Luces y sombras en la era Trump
Hoy no existe ninguna autoridad capaz de sofrenar el poder de las potencias nuclearizadas. La impotencia de la ONU y de la Unión Europea ha quedado al desnudo. Tal es la tragedia contemporánea, y es esto lo que más debería preocupar

Las cosas empiezan a aclararse, pero el panorama comienza a oscurecerse. Con el asalto militar de Estados Unidos a Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro y a Cilia Flores y procesarlos ante una corte en Nueva York, se formaliza el ingreso a una era oscura, aún sin nombre, en la que se impone la ley del más fuerte y se socavan los cimientos sobre los cuales se venía construyendo —con todas sus imperfecciones— una etapa de civilidad internacional.
Lo de Venezuela no es un hecho aislado. Hace parte de una partida mayor por el predominio global, cuya causa principal es el ascenso económico y tecnológico de China, que pone en jaque la hegemonía estadounidense consolidada tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. Este desafío fue el caballo de batalla de Donald Trump para llegar al poder y para regresar a él tras perder la reelección frente a Joe Biden. De allí su consigna de “hacer grande a América de nuevo”, núcleo del movimiento MAGA, y su reiterado llamado a “Estados Unidos primero” (America First). Trump logró venderle a una parte significativa del pueblo estadounidense la idea de que él era el hombre indicado para devolverle al país los días de esplendor.
La puja por el liderazgo global
Lo que estamos viendo en Venezuela y en Ucrania son, en realidad, dos caras de una misma moneda: el declive simultáneo —aunque no idéntico— de dos imperios. Esto ayuda a explicar la sintonía entre Donald Trump y Vladimir Putin. En 1972, Washington, con Richard Nixon a la cabeza, se acercó a la China comunista de Mao para contener el avance soviético. Medio siglo después, Trump se aproxima a Moscú para frenar el ascenso chino. Es una consecuencia casi mecánica de las dinámicas económicas y geopolíticas mundiales.
Es en este marco que las cosas comienzan a aclararse. Y sin desconocer las particularidades que existen, ni la importancia de los actores locales, es en este marco en el que deben analizarse estas crisis, así como otros fenómenos geopolíticos, entre ellos el progresivo marchitamiento de la Unión Europea, que también tuvo su primavera, cuando su valor estratégico era alto en el contexto de la Guerra Fría. Ese valor ya no existe. Hoy la UE se ha convertido en el principal obstáculo para la oligarquía tecnológica que aspira a controlar el mundo, pues sigue siendo un espacio regido por normas, controles y límites que frenan su expansión y su deriva autoritaria.
Cualquier lector podría preguntarse, con razón, por qué Trump siente desprecio por la legalidad internacional y el multilateralismo si su objetivo es “hacer grande a América otra vez”. La respuesta es simple y brutal: para lograrlo necesita sanear las maltrechas finanzas estadounidenses y sellar una alianza estratégica con las grandes corporaciones tecnológicas de matriz norteamericana. Sin ellas, sencillamente, no hay paraíso posible. Por eso, Trump ha vuelto a sentarse a la mesa con Elon Musk, pese al distanciamiento del año pasado. El hombre más rico del planeta y quien comanda el mayor poder militar de la historia se necesitan. Son compañeros de viaje en una misma empresa por el poder global.
Mirar el pasado, para entender el presente
Mirada con perspectiva histórica, esta época puede resultar menos civilizada que la Edad Media, cuando el cristianismo ejercía contrapesos al poder de emperadores y reyes a través de los papas. Basta recordar la célebre humillación de Canosa, ocurrida en enero de 1077. El episodio se inscribe en la llamada Querella de las Investiduras, una disputa sobre quién tenía la autoridad para nombrar obispos y abades. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Enrique IV, insistía en hacerlo por su cuenta, y el papa Gregorio VII consideró tal pretensión una usurpación y lo sancionó con la excomunión. Como consecuencia, Enrique IV quedó políticamente debilitado, al quedar sus súbditos liberados del juramento de fidelidad. Para evitar una rebelión de los príncipes alemanes, decidió reconciliarse con el pontífice. En pleno invierno viajó a Canosa, en el norte de Italia, y permaneció durante tres días descalzo, vestido de penitente y a la intemperie, implorando el perdón. Se escenificó así la sumisión pública del poder imperial al poder papal. De allí nació la expresión “ir a Canosa”: humillarse para obtener perdón o reconciliación.
Hoy no existe ninguna autoridad capaz de sofrenar, y mucho menos de disciplinar, el poder de las potencias nuclearizadas. La impotencia de la ONU y de la Unión Europea ha quedado al desnudo. Tal es la tragedia contemporánea, y es esto lo que más debería preocupar.
Trump en Venezuela
Si algo hay que abonarle a Trump es la desfachatez y el desparpajo con los que habla. El asalto a Venezuela marca un antes y un después. De su comparecencia ante la prensa en Mar-a-Lago y de posteriores entrevistas han quedado claras varias cosas. La primera: la cuestión no es el narcotráfico, es el petróleo, palabra utilizada 26 veces. Según ha dicho, lo que le interesa es el petróleo y hacer negocios. Y es lógico: eso es él, un hombre de negocios. Aún no han sepultado a las cerca de 80 personas que dejó su operación militar, pero Trump ya ha convocado a las empresas petroleras y las bolsas expresan su euforia.
Segundo, no quiere una guerra convencional. Entró y salió tras capturar objetivos y bombardear puntos estratégicos. El ataque a Nigeria el 25 de diciembre, a Irán el 21 de junio y ahora a Venezuela siguen un mismo patrón: entrar, golpear y salir. No correrá el riesgo de tener un Vietnam o un Afganistán en su patio trasero, ni desea asumir los costos humanos y políticos de su ambición.
La tercera constatación es que el cambio de régimen es secundario: el chavismo sigue en el poder, ahora bajo su tutela. Trump lo dejó claro al aceptar que la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumiera la presidencia, advertirle que la desobediencia podría costarle caro, y también al descartar a María Corina Machado. De nada le han valido a la premio Nobel de Paz sus elogios al mandatario estadounidense. La oposición venezolana ha sido ninguneada. Convendría que en Colombia tomaran nota quienes, por su Petro fobia, aún creen que la subordinación incondicional ofrece protección o ventajas duraderas.
Epílogo
Tras la agresión a Venezuela, muy pocos están a salvo de correr la misma suerte de Maduro, lo ha manifestado sin tapujos Trump mismo. Nadie, salvo quienes poseen armas nucleares. Esa parece ser la única línea roja que respeta. Por eso, en agosto pasado no tuvo reparo en deshacerse en elogios hacia el dictador norcoreano Kim Jong-un durante la visita de Lee Jae-myung, presidente de Corea del Sur, un país aliado de Washington.
¿Y después de esto qué sigue? Trump ya lo ha expresado: Colombia, Cuba, Groenlandia, México. El mundo observa expectante. China ha quedado notificada. Washington no está dispuesto a compartir el hemisferio americano. “Es nuestro hemisferio”, dice un mensaje el Departamento de Estado. Las cosas están ahora más claras, aunque el panorama sea más oscuro. Sin embargo, la historia muestra que períodos de crisis también han generado espacios para repensar alianzas, fortalecer instituciones regionales y buscar nuevas formas de cooperación. La respuesta latinoamericana a estos desafíos está por escribirse. Brasil, México, Colombia, Chile, Uruguay han fijado su posición en un comunicado conjunto con España. Un paso alentador.
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