El bullerengue muere y renace en Colombia: el país despide a sus pioneras y da la bienvenida a la nueva generación
Varias lideresas del género musical del Caribe que fallecieron recientemente, se aseguraron de promover a jóvenes que guardan la tarea de mantener viva una tradición que resistió a la esclavitud y ahora al olvido


Eustiquia Amaranto murió como vivió: rodeada de cantos, de baile, de comunidad. La partida de “la voz insigne del bullerengue”, el pasado 24 de diciembre a sus 98 años, enlutó al gremio artístico del país que reconocía en ella un legado incalculable: no solo para la música, sino para la historia cultural y afro de Colombia. Su nombre se suma al de Ceferina Banquez, Etelvina Maldonado o Eulalia González, matronas de esta práctica que han muerto en los últimos años, pero que dedicaron gran parte de su vida a mantener viva esta tradición que hoy se multiplica gracias a la siembra de estas mujeres en vida. Desde las periferias del Caribe hasta New York, los tambores y versos ya resuenan en otras generaciones y en otros territorios.
El bullerengue, que nació y pervive como resistencia —en sus inicios contra la esclavitud y ahora contra el olvido— ha experimentado un renacer prolífico y un reconocimiento significativo en la última década. Tras la ausencia de grandes matronas y pioneros que, en medio de la precariedad, labraron camino con sus versos, los más jóvenes tomaron la batuta para honrar esos esfuerzos, convirtiéndose en los encargados de mantener viva la música que es, a la vez, goce y emancipación. “El bullerengue es un ejercicio de libertad”, dijo a este diario en 2024 Magdalena Moreno, conocida como Morena del Chicamocha, y es un claro ejemplo del relevo. Moreno, quien además se enuncia como una cantante afrotravesti y encontró en esta expresión artística un lugar para poder ser. Lo mismo sucede con Smith Rivera, La Poderosa, quien sufrió discriminación por su orientación sexual, pero encontró en esta práctica la forma de rebelarse.

Para ambas, aquí se han abierto puertas para reivindicar sus raíces sin renunciar a su identidad. Una motivación que también ha permitido el nacimiento de proyectos transfronterizos como el grupo Bulla de Barrio en New York, creado por la barranquillera Carolina Oliveros, una artista que ha dedicado parte de su vida como migrante a crear música marcada por sus raíces afrocolombianas.
Un ritual de paz
La danza, los versos y los tambores no solo fueron una manera de resistir la violencia esclavista, sino que se han mantenido como una forma de hacerle frente a la violencia armada contemporánea. Allí, en los territorios más empobrecidos y azotados por el conflicto armado, el ritual bullerenguero ha permitido a adolescentes y niños imaginar otros mundos posibles. Así lo ha atestiguado Maritza Moya, de Corazón de Tambó, una agrupación que desde 2015 ha buscado acercar a la niñez y la juventud del Urabá antioqueño al bullerengue, en un país donde muchos jóvenes son reclutados para el conflicto armado.
El grupo creado por Yarley Escudero, artísticamente conocido como Happy Bullerengue y parte de una de las familias históricas de esta práctica en la zona, ha trabajado por mantener viva la comunidad alrededor y que así ‘los muchachos’ se formen en valores y se alejen de otros riesgos propios de ese contexto marcado por el empobrecimiento y la guerra. Actualmente, Corazón de Tambó está compuesto por más de 60 personas que van desde niños de 5 años hasta adultos mayores, y que aprenden desde percusión y danza hasta historia afro. Moya explica que, en su mayoría, han sido desplazados por la violencia y que encontraron en el tambor alegre, en el llamador o en los versos cantados, un alivio a la guerra.

Lucía Ibáñez, gestora cultural y fundadora de la plataforma musical Sonidos Enraizados, ha estado muy cerca de este movimiento desde los 2000 y resalta la reinvención permanente, sea en el siglo pasado resistiendo ante la precariedad absoluta —muchas cantadoras se mantenían con otros oficios como la partería, la minería artesanal o la cocina— o impulsando nuevos talentos tras la muerte de varios de sus íconos. Para ella, el motor que sostiene la supervivencia del bullerengue es que lo entienden como una manera de existir en el mundo: una forma particular de ver la vida. “El bullerengue es una práctica cultural muy profunda; permite forjar comunidad, conocerse, explorar el cuerpo en colectivo. Cuando el bullerengue te pica, no te suelta”, sostiene.
Ibáñez apunta a que también ha sido clave que las nuevas generaciones preserven la lucha por la memoria, la educación, la generosidad con los saberes, una cualidad distintiva de los grandes maestros que de manera orgánica dieron a luz a escuelas artesanales, en las salas de sus casas, en el voz a voz. Un hábito que logró que los jóvenes repliquen el bullerengue en sus territorios. “Las grandes familias del bullerengue fueron muy insistentes en formar liderazgos venideros y, gracias a eso, vemos esos relevos”, agrega la gestora.
Hasta hace poco más de cuatro meses, los bailes afrodiaspóricos del Caribe colombiano, como el Bullerengue, Mapalé, Son de Negro y Danza del Congo, fueron declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Si bien es un paso necesario, pues permite construir políticas públicas para proteger estas expresiones, en ocasiones los marcos normativos escapan a las necesidades puntuales de cada región, o incluso no se alinean con las comunidades. A juicio de Ibáñez, lo eficaz es fomentar garantías para que los jóvenes se interesen y se comprometan, y sobre todo, que puedan hacerlo en condiciones dignas, para que no tengan que seguir repitiendo el empobrecimiento o la violencia que tuvieron que atravesar sus antepasados.
Eustaquia Amaranto murió al terminar el 2025 sin saber que ese sacrificio para mantener el bullerengue vivo se ha vuelto menos empinado para los que vienen. Esos mismos jóvenes que, en retribución por todo lo que ella hizo en vida, la despidieron festejando su corazón de oro, como ella misma lo cantó.
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