El dolor de perder a 16 compañeros de colegio en un accidente: “Soy el único de mis amigos que sobrevivió”
La promoción 2025 del Liceo Antioqueño, de las afueras de Medellín, volvía de su viaje de egresados cuando su autobús cayó por un precipicio. Un mes después, los sobrevivientes rememoran a sus amigos fallecidos

Las noches de Jimena Londoño, una adolescente de 17 años, son turbulentas desde hace un mes. Se despierta sobresaltada y le dice a su mamá que no soporta la culpa que siente por haber sobrevivido a un accidente en Remedios (Antioquia), en el noroccidente de Colombia. El autobús en el que volvía de su viaje de egresados cayó por un precipicio. Murieron 16 de sus compañeros de colegio. Su mamá la escucha y le dice que se quede con los recuerdos bonitos de Laura y María Fernanda, dos amigas que fallecieron y con las que se había peleado unos días antes por “bobadas de adolescentes”. También le recuerda que ella no podía hacer nada para salvar a nadie: las fracturas le impedían moverse, y todo a su alrededor era barro y oscuridad. Poco a poco, estos consuelos la tranquilizan. Lo difícil es dar respuesta a la soledad. “Si al menos hubiera quedado viva alguna de mis amigas, podría hablar con alguien. Hay cosas que solo hablaba con ellas”, dice.
El viaje se planeó hace dos años. Unos 40 chicos de la promoción 2025 del Liceo Antioqueño, un colegio público del área conurbada de Medellín, decidieron cerrar sus festejos de graduación con tres días en las playas de Tolú. Muchos padres dudaron hasta el final, pero sus hijos veían que sus amigos irían e insistían en que ese era el regalo que deseaban. Viajaron el miércoles 10 de diciembre, con bolsos repletos de trajes de baño y vestimentas blancas, fosforescentes y navideñas para las fiestas temáticas. Tres días después, en la madrugada del domingo 14, el autobús en el que regresaban a casa cayó al vacío mientras dormían. Ana Isabel Pulgarín, una de las sobrevivientes, relata que alcanzó a despertarse. “Pensé: ‘Nos matamos’. Luego hubo un estruendo, como de un montón de latas”. Murieron 17 personas —incluido el conductor— y una veintena sobrevivió.
Un mes después de la tragedia, la casa de Ana Isabel es un griterío. Cinco sobrevivientes, sentados uno al lado del otro alrededor de una mesa, se interrumpen para contarse algo de lo que recuerdan. “No reconocí a ninguno de los que estaban muertos. Había tierra por todos lados”, relata David Rúa, que pudo subir hasta la carretera y llamar a emergencias. “Mano, pues obvio, y con la oscuridad”, responde Miguel Ángel Forero. “Yo toqué a una compañera y la moví, pero no sé quién era”, comenta Nicolás Ochoa. “Yo no sentía dolor. Solo que el hueso me bailaba, que se había partido”, rememora Samuel Marín. “Nico Gallego estaba muy desesperado por Sara, le decía que no se durmiera. Y ella le alcanzó a contestar: ‘Bueno, bueno”, relata Ana Isabel sobre un compañero y su novia, quien falleció unas horas después. Es una catarsis colectiva, que repiten cada vez que se reencuentran.
A veces ríen. David cuenta que, minutos después del impacto, sentenció a viva voz que se habían accidentado y alguien le respondió que si era bobo por decir semejante obviedad. Miguel Ángel añade que se rio cuando, en el hospital, una enfermera le hizo preguntas para verificar si estaba consciente. “¿Cómo que dónde estamos? Pues en un hospital, obvio”, rememora. Explican que es un mecanismo de defensa para asimilar lo que les pasó. Nicolás añade que el humor le ayudó a tranquilizarse cuando pensó que se iba a morir desangrado. “Rúa me dijo: ‘Mire. Tiene heridas acá, acá y acá, tiene la cara ensangrentada, está botando sangre por la nariz y todo. Pero su cuerpo tiene siete litros de sangre, y no ha botado ni el primero siquiera. No se va a morir”.
Pese a sus esfuerzos y a las preguntas que se hacen para reconstruir los faltantes, los adolescentes concluyen que saben poco de esa madrugada. Creen que la amnesia parcial los protege de gran parte de lo que les pasó. “Un rescatista me contó después que me sacó un montón de vidrios y que yo estaba consciente. Pero no recuerdo”, ejemplifica Ana Isabel. Miguel Ángel es aún más contundente: él ni siquiera sabe cómo salió del autobús, subió por un tubo y encontró a David y Nicolás en la carretera. “Solo me acuerdo que les preguntaba qué hacíamos allí, y me decían que mirara el bus. Me desesperé y lo único que sé es que empecé a gritar nombres”, comenta.
El sobreviviente del grupo
La tristeza se cuela en otros momentos. Nicolás, que mira su celular constantemente para refugiarse en un partido de fútbol, explica que la mayoría de los compañeros que murieron eran muy cercanos. “Ninguno de los que quedaron vivos son amigos. Éramos 10 en mi grupo y murieron nueve. Solo quedo yo”. Recuerda que compartió habitación con Mateo durante el viaje y que él lo incentivó a comprar entradas para la final de la Copa Colombia entre el Atlético Nacional y el Independiente Medellín. Laura estaba entusiasmada porque sus padres le habían regalado un iPhone por su graduación. Semanas antes, María Fernanda le había contado que pasaría sola la Noche de Velitas porque su mamá estaba hospitalizada.
Nicolás también recuerda a Carlos, con el que se llevaba mal. “En décimo, él estaba en nuestro equipo de fútbol, pero nunca llevaba el uniforme. Cuando llegamos a la semifinal, quiso jugar y le dije que no. Luego se fue a otro equipo y nos daba muy duro. Una vez yo tenía el balón y me tiró contra el piso”, relata. Para el adolescente, es importante haberse reconciliado durante el viaje de egresados, en el que comenzaron a hablar de lo que sucedía en las fiestas. “Por lo menos ya hablábamos y se puede decir que [al momento del accidente] él ya pensaba que yo era bien. Como yo, que me di cuenta de que él era buena persona”.
David, por su parte, busca conclusiones positivas. “Mucha gente se queda con el recuerdo de que ellos murieron en un accidente. Eso pasó. Pero no se fijan en lo bueno que vivieron. Si [los fallecidos] nos estuvieran escuchando, ¿les gustaría que los recordáramos por cómo murieron?”, cuestiona. Para ilustrar su punto, habla de su amistad con Daniel Arismendy, un bogotano que llegó al colegio hace dos años y se convirtió en uno de los populares. “Era muy lindo, muy fuerte, tenía tatuajes, físicamente destacaba. Lo recuerdo como una persona que fue mi amigo. Era muy parado en lo que creía: si algo no le gustaba, no se acercaba y punto”, relata. Se quedará, entonces, con las tareas de álgebra, las risas por los memes que se mandaban y el apoyo mutuo en temas amorosos.
Mientras tanto, las madres de los sobrevivientes están preocupadas. Eliana Sánchez, la mamá de Jimena, cuenta que lleva semanas pensando cómo animar a su hija. “Así como lloramos a los muchachos que se fueron, hay que darles esperanzas a los que quedaron. Hay que dejarles claro que no son culpables y que deben seguir viviendo. Aprovechar al máximo esta segunda oportunidad no es pecado”, enfatiza. El 4 de enero le celebró el cumpleaños a su hija: invitó a sus compañeros y a las familias de los fallecidos, decoró un salón de eventos, organizó juegos. Jimena se angustió al llegar al sitio, y le dijo que no había nada que celebrar. Unos minutos después, cuando llegaron los invitados, empezó a sentirse mejor. “Sentí que recuperaba un poco de mi vida de antes”, comenta.
Algunos ya definieron sus próximos pasos. David quiere entrar en la Fuerza Aeroespacial porque su papá es militar retirado y desde chico le gustan los aviones. Nicolás y Samuel estudiarán Mercadeo y Derecho, respectivamente, en universidades privadas. Sin embargo, una gran parte aún no tiene nada definido. Al igual que muchos de los fallecidos, Ana Isabel, Miguel Ángel y Jimena postularon a la universidad pública y no consiguieron cupos. Ante la falta de opciones para pagar una privada, han decidido esperar un año para volver a rendir el examen en la Universidad de Antioquia.
Las madres de los fallecidos
A unos cuatro kilómetros de la casa de Ana Isabel, en una cafetería del centro comercial Parque Fabricato, se reúnen tres madres de estudiantes fallecidos: Carolina Fernández, de Daniel Arismendy; Elizabeth Arias, de Mariana Galvis; Marcela Cardona, de Mathías Berrío. No son amigas, pero se entienden en muchas cosas. Cuentan que pudieron mantener la cabeza fría en los primeros momentos para avanzar con los trámites funerarios, y que luego el dolor se les vino encima de golpe. “El primer llanto es distinto a los demás”, dice Marcela. También coinciden en que deben rehacer sus vidas. “Si estuvieran en la mesa de al lado, no les gustaría vernos llorar y sufrir”, comenta Carolina, que añade que debe salir adelante por su otra hija.
Elizabeth se refugia en “el amor muy inocente y muy sincero” que se tenían Mariana y Mathías, que eran novios, para enfrentar su duelo. Reproduce canciones sobre la historia de la pareja, cuenta que las tumbas están juntas y muestra una foto de una hoja de un árbol con un corazón en el sitio del accidente. “Me da mucha paz saber que Mathías la cuidó y comprendió hasta el final”, afirma. Carolina, por su parte, se ha tatuado un brazo con alusiones a los videojuegos que compartía con su hijo: la Serpiente del Mundo de God of War, que le da paso a un reino de castillos medievales de Mortal Shell, donde su hijo la espera como un guerrero. “Nos gustaban las mismas cosas y sabíamos todo del otro. En nuestro interior, éramos como mejores amigos, pero yo igual le ponía límites”, subraya.
Marcela se ha acercado a Jimena, que le preguntó si podía asistir al funeral conjunto de Mathías y Mariana. “Cuando ella llegó en silla de ruedas, me acerqué y le pregunté si vio a mi hijo en el accidente: sentir que sufrió me desespera, quiero saber si murió de inmediato y cómo quedó. ‘No lo vi, pero esté tranquila’, me contestó. Me contó que estaban felices, que los últimos días salían cogidos de la mano y se tiraban al agua como niños chiquitos, que se fueron sin sufrir”, relata. Sintió que esas palabras se las decía su hijo y que era la señal que le había pedido a Dios: “La abracé y eso me tranquilizó. Se me quitó la necesidad de abrazar el cuerpo de Mathías y decidí no tocar el ataúd”.
Los sobrevivientes y sus padres dudaban al principio de que las madres de sus compañeros quisieran verlos: creían que se sentirían mal de que sus hijos no hubieran tenido la misma suerte, que les recordarían el vacío. Pero las tres mujeres los buscan para que les cuenten historias, les detallen el accidente y les manden videos —Carolina ríe cuando ve a Daniel en un reel que se burlaba de lo que pasaba cuando “el compañero rolo [bogotano]” intentaba bailar—. Los sobrevivientes se sienten tranquilos. Ana Isabel les cuenta, cada vez que puede, que no sintió dolor por los múltiples cortes que sufrió sino hasta que la sacaron del lugar del accidente. Jimena añade que le sirvió ver a Marcela y otros familiares en su fiesta de cumpleaños: “Por un rato, pude recordar que la vida tiene cosas bonitas”.
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