Pasos de animal grande
El 3 de enero parece confirmar que el experimento iniciado en 1945 (el mundo de las embajadas, los consensos y la diplomacia) será sustituido por un orden transaccional, entre las grandes potencias

El 3 de enero de 2026 es una fecha que podría pasar a la historia y ser tan importante como el 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, que marcó el final de una era. Luego, caería también el bloque soviético y el mundo pasaría de ser bipolar (Estados Unidos contra la Unión Soviética) a un orden globalizado liderado por el liberalismo democrático. Es un hecho ampliamente documentado y conocido, que hizo que el mundo cambiara para siempre.
Los sucesos de comienzos de año comparten particularidades con los de 1989. La primera, ser el fin de una era y el comienzo de otra; la segunda, la irreversibilidad de los acontecimientos, tras ellos nada volvió a ser igual; y la tercera, los alcances planetarios. Los de Berlín produjeron repercusiones universales, como los van a generar los de Caracas. Eso es lo que comienza a verse con las declaraciones de Washington después de los acontecimientos. Con una diferencia agravada: en noviembre del 89 el orden establecido se le acabó a medio mundo (a la órbita comunista), pero en este caso el orden se le acabó al mundo entero. Me atrevo a afirmar que el grado de incertidumbre es mayor ahora; en la fecha aludida quedó en pie un paradigma, el del liberalismo globalizado, hoy no queda nada: salvo la certeza de que regresamos a la ley de la jungla.
Al ejecutarse una operación militar directa de una superpotencia para secuestrar a un mandatario en ejercicio, al margen de la legalidad internacional, se rompió un pilar clave del orden de la posguerra: el principio de no injerencia” (base de la ONU), y fue reemplazado por la extraterritorialidad del Derecho Penal de Estados Unidos. Al saltarse al Consejo de Seguridad de la ONU, se valida que las potencias pueden actuar unilateralmente, si consideran que están enfrente de una “amenaza” o un “criminal”. Un precedente fatal.
El 3 de enero parece confirmar que el experimento iniciado en 1945 (el mundo de las embajadas, los consensos y la diplomacia) será sustituido por un orden transaccional, entre las grandes potencias. Si 1989 versó sobre abrir fronteras, 2026 va de cómo controlarlas y asegurar recursos (como el petróleo y el oro venezolanos), mediante la fuerza si es necesario. El 9 de noviembre fue el amanecer de un sueño liberal globalista. El 3 de enero podría ser visto por los historiadores del futuro como el atardecer de ese mismo sueño, y el inicio de una era de soberanías precarias, en que el poder militar vuelve a ser el argumento determinante. De allí que no sean pocos quienes hayan comenzado a hablar de que regresamos a una etapa hobbesiana. Es el fin de la utopía kantiana de la “paz perpetua”, en que todo era “amor y paz”. Habrá que releer a Hobbes y a Maquiavelo.
Lo que enseña la historia
Para todos los países esto significa un desafío inmenso. En 1903 Colombia perdió Panamá debido a una combinación de factores: el creciente deseo panameño de autonomía (impulsado por el centralismo colombiano y el abandono económico), el interés estratégico de Estados Unidos en construir el Canal Interoceánico, y, sobre todo, por la incapacidad de Colombia para defender su soberanía, tras la devastadora Guerra de los Mil Días.
El principal error de la mayoría de los análisis respecto a una eventual intervención yanki en Venezuela (incluidos los míos) fue asumir que esta sería como Irak. La invasión, impulsada por Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, destruyó el Estado iraquí sin tener un plan. La disolución del ejército y del partido Baaz generaron un vacío de poder que derivó en terrorismo, la expansión de la influencia iraní en la región y el surgimiento del Estado Islámico. Costó la vida de 288.000 iraquíes y 4.600 estadounidenses, y dos trillones de dólares. Pero lo que ocurrió en Caracas demostró que Washington había aprendido las lecciones de Bagdad. Por ello pactó con el chavismo y ninguneó a la oposición, con María Corina Machado a la cabeza. Si el libreto hubiere sido el de Irak, a estas horas Colombia podría comenzar a llorar la pérdida de una porción del territorio y tendría una avalancha de refugiados venezolanos. Esto por supuesto, no significa una validación de la intervención, es solo una verificación fáctica.
La unidad nacional como imperativo
Este año tendremos elecciones. Es mucho lo que se juega y hoy es claro que el presidente Trump puede meter la mano, según lo desee. Los sucesos de enero nos permitieron medir el “amor patrio” o el “sentido de país” de algunos líderes. El comportamiento del expresidente Álvaro Uribe y de sus adláteres (viejos y nuevos) fue errado. Aplaudieron la intervención y dejaron traslucir su odio a Petro, sugiriendo que debería correr la misma suerte de Nicolás Maduro. El único candidato de la oposición que asumió una postura digna fue Sergio Fajardo, al dirigir una carta al presidente Petro y a los expresidentes, y pedir una reunión de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. El mensaje fue claro: es un asunto de Estado (no de gobierno) y como tal debe manejarse.
Han hecho bien el presidente Gustavo Petro y la canciller Yolanda Villavicencio en recoger la propuesta de Fajardo y convocar a la Comisión; ojalá que de allí salga una posición como país. El momento exige unidad. En ella tienen asiento los expresidentes y seis miembros elegidos por el Congreso, tres del senado y tres de la Cámara. Como miembro del Senado está el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda. Entiendo que los expresidentes Samper y Santos han confirmado su asistencia, y es posible que asista el presidente Gaviria. No hay que ser petrista para entenderlo, como lo han hecho reconocidas personalidades, entre ellas los columnistas Juan Pablo Calvas y Juan Gabriel Vásquez en sus respectivos artículos en este medio.
Colombia debería rectificar la estrategia en el manejo de sus relaciones exteriores, de alineación automática con Washington. Este Gobierno ha querido hacerlo, pero cambiar una escuela de más de 100 años —nacida de la famosa “Respice polum” (Mirar al norte), acuñada por el presidente Marco Fidel Suárez (1914-18), que instaba a Colombia a enfocar sus relaciones hacia Estados Unidos como la “Estrella del Norte”— no es una tarea fácil, y menos lo será ahora.
Qué hacer cuando cambia el mundo
La etapa en que nos estamos adentrando va a alterarlo todo: la política, la economía, la defensa y el comercio. Trump le ha hecho saber a Venezuela que los recursos del petróleo solo podrán ser utilizados para comprar productos norteamericanos. Igual procedía España a comienzos del siglo XVI con la Casa de Contratación de Sevilla, que centralizaba el comercio, la navegación y la emigración entre España y América, e impedía a sus colonias negociar con otras potencias europeas.
Más allá de las diferencias políticas los colombianos deberíamos compartimos algo fundamental: el rechazo a que potencias extranjeras definan unilateralmente el destino de nuestra región. Sea cual sea nuestra opinión sobre Maduro o Petro, existe un principio innegociable: ningún país debe normalizar que sus vecinos sean intervenidos militarmente sin pasar por instancias multilaterales. Lo que le ocurre a Venezuela hoy, podría ocurrirnos mañana.
En 1989 la historia nos cambió y casi ni nos dimos cuenta, quizá porque Berlín nos quedaba demasiado lejos. Pero esta vez la historia se ha presentado en nuestro más cercano vecindario y se sienten pasos de animal grande. Hay que obrar en consecuencia. Comenzar por sacar de la controversia electoral las relaciones exteriores y construir una posición de Estado, a no ser que queramos ser un protectorado o un estado cliente, como en la antigua Roma.
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