes investigaciones. No aparecen las cartas entre el cura y el arzobispo, lo que confirmaría lo dicho por el cardenal Rubiano a dos biógrafos del sacerdote con cuyas investigaciones quiso colaborar: descubrió y les hizo saber, sorprendido, que el archivo epistolar y otros documentos habían sido destruidos, “según procedimientos habituales en la Curia”.
Las bitácoras revelan una auténtica labor de Inteligencia desarrollada por autoridades eclesiásticas y militares, que comparten un fuerte espíritu de cuerpo. El 18 de diciembre de 1964, por ejemplo, el arzobispo de Cali remitió una información del comandante de la Policía del departamento del Valle del Cauca, a donde Torres habría viajado sin permiso de sus superiores: “El 14 de diciembre, el Teniente Coronel Ignacio Valderrama Díaz (…) informa sobre una reunión el viernes 11 de diciembre en la residencia del Ingeniero Leonidas López (Cali). Asistieron Rosalía Cruz de Buenaventura, esposa de [el reconocido intelectual de izquierda] Nicolás B., Alfonso López Vélez, médico comunista, y su esposa Didi, francesa; el Nadaísta Elmo Valencia ‘el monje loco’ y el presbítero C. Torres, ‘tan popular por sus andanzas de tipo socialista’. Se trataba de oír una conferencia de Elmo Valencia, ‘esta exposición resultó una sarta de obscenidades y vulgaridades, llegando a decir el conferenciante: ‘El único cristo en que creo es el que usa blue jeans, monta en motoneta y es hincha del Deportivo Cali’. Esto en presencia del sacerdote Camilo Torres quien, sin zapatos, observaba y oía fumando tranquilamente con la mayor complacencia’”.

Las tensiones entre Torres y Concha explotaron en mayo de 1965, cuando el arzobispo declaró que en la plataforma política que Camilo difundía por todo el país había “puntos inconciliables con la doctrina de la Iglesia”. Tres días después, Torres desafió a su superior, exigiéndole que le dijera cuáles eran. El arzobispo rechazaba cualquier tipo de participación política de los sacerdotes, de manera hipócrita: el clero era aliado del poder y había azuzado, desde el púlpito, la violencia liberal-conservadora.
Concha emitió una declaración en la que anunciaba la reducción de Torres al estado laical -es decir, le quitaba la investidura de sacerdote-, en un procedimiento más expedito y rápido que el usual. Dijo que Camilo preconizaba “una revolución aún violenta con la toma del poder, en momentos en que el país se debate en una crisis causada, en no pequeña parte, por la violencia que con grandes esfuerzos se está tratando de conjurar”. Torres se sentía cercado. La iglesia estaba dividida entre progresistas y reaccionarios, y varios obispos le pedían al cardenal hacer sentir aún más su autoridad.
Desesperado, acudió a otros prelados en busca de ayuda, sin saber que éstos informaban a Concha de lo que conversaban con él. El arzobispo de Medellín, Tulio Botero, escribió a su superior en Bogotá sobre la presencia de Torres en la ciudad, y sobre una llamada en la que el sacerdote le pedía que lo recibiera en forma reservada y confidencial: “Me pareció que era mi deber acceder a su petición en la esperanza de que alguna palabra de consejo le pudiera servir para reconocer su falta y detenerse en la peligrosa pendiente que lo puede llevar a un abismo. Lo cité para las 7pm en mi residencia situada fuera del perímetro urbano a fin de evitar la publicidad”.
Camilo radicalizaba cada vez más su discurso y aprovechaba las entrevistas que le hacían para provocar a Concha. Le dijo a El Espectador que la iglesia “acepta como último recurso las vías de hecho y eso lo afirman los padres de la iglesia, especialmente, el padre Suárez, en el siglo XVII”. Se refería al teólogo español Francisco Suárez, de cuya teoría de la guerra por causas justas Torres interpretó lo que convenía a su justificación de la lucha armada. “Es posible el paredón. No hay otra salida. El paredón podría ser un mal necesario”, le había dicho antes a la revista Cromos. “¿(…) sabe usted manejar un fusil?”, le preguntó el periodista. “No, todavía no, pero le prometo que muy pronto seré un experto”. “¿Y no tiene miedo a que lo maten?”, “No”, respondió, “no tengo miedo. Pero me daría mucha pena morir antes de hacer la revolución. Después, no importa”.
En el archivo Concha hay varios artículos de prensa sobre Torres, que desapareció de Bogotá el 1 de noviembre de 1965, día de Todos los Santos. El 7 de enero de 1966, los periódicos publicaron su proclama: “Me he incorporado a la lucha armada (…). Me he incorporado al Ejército de Liberación Nacional”. Al texto lo acompañaba una foto en la que aparecía armado y con uniforme de guerrillero, en medio de los dirigentes del ELN Fabio Vásquez Castaño y Víctor Medina Morón. El dirigente comunista Diego Montaña Cuéllar dijo que Torres no consultó su decisión con nadie.
Según la prensa, el 15 de febrero de 1966 un grupo de unos 20 guerrilleros emboscó a una patrulla del Ejército en la localidad de Patio Cemento, en el departamento de Santander. Un militar sobreviviente le contó a El Espectador que un rebelde se disponía a rematar en el suelo a un teniente de apellido Sánchez o González, cuando un soldado de unos 20 años, moreno y de regular estatura, le disparó varias veces. Según su versión, el guerrillero era Camilo Torres. Su cadáver y el de otros subversivos fueron enterrados en el lugar. Una semana después, los medios hablaban de “violentos desórdenes” cerca de la iglesia de San Diego, en el centro de Bogotá, donde se tenía previsto celebrar una misa en su memoria. Hubo pedreas, quema de vehículos y enfrentamientos con la policía en varias ciudades.
De acuerdo con el Comunicado No. 007 del Comando de la V Brigada del Ejército, firmado y leído ante los periodistas por el entonces coronel Álvaro Valencia Tovar, “entre las armas recuperadas por las tropas (…) está el fusil (…) que portaba uno de los soldados que perecieron a manos de los bandoleros en el asalto de Simacota el 7 de enero de 1965”, un año antes de la proclama. “Dicho fusil, distinguido con el número 50888564, fue hallado en quien posteriormente se identificó como Camilo Torres Restrepo”.
Torres era un intelectual, no un estratega militar. Tomó una decisión radical. Murió en su primer combate tres meses después de ingresar a la guerrilla y, sin embargo, sus 37 años de vida recién cumplidos se han visto reducidos a ese instante. Como todo guerrillero, debía “ganarse” el fusil en un combate. Estaba mal entrenado. Le habían dado, apenas, una pistola. La recibió de un niño guerrillero de 15 años: se llamaba Nicolás Rodríguez Bautista, alias Gabino, quien hoy, 60 años después, sigue siendo uno de los altos mandos del ELN.
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