El año del daño: decálogo de exabruptos, hechos siniestros, fotos oprobiosas y otras infamias
Lo que busca Trump fuera y dentro de las fronteras es fácil de leer: generar reacciones defensivas entre la gente y sus pares que le sirven para etiquetarlos de desagradecidos, adversarios, antipatriotas e incluso de enemigos

En el primer año de su segundo mandato, Donald Trump ha gobernado como si Estados Unidos –y el mundo–fueran una extensión de Mar-a-Lago: su feudo personal en el sur de Florida, donde manda sin contrapesos y confunde sus caprichos personales con las funciones de un jefe de Estado. El impacto de su conducta se siente a escala global. No hay país, institución o causa sobre la que no haya opinado, amenazado o chantajeado.
Su estilo de liderazgo convierte la imprevisibilidad en método. No se trata de retórica.
Sus enemigos –Nicolás Maduro entre ellos– saben hoy que Trump no bromea. Pero sus aliados y vecinos lo saben tanto o más. La OTAN, Canadá y México viven bajo la lógica de la incertidumbre: aranceles impuestos de un día para otro, bromas sobre invasiones o bombardeos y anexiones no suenan a broma. Todos, adversarios y socios, oscilan entre tomar distancia o halagarlo para apaciguar un ego incansable. Tanto así que el primer ministro de Canadá, Mark Carney, llamó en Davos a “asumir la ruptura del orden internacional propiciada por los grandes poderes (su vecino en primera instancia) y que los países medianos se organicen entre sí en lugar de mendigar favores a Washington”.
Dentro de Estados Unidos, el panorama no es menos inquietante. Políticas migratorias de mano dura que violan derechos humanos de forma masiva, despidos indiscriminados en la administración pública y una militarización creciente de la vida cotidiana han creado un clima de tumulto inédito en tiempos democráticos.
Lo que busca Trump fuera y dentro de las fronteras, es fácil de leer: generar reacciones defensivas entre la gente y sus pares que le sirven para etiquetarlos de desagradecidos, adversarios, antipatriotas e incluso de enemigos, como ha hecho.
A estas alturas, un decálogo de momentos –como memoria, como archivo visual, como denuncia para una futura rendición de cuentas– no es solo pertinente. Es una obligación moral.
1. Odio a mis enemigos
Conviene empezar por aquí, por lo que Trump dice cuando no finge. El país ya sabe que su líder no es un hombre magnánimo ni de gran corazón, pero aun así sorprendió la naturalidad con la que decidió decirlo en voz alta. En un acto público, mientras Erica Kirk, la viuda de Charlie Kirk, el activista asesinado, intentaba ofrecer un mensaje de reconciliación nacional, Trump tomó la dirección contraria: “[Charlie] no odiaba a sus oponentes. Quería lo mejor para ellos. Ahí es donde no estoy de acuerdo. Yo odio a mis opositores y no quiero lo mejor para ellos. Lo siento”. No fue una broma fuera de lugar. Fue una declaración de principios.
En una sociedad aún sacudida por la violencia política y profundamente herida por la polarización, esas palabras produjeron estupor. Pero, como tantas otras cosas con Trump, el escándalo se convirtió en anécdota. Otro ejemplo más reciente es su comentario sobre la trágica muerte del director Rob Rainer y su esposa, a manos de su hijo. En otra salida típica suya, Trump afirmó que Rainer estaba obsesionado con él y que esto había desembocado en su asesinato. A fuerza de repetirse, el rencor y las pequeñeces de alma del presidente han ido normalizándose, casi volviéndose parte del paisaje. Pero conviene no perder de vista lo esencial: cuando el odio se formula desde el poder, deja de ser una emoción privada y se convierte en una señal política. Al machacar el resentimiento como lo hace, Trump lo legitima haciéndolo un rasgo de su carácter y parte de su forma de liderazgo. Ahí está el detalle.
2. Ese Nobel es mío
Trump ha hecho público, sin pudor alguno, uno de sus máximos delirios de grandeza más persistentes: su convicción de que merece el Premio Nobel de la Paz. No hay acto ni entrevista en la que no recuerde haber “acabado” con múltiples guerras –más de ocho–, reales o imaginarias. En su lógica, eso lo convierte en un candidato inigualable. El comité noruego tuvo otra idea y otorgó el premio a María Corina Machado, quien, en un gesto simbólico, se lo dedicó a Trump el mismo día del anuncio.
Trump debió haber dado así por zanjado el asunto. Hizo exactamente lo contrario. Insistió en que lo merecía más que nadie y fue más lejos: en una carta al primer ministro noruego declaró que ya no se sentía “obligado a pensar únicamente en la paz”. No es una frase menor. Con ese mismo argumento justificó sus ansias imperiales en Groenlandia y amenazó a Europa con nuevas represalias arancelarias.
A estas alturas es ocioso preguntarse si se le puede confiar a alguien así la política exterior de la mayor potencia del mundo. La otra pregunta: ¿cuántos países terminarán pagando el precio de un ego desbocado? Trump es el Homo egolatricus, por excelencia. El mismo hecho de que esté en la presidencia es un acto de venganza por la herida que generó en su vanidad una burla pública del expresidente Barack Obama. Pero los votantes estadounidenses ya no pueden hacerse de la vista gorda con la responsabilidad que asumieron al devolverlo al poder. Y una pregunta, más modesta pero quizás cruel: ¿Aplacará el gesto de Machado su desenfrenado ego, logrando que la incorpore a una transición democrática? ¿O pagarán los venezolanos otra venganza de Trump teniendo que padecer al régimen chavista hasta que Trump decida lo contrario?
3. El perdón de los golpistas
Trump comenzó su segundo mandato propinándole un mazazo a la democracia y al Estado de derecho: el indulto a los asaltantes del Capitolio del 6 de enero de 2021. Conviene recordarlo, porque el paso del tiempo tiende a diluir la gravedad de los hechos. Trump nunca admitió su derrota frente a Joe Biden. Intentó, de manera ilegal, que se le atribuyeran más de 11.000votos que le habrían dado una victoria que nunca tuvo. Fracasó. Y entonces eligió otro camino.
El perdón fue una promesa sostenida durante años, no un impulso de último momento. Al cumplirla, Trump no solo atropelló el Estado de derecho: buscó reescribir el significado del asalto. Ignorar, minimizar o reinterpretar el 6 de enero como una expresión legítima de descontento es algo más que revisionismo histórico. Es una estrategia para normalizar la violencia de una minoría rabiosa y equivocada contra el voto y los procedimientos constitucionales. El precedente es peligroso para futuros conflictos políticos. ¿Pero se saldrá Trump con la suya cuando se escriba la historia con mayúsculas?
4. Si no estás conmigo, eres terrorista
Después del perdón viene la persecución. Trump tomó prestada el “si no están con nosotros, están con los terroristas”, consigna de George W. Bush a raíz del ataque del 11 de septiembre de 2001 y la trasladó al plano interno. En su versión, la frontera es aún más estrecha: si no estás conmigo, eres terrorista. Así se explica la designación de Antifa como organización terrorista doméstica, pese a que no existe como estructura centralizada ni jerárquica.
El contraste es revelador. Grupos de extrema derecha como Proud Boys u Oath Keepers, que sí operan como milicias armadas, no reciben ese rótulo. Trump prefiere protegerlos porque están de su lado. Stephen Miller, su consigliere más leal, ha prometido dedicar todos los recursos del Estado a “identificar, quebrar, eliminar y destruir” organizaciones de izquierda.
Tras el asesinato de Renee Nicole Macklin Good en Minneapolis, a manos de un agente de ICE, Trump llamó “insurrectos profesionales” a quienes salieron a protestar y amenazó con invocar el Acta de Insurrección. Con Trump, los derechos civiles no son un pilar incómodo de la democracia, sino un estorbo permanente que hay que eliminar en lo posible. En un país que los ha disputado durante 250 años, el retroceso es evidente y preocupante.
5. El compinche del pedófilo
Si algo ha quedado claro es que todo lo relacionado con Jeffrey Epstein es una pesadilla para Trump. Ocultar la relación entre ambos ha sido una tarea constante de su entorno, aunque solo parcialmente exitosa. En parte porque figuras destacadas del propio universo MAGA, entre ella las legisladoras Lauren Boebert y Marjorie Taylor Green, presionaron por la publicación de los archivos. En parte porque Epstein reaparece siempre en el peor momento.
Recientemente, durante una visita presidencial a una planta de Ford en Ohio, un trabajador le gritó: “protector de pedófilos”. Trump reaccionó con furia, levantando el dedo medio y murmurando una frase que empieza por F y no necesita traducción. Epstein es el fantasma que lo persigue. No solo por los años de amistad y francachelas, sino porque representa algo más profundo: el encubrimiento que los poderosos se ofrecen entre sí. ¿Alguien ha oído hablar de Freud y el retorno de lo reprimido?
No hace falta probar nada para entender el daño político y moral. Basta la persistencia del vínculo, el silencio, la incomodidad permanente. Y si algún día se demostrara que Trump sabía de los abusos contra menores —como muchos creen—, el juicio ya no sería solo político. Sería histórico y nadie podría excusarlo.
6. La mentira vaya por delante
El primer año del segundo mandato de Trump ha estado marcado por la sensación constante de estar al borde de un abismo. Militares y policías enmascarados y armados hasta los dientes han tomado las calles para someter a cualquier persona, sin más argumentos que la sospecha, fomentando de esta forma un ecosistema de miedo e indignación. La visión moral detrás de las redadas de ICE es simple: los débiles y quienes menos tienen no merecen compasión. Solo así se explica la persecución sin cuartel contra los migrantes o la revocación del TPS y del Parole humanitario a cientos de miles de venezolanos, además de haitianos, afganos y de otras nacionalidades.
Para justificarlo, la mentira va siempre por delante. Se les presenta como invasores y criminales, aunque más de la mitad de los detenidos no tengan antecedentes penales. La estrategia no es nueva. Estados Unidos ya vivió épocas en que se les negaron derechos ciudadanos a los hijos de los inmigrantes chinos que construyeron la red ferroviaria en el siglo XIX o se encerró a japoneses en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.
La pregunta no es si esta política es cruel –y lo es–, sino si terminará siendo aceptada como normal. La deshumanización extrema suele avanzar así: primero escandaliza, luego se explica y se tolera. Por último, se acepta. Habrá que ver si, al final de este mandato, el país reconoce el daño infligido y opta por repararlo o decide seguir mirando hacia otro lado. Y ese ha sido el gran truco de Trump: intimidar hacia adentro y hacia afuera.
Pero no olvidemos que Estados Unidos se fundó sobre dos principios cardinales: todos los seres humanos han sido creados iguales: iguales como ciudadanos e iguales ante la ley. No olvidemos que la mayoría de los inmigrantes han llegado al país de Lincoln y Martin Luther King buscando el amparo de esos principios. Los inmigrantes han sido esenciales para hacer de Estados Unidos una gran nación, a pesar de sus sombras y episodios de odio y oprobio, como su actual política migratoria. No lo olvidemos.
7. Zelenski regañado
Al igual que Hugo Chávez –gurú en el oscuro arte del caudillismo populista–, Trump nunca ha tenido reparos en humillar públicamente cuando se trata de marcar territorio. Pero el trato dispensado, junto al vicepresidente J.D. Vance, al presidente ucraniano Volodímir Zelenski no tiene parangón. Lo acusaron de desagradecido por la ayuda recibida y de “jugar a la Tercera Guerra Mundial” por negarse a aceptar las condiciones de su agresor, Vladímir Putin.
El encuentro terminó abruptamente, entre gritos. Muy en su estilo, Trump acompañó el regaño con un castigo ejemplar: la suspensión del envío de armas a Ucrania. Aunque más tarde las aguas bajaron, la escena quedó registrada como uno de los momentos más incómodos de la diplomacia estadounidense. Difícil no sentir indignación y pena ajena. Porque no fue solo una descortesía. Fue una señal política. Estados Unidos apareció no como aliado confiable, sino como un poder caprichoso, dispuesto a barrer el piso con quien depende de su apoyo. En términos de imagen internacional, el daño fue inmediato y profundo. Algunas escenas no necesitan explicación: se explican solas.
8. Adiós al soft power
Marco Rubio ha sido un operador eficaz de Trump, sobre todo en su capacidad para vestir de institucionalidad los impulsos del presidente. Pero su gestión también quedará asociada a un giro doctrinario: el abandono del poder blando. El cierre de USAID, la principal agencia de cooperación estadounidense, fue la señal más clara. Se perdió un pilar fundamental de la difusión del modelo democrático occidental alrededor del mundo.
En su última entrevista con EL PAÍS, Joseph Nye advirtió que Trump podía destruir el atractivo global de Estados Unidos erosionando la democracia, el multilateralismo y la inmigración. No sonaba tan fácil. Sin embargo, a lo largo del año, Trump ha hecho más que nadie para incrementar el rechazo y la impopularidad de su país en el mundo. El proteccionismo debilitó alianzas clave. La política antimigratoria golpeó la competitividad económica.
Estados Unidos sigue siendo una potencia. Pero el respeto y la admiración, que no se compran con tanques ni aranceles, sino con industrias culturales y apoyos a la sociedad civil de los países que buscan democracia, se han ido evaporando. El garrote ocupa hoy el lugar de la persuasión.
9. La motosierra de Elon
El 20 de febrero de 2025, Elon Musk levantó una motosierra cromada, regalo del presidente argentino Javier Milei, para celebrar su cruzada contra la burocracia. El gesto fue más espectacular que los resultados. El Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), comandado por Musk, prometía ahorros colosales y recortes masivos. Diez meses después, las cifras fueron modestas. Ciertamente el aparato burocrático se achicó. Pero el gasto público de Estados Unidos, subió respecto a 2024 en varios cientos de miles de millones.
¿Y Musk? regresó a Tesla y SpaceX tras dejar la Casa Blanca convertido en una figura profundamente impopular, incluso entre las filas MAGA. De héroe antiburocrático pasó a símbolo de soberbia tecnocrática. Una encuesta de Gallup de 2025, lo situó en el último lugar de 14 figuras mundiales, un varapalo a su soberbia. Al frente iban el Papa León XIV, Zelenski y, sí, Bernie Sanders. Su paso por Washington dejó una lección clara: gobernar un país no es lo mismo que ser el dueño de X o enviar cohetes a Marte.
10. No hay oscuridad, sino ignorancia
La guerra contra el conocimiento pasará a la historia como uno de los daños más duraderos del trumpismo. Los ideólogos Maga, entre ellos Curtis Yarvin, llevaban años atacando a Harvard y otras universidades, por encarnar un entramado meritocrático de valores liberales que, supuestamente, ha degenerado la acción del gobierno y el desarrollo de la ciencia y la economía. Harvard, Columbia o Yale fueron castigadas con recortes para forzarlas a plegarse a una agenda política. En paralelo, el sistema de salud quedó en manos de Robert Kennedy Jr., de un fanático de la pseudociencia y cruzado antivacunas, quien ha hecho retroceder décadas las políticas de vacunación y saludo pública.
Las consecuencias son cuantificables: brotes de sarampión y tosferina, enfermedades que se creían controladas. Como escribió Shakespeare, “no hay oscuridad, sino ignorancia”. En la era Trump, esa ignorancia es programada y promovida por poderes que buscan manejar una nación democrática como si fuera una dictadura corporativa con Trump como consejero delegado.
Descargo
Este decálogo no aspira a ser exhaustivo ni definitivo. De hecho, cada quien puede modificarlo con las infamias que vengan más a cuento. Tampoco busca sorprender: muchas de estas escenas transcurrieron a plena luz del día, frente a cámaras y micrófonos. No hubo desmentidos, pero tampoco disculpas. Su acumulación es, sin embargo, más inquietante que cada episodio por separado. El daño que refleja no es solo institucional, ni siquiera estrictamente político. Es moral y nacional. Y como ocurre con ese tipo de daños, no se mide solo en meses ni se repara con un simple relevo en el poder. Todo lo que se ha roto en apenas un año no se recompondrá con facilidad. Eso es lo más grave de todo.
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