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Por qué hay jóvenes que vuelven a creer en tiempos de crisis

Veinteañeros y treintañeros abrazan la espiritualidad como respuesta a la precariedad y a la falta de expectativas

“¿Por qué si conozco las cosas que ha normalizado esta sociedad y que me perjudican, como el abuso de las redes, el scroll infinito, la comparación constante o el estrés, me cuesta tanto dejarlas atrás y avanzar en mi camino espiritual?”, pregunta un joven a Pablo D’Ors. “Porque somos gilipollas”, responde rotundo el sacerdote. “Porque la falta de confianza nos hace temer lo desconocido y porque tenemos apego por nuestra vida pasada, aunque esté llena de infelicidad o sufrimiento, como le pasa a los israelitas en su éxodo”, resume.

—¿Cómo perdemos el miedo?— Se cuestiona otra veinteañera entre lágrimas.

—Confiando.

—¿Y cómo confiamos?

—Mirando adentro. Lo bueno de que se derrumbe todo lo externo, es que no nos queda otra cosa más que mirar adentro. Ahí está todo: la sombra, pero también la luz. Buscamos mal, hasta que buscamos dentro y nos damos cuenta de que somos uno con todo lo demás: el Universo, Dios, la felicidad, la paz…

Sucede esta escena en el sótano de un teatro en el barrio madrileño de Tetuán, donde se dan cita una treintena de jóvenes de la red de meditadores Amigos del Desierto, fundada hace una década por el también escritor Pablo D’Ors. Los chavales están arrodillados en banquitos de meditación, inmóviles. No hay teléfonos ni ninguna otra pantalla, solo un altar improvisado. Comienzan su encuentro con cinco minutos de recogimiento.

“Esta es una forma de peregrinar hacia nuestro centro; un camino hacia el autoconocimiento, la trascendencia y la paz”, explica Estefanía Ramos, una de las coordinadoras de la rama junior de la asociación, que cada vez cuenta con más participantes menores de 35 años. Los responsables de esta red, que bebe del hesicasmo —una práctica ascética cristiana difundida a partir del siglo IV por los Padres del Desierto—, dicen haber sido testigos directos de un repunte general de la espiritualidad, también perceptible entre las nuevas generaciones.

Para evidenciar este fenómeno —cuya existencia divide a la opinión pública—, se ha apelado mucho al éxito del nuevo disco de Rosalía, de tintes católicos; al auge del pop cristiano del grupo Hakuna o a la buena acogida de Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que narra la vida de una adolescente decidida a ingresar en un convento de clausura. ¿Existe realmente un acercamiento de los jóvenes españoles a lo místico? Y, de ser así, ¿a qué responde? Irene, de 35 años y miembro de Amigos del Desierto desde hace uno y medio, lo explica así: “Cuando se cae todo aquello con lo que soñabas —una casa en propiedad, un trabajo en el que realizarte, un sueldo digno, etcétera—, te das cuenta de que no sabes a dónde vas. Esta crisis de sentido la que nos ha llevado a los jóvenes a iniciar una búsqueda espiritual".

En esta misma línea, Rafael Ruiz Andrés, especializado en Ciencias de las Religiones, apunta a “una conexión entre la vulnerabilidad que caracteriza hoy a las nuevas generaciones y un posible auge de la religiosidad”. Cree que la conciencia de precariedad que tienen los jóvenes es un motor de acercamiento a lo espiritual. “Viven en un contexto postmaterialista, en el que el eje de la vida deja de ser el trabajo, la familia o el negocio y se centra mucho más en la cuestión del individuo y del sentido. Esto, sumado a la precariedad, hace que emerjan las preguntas sobre el sentido de la vida, que tradicionalmente han respondido las religiones o las disciplinas espirituales”, subraya.

El barómetro sobre religión y creencias de la fundación Pluralismo y Convivencia, presentado en noviembre, demuestra que la espiritualidad importa a los jóvenes, pero a su manera: entre los 18 y los 24 años, solo un 29% se declaran católicos. Sin embargo, en esa misma franja de edad, un 59% cree que hay algún tipo de realidad espiritual; un 45%, que existen las energías; y un 40%, que hay vida después de la muerte. Según Ruiz Andrés, estos datos corroboran que están construyendo sus religiones. “Hay tantas creencias como personas”, indica. Eso plantea “un futuro con múltiples posibilidades”: de un lado, podemos estar ante un resurgir espiritual; de otro, ante un estado previo a la secularización total, pues “las religiones no regladas son mucho más difíciles de transmitir a las próximas generaciones”.

Monjas y curas veinteañeros

En este presente de grises, sor Marta (Ciudad Real, 29 años) considera que un factor determinante en el acercamiento de los jóvenes a la espiritualidad fue la pandemia: “Hubo quienes llegaron a un límite en el confinamiento y, en esa soledad, se preguntaron si había algo más”. A ella, sin embargo, le llegó la vocación cuando apenas tenía 15 años. Buscó entonces en Google “Benedictinas en España” y escribió al primer monasterio que apareció, que fue el de la Santa Cruz de Sahagún, en León, donde ingresó con 17 años, tras terminar el Bachillerato.

No había más novicias, pero se adaptó rápido. “Las veteranas me acogieron como a una hija. Traje un balón y una comba y las monjas jugaban conmigo”, relata. Sor Marta se hizo youtuber y empezó a difundir las bondades de la vida monástica. Al principio, su labor fue seguida con recelo entre ciertos sectores eclesiásticos, pero hoy nadie se atreve a criticarla. “Comenzamos a lanzar propuestas vocacionales en Instagram y hoy recibimos cientos de correos y de peticiones para conocer esto”, resume. Su monasterio cuenta ahora con cinco en formación. Además, en los últimos veranos, más de 40 jóvenes se han acercado a Sahagún para discernir si están llamadas a la vida contemplativa.

“Las redes nos han hecho más visibles, sin duda”, coincide Gonzalo Lebredo, de 24 años y natural de Ribadeo (Lugo), que estudia para sacerdote en Santiago. No obstante, considera que no hay que confundir esa mayor presencia en internet con un aumento de católicos o de vocaciones. “Hasta hace poco decir que eras creyente penalizaba, ahora empieza a sumar; eso facilita nuestra visibilidad”, argumenta. “En un lugar como Occidente, donde todo lo que parecía seguro se está derrumbando, la religión permite encontrar un horizonte de sentido. Hoy se ve un interés renovado por la trascendencia, por salirse de uno mismo y de lo material”, opina.

En su seminario son 20 estudiantes entre las tres diócesis. “El de Mondoñedo llegó a estar vacío y hoy cuenta con siete seminaristas”, concreta. Según datos facilitados por la Conferencia Episcopal, el número de seminaristas en las diócesis españolas durante el curso 2024-2025 fue de 1.036, frente a los 956 del año anterior; los nuevos ingresos ascendieron a 239 y solo 89 abandonaron el proceso formativo, 20 menos que en el curso 2023-2024. Los datos han ido mejorando desde el curso 2020-2021, cuando se produjo un notorio descenso.

“Estamos viendo un interés creciente de los jóvenes por la vida interior, que no por la vida cristiana, no confundamos. Aunque ese interés repercutirá probablemente en el número de vocaciones”, aventura, por su lado, el padre Ángel. A sus 88 años, mantiene una férrea conexión con las nuevas generaciones a través de su iglesia, la de San Antón, abierta las 24 horas a los más necesitados gracias a un batallón de voluntarios, muchos de ellos veinteañeros o treintañeros. Ellos son uno de los pilares fundamentales de Mensajeros por la Paz, la ONG que fundó en 1962.

“Me emociono al verlos sentados en los banquitos, con los ojos cerrados, buscando su paz”, confiesa. “Nos hemos equivocado creyendo que los jóvenes lo único que necesitan es diversión: los chavales están cansados de vida exterior y de pantallas, quieren vida espiritual”, precisa. Con él coincide Jimena Zaragoza, que a sus 30 años volvió a acercarse a Dios gracias a la iglesia de San Antón y a su “acción de ayuda a los más pobres”. Cuando llegó de Perú, atravesó una fuerte crisis de sentido que la hizo sentirse “totalmente perdida”. Pudo cambiar de perspectiva y hallar su propósito gracias al voluntariado que inició en Mensajeros.

“Al entregarme a los demás, al reconocer que todos somos necesitados —unos, en lo material; otros, como en mi caso, en lo espiritual— pude recuperar la fe, el sentido de la vida, la gratitud, el propósito de amor… y volver a caminar”, rememora junto a otra veinteañera que ha vivido una experiencia similar. Como casi todos los jóvenes que han participado en este reportaje, considera que el mundo “superficial, competitivo y lleno de comparaciones” que han potenciado las redes sociales y el capitalismo ha llevado a muchos chavales a experimentar “un vacío” del que solo se sale regresando a lo espiritual. “Estamos en un cambio de paradigma”, asegura Pablo D’Ors, que, como el padre Ángel, augura un futuro en el que primará “la interioridad”.

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