Del lujo silencioso a los vestidos de pastorcilla: así fue cómo la moda anticipó el giro ultraconservador antifeminista
La moda no es ajena a la sociedad. Hoy las pasarelas, los ‘influencers’ e incluso las tiendas abrazan una estética discreta que evoca un ideal femenino reaccionario; así, a través de la imagen, los discursos radicales están seduciendo a las más jóvenes

“El lujo silencioso sugiere un cansancio de la cultura del ruido y del todo vale de la década pasada. Muchas mujeres estaban hartas de que les dijeran que el sexo vende o que el empoderamiento eran faldas cada vez más estrechas. Calidad sobre cantidad, tradición o sutileza vuelven a estar de moda”. El párrafo, que podría haber aparecido en un libro antiguo sobre cómo ser la mujer perfecta, en realidad procede de un artículo titulado Cómo la moda predijo el triunfo de Trump de la revista Evie. Se trata de una publicación de moda y estilo de vida que abraza y difunde valores conservadores. Su influencia en Estados Unidos ha llevado hasta a The New York Times a dedicarle un extenso perfil a su fundadora, Brittany Martinez. La revista no es la única que ha intuido los lazos entre moda y viraje reaccionario. Una búsqueda rápida sobre el asunto arroja decenas de reportajes en medios poco sospechosos de trumpistas. “Si hay alguien sorprendido por el giro conservador del país le diría que si ha entrado a internet en los últimos cuatro años”, bromeaba la tiktoker Lindsey Louise en un vídeo viral tras las elecciones de aquel país.
@officialnancydrew looking at trends, it has be obvious our climate was moving conservative for years, i wrote about this on my substack and i honestly could talk about this forever lol. from everything wellness to trad wife content to old money aesthetic to the constant need to be “edgy” we have seen the shift in culture online. also i note that some of these concepts have been taken from indigenous cultures and were constructed into ytness and “ luxury “ rebrand. ffashiontrendsffashiontiktokssocialmediap#politics
♬ original sound - lindsey louise
“La moda no se trata solo de ropa”, escribía la socióloga Diana Crane en Fashion and its Social Agendas en el año 2000, “es un reflejo de nuestras normas y valores culturales. Como tal, tiene el potencial de influir en las actitudes sociales hacia la imagen corporal y los estándares de belleza”. La frase es perfectamente aplicable un cuarto de siglo después: en los últimos años, especialmente desde la pandemia, se han impuesto una serie de estéticas inspiradas bien en la nostalgia, bien en el arquetipo de los milmillonarios. Desde los vestidos floreados para emular a una bucólica pastora, al traje beis que podría lucir el personaje de Siobhan Roy en Succession o al rostro impecable (y muy apetecible, como si fuera un donut) con moño engominado de Hailey Bieber y seguidoras. En principio estos elementos tendrían poca relación entre sí, si no fuera porque una lectura más profunda de estas macrotendencias revela una especie de búsqueda del perfeccionismo y la discreción que encaja como un guante con los valores más conservadores. “Si queremos comprender las tendencias actuales, debemos observar lo que ocurre en el mundo en términos políticos”, reflexiona Daphné B, periodista cultural y autora de Maquillada. Ensayo sobre el mundo y sus sombras: “Hay un auge evidente de la ultraderecha, tanto en Europa como en Estados Unidos. En consecuencia, los valores y la estética de los movimientos conservadores son apreciados, porque son los que gozan de mayor proximidad al poder”.
Etiquetas como coquette, clean girl u old money [coqueta, chica limpia y dinero de cuna] pertenecen ya a la jerga general de los jóvenes; también palabras como Ozempic, trad wife [esposa tradicional] o el tristemente clásico chic. “Hay influencers que se llaman a sí mismas stay at home girlfriend o stay at home mum [novia o madre que se queda en casa]”, explica Carla Vázquez Jones, consultora en comunicación de moda en Nueva York que ha trabajado en marcas como Loewe o Etro, “chicas ‘socialmente guapas’, fitness divas que van a por su ice matcha y a clase de pilates, pero no trabajan. Un poco dentro de esa perfección entra la clean girl que, tal y como yo la interpreto, es un estilo. Parece que no llevas maquillaje, pero obviamente sí lo llevas, solo que con un acabado jugoso. Además, estaría el look de los noventa encarnado en Carolyn Bessette, patrona del minimalismo. Ella vestía faldas rectas, botas altas, sujetadores visibles, diademas… Y luego, en la tercera pata de ese perfeccionismo, tenemos el estilo de las trad wives, con vestidos que parecen salidos de 1800. Muy sureño, con colores pastel, como un poco años cincuenta. El concepto viene con una carga: la idea de que debes estar en casa, cuidar de tus hijos, cocinar para tu marido”. Una imagen que cada vez más jóvenes quieren emular y que por supuesto no es ajena a las influencers patrias.
“La estética conservadora es apreciada por gozar de proximidad al poder”
Como decía Diana Crane, la moda refleja los valores de la sociedad del momento, y las pasarelas se han apresurado a canalizar estas tendencias en forma de propuestas muy concretas que apelan a un ideal femenino conservador. En los desfiles para este otoño-invierno se han visto innumerables vestidos ajustados, faldas a la rodilla, abrigos de pelo sintético que gritan opulencia económica o el regreso de los tacones altos. Cabe señalar que más del 80% de los directores creativos de las grandes casas son hombres, la cifra más desigual de los últimos 50 años. También, que sofisticación, decoro o refinamiento son términos absolutos que han vuelto a las crónicas de moda para definir unos ideales femeninos que parecían superados. El fenómeno se traduce ya en deseos de compra: en el último mes, con respecto al mismo periodo de 2024, las búsquedas online de botas ecuestres crecieron un 39% y las de prendas hasta la rodilla, un 33%; también lo hicieron estampados como los grandes lunares, con un aumento del 49%, y los cuadros vichí un 33%, motivos populares en los años cincuenta, cuando también triunfaba ese ideal femenino conservador. Las cifras han sido extraídas por la empresa de datos Heuritech; su directora de moda, Frida Tordhag, lo analiza: “Asistimos a una era más conservadora en la moda, tanto a nivel estilístico como cultural. Tras años dominados por la estética urbana y la inspirada en los años 2000, repleta de siluetas atrevidas, cortes de tiro bajo y estilos de vanguardia, observamos un cambio hacia algo más refinado y atemporal. Incluso las marcas de moda rápida, que cimentaron su éxito en microtendencias y ropa de fiesta, están reinventándose y adoptan líneas más limpias, siluetas discretas y una estética más sofisticada que podría describirse como conservadora”.
Un canon de belleza hegemónico en ciertos círculos cada vez más amplios: cuerpos esbeltos pero trabajados, pieles bronceadas y melenas rubias (es un ideal solo para gente blanca). “Hay una plétora de razones que nos impulsan a modificar nuestros cuerpos”, señala Daphné B., “y una de ellas es la ventaja social de la que disfrutan quienes se ajustan al ideal imperante. Porque, de nuevo, quienes imponen ciertos estándares son quienes ostentan el poder. Claudia Rankine, poeta estadounidense, estudió la búsqueda del rubio y su prevalencia en política. Para ella está conectado con la blancura, la deseabilidad y el privilegio. Experimentar con el cuerpo es una cuestión de libertad, sí, pero ella usa el término de ‘libertad cómplice’ para señalar que ‘lo que nos gusta es lo más valorado’. La cultura de la belleza es opcional, pero si se opta por no participar hay consecuencias”, continúa. No es una teoría abstracta, se ve en las calles. “Tengo un grupo de amigas estadounidenses y todas, sin excepción, antes de los 30 ya se habían puesto bótox”, señala Carla Vázquez. El cambio también cala en España, según el último informe de la Sociedad Española de Medicina Estética, solo en 2023 aumentaron los pacientes más jóvenes entre un 14% y un 20%. El 69% de las que recurren a estas intervenciones son mujeres.

Unir los puntos
Esta conversión estética, que se apoya en la hiperfeminización, no se había experimentado de una forma tan evidente desde mediados del siglo pasado: “Quizá el momento arquetípico para ejemplificar una moda restrictiva que responde a un giro reaccionario”, apunta Juan Gutiérrez, responsable de la colección de indumentaria contemporánea en el Museo del Traje. “Cuando se echa el freno a los avances sociales que se produjeron durante las décadas de 1920 y 1930. En concreto, el proceso de emancipación femenina se vio truncado por una situación en la que se consideró que para paliar el trauma de la guerra se requería un regreso a una estructura tradicional, con figuras femeninas que cumplieran con sus deberes domésticos al tiempo que se embellecían para dar satisfacción a las fantasías eróticas masculinas. Es el tiempo de los sujetadores bala o torpedo, que dan al busto una forma cónica que se proyecta de manera hiperbólica, acentuándose el efecto con prendas que estrechan la cintura. El carácter restrictivo de esa tendencia domina la década hasta que se imponen las modas juveniles”.
Lo cierto es que desde los sesenta han sido los jóvenes que se oponían al sistema los que han hecho evolucionar la moda hasta convertirla en herramienta de expresión. Ahora las tornas han cambiado. Como contaba la socióloga Francesca Beaumont recientemente en su newsletter, “la moda se percibe cada vez menos como un escenario para expresar autenticidad e identidad y más como una técnica de autopreservación; como si identificarse con cierto estrato social a través de la ropa pudiera ayudar a mitigar la ansiedad generada por los acelerados ciclos de tendencias. Así, la vuelta a la vestimenta bucólica sería una reacción a los excesos de la cultura del consumo y a la opresión del capitalismo digital”. Apenas podríamos identificar hoy subculturas porque ya no se trata de sobresalir o contradecir al sistema sino de encajar. “Entre los zeta hay un notable giro de mentalidad que hace cambiar la moda”, añade Tordhag, “el autocuidado, el consumo consciente, estar sobrio o poner límites son ahora valores centrales ligados a la clean girl. Esta generación ya no se siente inspirada por otras culturas juveniles”.

Hoy, a la lógica desorientación adolescente se suma la perfección vendida en redes sociales, que es su forma de relacionarse con el entorno. “Esta generación que ahora tiene 20 años ha crecido con el ‘no hay futuro”, explica la periodista Elsa Cabria, que acaba de publicar el podcast La familia correcta, sobre cómo la red de ultraderecha global ha tomado el cuerpo de la mujer como epicentro de una batalla cultural y política. No sorprende que, entre fotografías de vestidos de pastorcilla, la revista Evie (por supuesto, en contra del aborto) proponga que las mujeres dejen la píldora anticonceptiva. Mientras, numerosas influencers que monetizan su estilo de vida, defienden quedarse en casa para autocuidarse y huir del burn out laboral. “Si como chica joven no ves otra cosa, te planteas ser una trad wife como posibilidad, porque piensas que trabajando no llegarás a nada. El riesgo es comprar todo el marco”, dice Cabria y, prosigue: “Quizá estamos pidiendo a los jóvenes que piensen, analicen, reflexionen, que saquen conclusiones y que sean más inteligentes que un sistema muy perverso. En el momento de apogeo de los feminismos éramos muchas, pero no éramos todas, algunas se sintieron excluidas. Pensaban que se había ido demasiado lejos. Ahora sí se ven representadas en este otro tipo de mujer. Si la generación feminista anterior no te para de decir cómo ser mujer y que deberías serlo así porque ha costado mucho llegar a ello...”, la respuesta es oponerse como rebelión, “aunque en realidad se estén dejando manipular por las corrientes ultraconservadoras mayoritarias. Eso les parece trendy”.
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