Campaña presidencial en Colombia: ojo a los vicepresidentes
A pesar del debate sobre su relevancia, la vicepresidencia no es un cargo decorativo: es el seguro institucional de la presidencia

Una de las elecciones más relevantes que se avecinan en América Latina es la presidencial de Colombia, prevista para mayo —y en junio si hay lugar a una segunda vuelta—. La campaña arrancó formalmente la semana pasada, después de que varias alianzas celebraran consultas internas para escoger a sus candidatos y estos, a su vez, anunciaran a sus fórmulas vicepresidenciales. Quedaron así definidos los aspirantes que estarán en el partidor de la primera vuelta.
Está por terminar el primer gobierno de extrema izquierda en la historia de Colombia, elegido con la promesa de transformar uno de los países más desiguales de América Latina. Cuatro años después, el legado de Gustavo Petro aparece marcado más por una sucesión de escándalos de corrupción al más alto nivel —que incluyen a dos ministros en la cárcel, a su hijo procesado por múltiples delitos y a uno de sus colaboradores más cercanos prófugo—, una ejecución gubernamental muy deficiente, una política de “paz total” que fracasó en contener el crecimiento de los grupos armados y narcotraficantes y una situación fiscal que inevitablemente le estallará en la cara al próximo gobierno.
A ello se suma una polarización política inédita en las últimas décadas, que ha dividido al país entre la izquierda y los “enemigos del pueblo”, entre ricos y pobres, entre blancos e indígenas y afrodescendientes. No puede atribuirse exclusivamente al gobierno, pero sí fue alimentada por la retórica populista y beligerante de Gustavo Petro y sus aliados. Al mismo tiempo, es justo reconocer que esta administración incluyó de manera consistente a las minorías en el gobierno, aunque con frecuencia escogió a personas poco preparadas o francamente incompetentes, a las que cambia permanentemente destruyendo cualquier posibilidad de continuidad.
La inclusión de Francia Márquez, líder social afrodescendiente, como fórmula vicepresidencial de Petro hace cuatro años fue el resultado de su fuerza política en el sur del país. Sin embargo, su paso por el Gobierno terminó por dinamitar su carrera política. En parte por sus propios errores, pero también por lo que ella misma denunció como sabotaje y racismo desde el interior del Gobierno, lo que la llevó en varios momentos a tomar distancia de la administración y del propio presidente.
En Colombia, la relación entre presidentes y vicepresidentes ha sido en general armoniosa, aunque no exenta de fricciones, con algunas excepciones. Tal vez la más notable antes de la actual administración fue la de Humberto de la Calle, quien renunció a la vicepresidencia en medio de la crisis política por la financiación del narcotráfico en la campaña presidencial que llevó al poder a Ernesto Samper.
Las fórmulas vicepresidenciales escogidas la semana pasada tienen especial importancia, pues —más que para reemplazar al presidente— lo fueron para reforzar temas centrales de los candidatos presidenciales y, en algunos casos, para moderar o equilibrar posiciones ideológicas más radicales o enviar un mensaje.
Así, el compañero de fórmula de la senadora y nieta del expresidente conservador Guillermo León Valencia, Paloma Valencia, es Juan Daniel Oviedo: un tecnócrata abiertamente gay, que aporta una sensibilidad social y una conexión que resultan atractivas entre votantes jóvenes y urbanos. Sin embargo, sus diferencias con la candidata —una respetada senadora de derecha de la entraña del expresidente Álvaro Uribe— son evidentes en asuntos relevantes, como el apoyo al acuerdo de paz y al sistema de justicia transicional o el de la adopción por parejas homosexuales.
Sergio Fajardo es el candidato con mayor experiencia ejecutiva. Fue alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia con resultados muy exitosos y en momentos particularmente difíciles. Fajardo eligió a Edna Bonilla, experta en educación con décadas de experiencia administrativa y académica que también fue exsecretaria de Educación de Bogotá. Con ella, Fajardo subraya el papel central que la educación y el desarrollo del capital humano han tenido en la trayectoria política de los dos y que constituyen el eje de su propuesta programática.
En la extrema derecha, Abelardo de la Espriella, un notorio abogado penalista del sector privado muy centrado en seguridad y en combatir agresivamente a la izquierda, escogió como compañero de fórmula a José Manuel Restrepo, economista, profesor universitario y exministro de Comercio Exterior y de Hacienda, con la intención de reforzar la credibilidad económica de su campaña.
Por su parte, el senador Iván Cepeda —un político hábil y estudioso, y uno de los arquitectos de la fallida política de “paz total” y heredero político de Gustavo Petro— se mantuvo en el radicalismo de izquierda y eligió como fórmula a Aída Quilcué, activista indígena y senadora del pueblo nasa del Cauca. Quilcué alcanzó notoriedad nacional a través del movimiento indígena y del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), organización frecuentemente señalada por su asociación con movilizaciones y bloqueos conocidos como mingas. Su trayectoria política, además, ha estado marcada por la violencia que ha golpeado a su familia después de que el ejército matara indiscriminadamente a su esposo en 2008.
La constitución colombiana no le asigna al vicepresidente funciones específicas distintas a reemplazar al presidente o cumplir las tareas que este le delegue, que pueden incluir cargos dentro del gobierno. Esto genera una tensión evidente: si el presidente no le encarga responsabilidades, el vicepresidente se frustrará por ser políticamente irrelevante; si le asigna un cargo —por ejemplo, un ministerio— y luego decide removerlo, la relación se deteriora, pero seguirá siendo vicepresidente por haber sido elegido por voto popular. Es el caso de Francia Márquez. El manejo de esa relación, por tanto, no es sencillo.
Sin embargo, más allá de la relación personal entre presidente y vicepresidente, hay una pregunta fundamental: ¿qué ocurre si el presidente llega a faltar? El jefe de Estado concentra decisiones críticas —desde la política exterior y la seguridad nacional hasta el manejo de crisis económicas— que afectan la vida de millones de personas. Así, la capacidad de quien ocupa la vicepresidencia es tan importante como la del propio presidente.
Y como elegir presidente implica también elegir vicepresidente, además de analizar al candidato presidencial, sus propuestas e incluso su estado de salud, los electores deberían evaluar con el mismo rigor a su compañero o compañera de fórmula. Porque, al final, la vicepresidencia no es un cargo decorativo: es el seguro institucional de la presidencia.
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