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Colombia entierra a Camilo Torres, su cura guerrillero más célebre, seis décadas después de su muerte

El hallazgo del cadáver reaviva las tensiones entre memoria, violencia y política

Camilo Torres Restrepo

El 15 de febrero de 1966, en una zona rural del noreste colombiano que entonces apenas figuraba en los mapas, un grupo de militares rodeó a una pequeña columna guerrillera del Ejército de Liberación Nacional (ELN). El combate fue breve y desordenado. En medio de la confusión cayó un hombre que llevaba pocos meses en la clandestinidad y ninguna experiencia en la lucha armada. Tenía 37 años, era sacerdote, sociólogo y había sido, hasta hacía poco, una figura habitual en auditorios universitarios y tertulias de la élite bogotana. Se llamaba Camilo Torres Restrepo, un cura reconvertido en guerrillero que murió en su primer enfrentamiento armado.

Los soldados recogieron el cadáver y lo hicieron desaparecer. Durante seis décadas, Camilo Torres ha sido condenado y ensalzado, mientras el conflicto —más largo, más complejo, más brutal— seguía su curso. Hasta el pasado viernes, cuando un grupo de antropólogos forenses anunció el hallazgo de su cuerpo después de dos años de búsqueda silenciosa.

La noticia activó de inmediato la memoria. Y la política. El presidente Gustavo Petro, exguerrillero, anunció que el cuerpo del sacerdote “será respetado y depositado con honores” en la Universidad Nacional de Colombia, el campus donde Torres ayudó a fundar la primera facultad de Sociología de América Latina y donde, antes de pasar a la clandestinidad, participaba en actos en los que combinaba homilía, sociología y consigna política. Allí compartió pasillos con jóvenes escritores y periodistas, entre ellos Gabriel García Márquez, cuando todavía no era García Márquez.

Su cuerpo oculto fue durante años uno de los símbolos más poderosos de los primeros tiempos de la guerra y su reaparición ofrece hoy al ELN —un grupo que se niega a negociar la paz— un arma de legitimidad moral asociada a su figura más emblemática. El sacerdote cuenta con un sinfín de canciones, libros, películas y obras de teatro que han agrandado su leyenda.

El hallazgo cierra una búsqueda largamente postergada y resuelve el misterio de una de las desapariciones más tempranas del conflicto armado. Pero no cierra la discusión. La figura de Camilo Torres reabre un debate antiguo: el de la justificación de la lucha armada en la Colombia de la segunda mitad del siglo XX. Una etapa, en plena Guerra Fría, en la que las élites tradicionales prohibieron el acceso de la izquierda al poder. La decisión de Camilo Torres de dejar la lucha política y alistarse con los guerrilleros para no lograr nada ha sido cuestionada hasta por sus fieles.

El legado del sacerdote ha sido un tema de discusión constante en la izquierda colombiana. Mientras el ELN se ha apropiado de su leyenda, el mismo presidente Petro ha usado su figura para atacar a la guerrilla, responsable de miles de desplazamientos forzosos en los territorios donde impone la violencia. “El ELN es hoy una mafia, yo les decía desde hace tiempo, cuál es su camino, el del padre Camilo Torres Restrepo, que entregó su vida al pueblo como Jesús, o el de Pablo Escobar. Ya nos lo dijeron, de frente y con grosería, escogieron el camino de Pablo Escobar”, dijo el mandatario hace un año.

Para amplios sectores de la sociedad, Camilo Torres no es una leyenda, sino una memoria incómoda. Un sacerdote que predicó la justicia social desde el altar y los púlpitos universitarios y que, como su admirado Ernesto Che Guevara, terminó convencido de que en América Latina las transformaciones solo podían imponerse con violencia.

El ELN ha hecho de Camilo Torres un pilar de su propio relato, hasta el punto en que en 1987, la organización se rebautizó como Unión Camilista–Ejército de Liberación Nacional. Desde entonces, en distintos intentos de negociación con el Estado, sus negociadores de paz han incluido reiteradamente la localización de los restos de Torres entre las peticiones para sentarse a una mesa de la que se han levantado una y otra vez.

Estos días, la prensa colombiana recoge los análisis de varios expertos que cuestionan el oportunismo de la guerrilla al reivindicar a su máxima figura ideológica en plena precampaña electoral e incluso la dimensión de su legado. Walter Joe Broderick, el biógrafo del sacerdote, dijo el pasado viernes en Caracol Radio: “Esos cuatro o cinco viejitos del ELN mantienen ese cuento de la paz porque de eso viven, pero ya no son ni ejército, ni de liberación, ni nacional”.

Antes de empuñar un fusil, Torres había defendido una lectura del cristianismo anclada en la realidad social y en la obligación moral de transformar las estructuras que producían exclusión. Nacido en una familia de la élite bogotana, fue uno de los pioneros en Colombia de la Teología de la Liberación, una corriente que comenzó a tomar forma en América Latina a finales de los cincuenta y que puso el foco en la pobreza urbana y la desigualdad rural. Ese empeño lo llevó primero a los barrios populares de Bogotá, luego a los auditorios universitarios y, después, a la selva con la guerrilla. Sesenta años más tarde, sus huesos devuelven esa decisión al centro del debate.

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