Enseña el libro, esconde el rostro, saca la foto y echa a correr: así protestan las afganas privadas de educación por los talibanes
Jóvenes que no pudieron terminar sus estudios de secundaria se arriesgan a manifestarse para recordar al mundo que ninguna mujer de más de 12 años puede ir a clase y las restricciones contra ellas aumentan cada día

Varias jóvenes se dan cita ante el portón cerrado de una escuela y posan, de espaldas o con los rostros cubiertos, enseñando sus libros de texto o las pantallas de sus teléfonos móviles durante una clase online. Segundos después, salen corriendo hasta perderse por las calles de Herat, en el oeste de Afganistán, temerosas de que lleguen los talibanes y terminen apaleadas y detenidas. “Es nuestra manera de protestar y de mostrar que seguimos intentando estudiar y aprender”, explica Soha, una de las jóvenes, pidiendo que su apellido no sea publicado.
Un par de horas después, las fotografías y los vídeos están en las redes sociales y en la televisión local de un país donde las protestas son muy raras, especialmente las de mujeres, desde el retorno de los fundamentalistas al poder en 2021. Soha, Elhan, Khadija y el resto de adolescentes que han protagonizado esta manifestación, tan fugaz como simbólica, contemplan las imágenes y sienten que se les va a salir el corazón. En muchos casos, ni siquiera sus padres saben dónde han estado esa mañana.
“Tiemblo de emoción y de miedo. Estoy orgullosa de hacer esto, pero también temo que se me reconozca en las fotos, que mi familia se dé cuenta o de que los talibanes vengan a detenerme”, explica Elhan, que prefiere usar un nombre ficticio para esta entrevista.
Varias protestas de este tipo se han registrado en los últimos días en Herat, coincidiendo con el inicio de un nuevo año escolar en Afganistán, donde 2,2 millones de adolescentes se ven privadas de educación secundaria, según Unicef. En ningún otro país del mundo se ha tomado la decisión de cerrar las puertas de las escuelas y universidades a todas las afganas de más de 12 años. Y en Afganistán, la discriminación a las mujeres por el simple hecho de serlo no queda ahí: los más de 130 edictos promulgados por los fundamentalistas desde 2021 también privan a las ciudadanas de acceder a la mayoría de puestos de trabajo, limitan sus derechos más básicos, como el de moverse libremente por las calles, disfrutar del ocio o acceder a los servicios sanitarios básicos. Por si fuera poco, en enero, un nuevo código penal legalizó la violencia física contra las mujeres y la consideró una herramienta de disciplina y prevención del “vicio”.
“Ya no quiero quedarme sentada en casa, hundida en ese dolor de la pérdida de libertad. Decidí alzar mi voz y levantarme frente a la injusticia de no poder ir a clase. Sé que estoy corriendo riesgos, pero es mejor que desaparecer en silencio”, explica Elhan.
Ya no quiero quedarme sentada en casa, hundida en ese dolor de la pérdida de libertad. Decidí alzar mi vozElhan, joven afgana
Cada voz cuenta
Las jóvenes que protestan frente a las escuelas forman parte de una asociación llamada Golden Needle (aguja dorada, en español), en Herat creada en los años noventa, bajo el anterior régimen talibán, como una escuela clandestina de costura a la que hasta hoy debe su nombre. Desde 2021 se ha reactivado y convertido en un grupo que milita por el derecho de las mujeres a la educación.
Khadija Qasemi, una de las manifestantes, insiste en que no se puede normalizar que la mitad de la población de un país se vea privada de todos sus derechos. “Puede que el mundo nos haya olvidado, pero nosotras no hemos olvidado lo que merecemos: educación, libertad y participación en la sociedad. Como cualquier hombre. Y no nos vamos a quedar calladas”, asegura. “A veces somos menos de 10 en las protestas, pero cada una de nosotras tiene una voz que es única y queremos que se oiga”, insiste.
A veces somos menos de diez en las protestas, pero cada una de nosotras tiene una voz que es única y queremos que se oigaKhadija Qasemi, joven afgana
A todas estas jóvenes el retorno talibán las sorprendió estudiando en el instituto. Desde entonces, se esfuerzan en terminar la secundaria gracias a las clases a distancia o en colegios clandestinos disfrazados de madrasas (escuelas religiosas). Su sueño es obtener una beca y poder convertirse en universitarias en otro país. “Hasta que Afganistán sea de nuevo libre y podamos volver”, repiten varias de ellas. Según un informe de ONU Mujeres, el 80% de las mujeres de este país están hoy excluidas del mundo laboral y de la educación. Por ello, la ONU considera que los fundamentalistas han instaurado un apartheid de género “que niega a las mujeres y las niñas la autonomía sobre sus propios cuerpos, su salud y su futuro” y que constituye “un crimen contra la humanidad”, en palabras de Richard Bennett, relator especial de la ONU para los derechos humanos en Afganistán.
“Llevo casi cinco años esperando volver a clase, pero no ha ocurrido nada. Me he dado cuenta de que mi silencio puede parecer que estoy aceptando esta situación, así que cuando me uní a la asociación, algo cambió dentro de mí”, dice Elhan.

La joven insiste en que la prohibición de que las afganas mayores de 12 años estudien no atañe solo a las afectadas. “El extremismo y la ignorancia que vienen de la mano de la ausencia de educación pueden afectar al mundo entero”, considera, admitiendo que siente miedo y recuerda cada vez que organiza una de estas protestas a las mujeres que salieron a las calles de Kabul tras el retorno de los talibanes y el anuncio de sus primeras medidas contra las mujeres. “Fueron torturadas y encarceladas, pero sus sacrificios no pueden ser olvidados y ahora es nuestro turno”, insiste.
Suspender para seguir en la escuela
Madina tiene 13 años y aún no sale a la calle a protestar. Su manera de resistir y de seguir estudiando fue repetir curso. “Hace dos años cuando me di cuenta de que no podría seguir estudiando y de que tal vez acabaría casada por la fuerza, como ha ocurrido a otras niñas, comencé a suspender a propósito”, cuenta a este periódico.
La profesora le preguntó qué estaba ocurriendo y por qué no se aplicaba en las tareas. La chica fue sincera. “Le dije que quería seguir en la escuela. Pero este año ya no he podido, porque soy una niña y he visto el inicio del año escolar desde mi ventana”, explica. “Paso horas mirando a otros niños por la mañana. Ojalá un día pueda volver y estudiar Ingeniería”, dice.
La organización afgana Rawadari explica en su informe sobre la situación humanitaria en el país que en 2025, los talibanes cerraron decenas de centros educativos clandestinos para mujeres en diversas partes del país así como al menos 15 escuelas privadas, 41 escuelas donde se impartía inglés y 11 clases de informática porque entre sus alumnas había mujeres. Además, la ONG asegura que el año pasado se detuvo a un mayor número de docentes que se negaron a respectar sus dictados y también “se endurecieron las ya estrictas normas sobre la vestimenta femenina y sobre el mahram o acompañante masculino para las profesoras e incluso para las alumnas menores de 12 años".
Pero en medio de estas férreas prohibiciones siempre hay alguna grieta. Al hablar con estas jóvenes afganas queda claro que las buscan y las usan para motivarse y seguir.
¿Qué me gustaría hacer? Ir a clase, salir de casa cuando me apetece, tocar el piano, jugar al fútbol y sentir el viento en la cara.Raza Azad, joven afgana
“¿Qué me gustaría hacer? Sueño con ir a clase, salir de casa cuando me apetece, tocar el piano, jugar al fútbol y sentir el viento en la cara”, sueña en voz alta Raza Azad.
La joven, que hoy tiene 18 años, se hundió en una profunda depresión cuando en 2022 no pudo iniciar el año escolar. “Pasé meses en casa, llorando y sin hacer nada, hasta que retomé poco a poco la lectura y las clases online de inglés y me reencontré“, explica.
Con el paso del tiempo logró crear una pequeña biblioteca en su casa en la que tiene unos 40 libros, desde ensayos históricos hasta libros de autoayuda, que están a disposición de otras mujeres que pueden venir a leer y estudiar. “También estoy dando clases a distancia a chicas más jóvenes y con lo que gano ayudo a mi familia. Además, soy profesora voluntaria para niñas sin recursos y sueño con ser abogada un día”, detalla. “El dolor sigue ahí pero hay que seguir”.
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