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Malala: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”

La activista paquistaní visita España en el marco de una campaña internacional para lograr que el “borrado sistemático” de mujeres en Afganistán sea reconocido como crimen de lesa humanidad

03:32
Entrevista a Malala
Malala Yousafzai, el pasado 26 de febrero en un hotel de Madrid.Foto: Jaime Villanueva | Vídeo: Álvaro González

Malala no necesita apellido. Basta decir su nombre sin pronunciar Yousafzai para activar imágenes reconocibles: es la niña que desafió a los talibanes en su Pakistán natal, la activista que consagró su vida a la educación de las niñas y que, con 17 años, se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Es una “heroína”, una “inspiración”, una persona “predestinada a la grandeza”. Son las etiquetas que enumera con distancia la propia Malala y que describen las expectativas que otros depositaron sobre ella cuando, con 15 años, un talibán le disparó en la cabeza. Lo cuenta en su último libro, Finding My Way (Encontrando mi camino), publicado en octubre. “No puedo escapar de la sensación de que una mano gigante me sacó de una historia y me dejó caer en otra completamente nueva. A los 15 años, no había tenido tiempo de descubrir quién quería ser cuando, de repente, todo el mundo quería decirme quién era”, escribe.

Acaba de visitar Madrid, donde se cumple el guion de esa segunda parte de la historia. No pasará más de 12 horas en España. La agenda es quirúrgica: reuniones institucionales con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y con el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, sin apenas tiempo para los medios de comunicación. La acompaña Sahar Halaimzai, directora ejecutiva de Malala Fund, que interviene cuando la conversación se adentra en los vericuetos del derecho internacional.

El objetivo del viaje de Malala es muy concreto: impulsar un movimiento mundial para que el borrado sistemático de las mujeres en Afganistán sea reconocido y tipificado como “apartheid de género”. El momento es clave, porque Naciones Unidas negocia un nuevo tratado sobre crímenes contra la humanidad y codificar “el borrado de las mujeres de la vida pública” permitiría cerrar el vacío legal que hoy deja esos abusos sin una herramienta específica para perseguirlos.

En persona, Malala habla pausadamente y mide cada palabra. Sabe —lo reconoce en el libro— cómo esquivar preguntas que podrían convertir su nombre en un arma arrojadiza. También asume que no puede escapar de las cuestiones sobre su atentado, una parte de su vida que siente “muy lejana” —ahora tiene 28 años— pero que “llena el aire” cada vez que entra en una sala. No evita la política, pero la reconduce y la devuelve siempre a un eje: la educación como fundamento de la igualdad.

Pregunta. ¿Cree que el mundo ha normalizado la opresión contra las mujeres en Afganistán?

Respuesta. Afganistán es hoy el ejemplo más extremo de opresión sistémica contra mujeres y niñas. Los talibanes, como grupo misógino y opresor, están arrebatándoles todos sus derechos: el derecho a aprender, el derecho a trabajar… Y están castigando a quienes se atreven a hablar, a ir a trabajar o a aprender en secreto. Debería alarmar al mundo que tal opresión pueda ocurrir, que la mitad de la población de Afganistán esté siendo borrada de la vida pública. Pero observo pasividad y cómo el mundo mira hacia otro lado. Han pasado casi cinco años y no vemos ningún progreso. Al contrario, vemos a los talibanes anunciando nuevas reglas extremas: una mujer no puede ser vista desde la ventana de su casa. Incluso si está enferma y necesita ver a un médico, sus movimientos públicos están limitados. Las activistas afganas y los expertos en derechos humanos lo llaman “apartheid de género”.

P. ¿Qué papel debería desempeñar la comunidad internacional para apoyar a las niñas y mujeres?

R. Necesitamos mecanismos de rendición de cuentas y no debemos normalizar las relaciones con los talibanes. Los derechos de las mujeres deben estar en el centro de la agenda internacional.

P. La tipificación del apartheid de género como crimen de lesa humanidad, en el caso de lograrse, no será inmediata. ¿Cómo se puede ayudar ahora mismo a las niñas afganas?

R. Estamos haciendo todo lo posible para que las niñas puedan estudiar desde sus casas. Apoyamos a organizaciones afganas que ofrecen educación alternativa a través de la televisión, la radio y plataformas en línea. Hablé con varias niñas que siguen aprendiendo en escuelas clandestinas y me contaron cómo aprender les da esperanza en estos tiempos oscuros. Una de ellas me dijo que incluso leer un libro sola en su habitación es, para ella, un acto de resistencia. Las niñas afganas no se rinden. Tienen valentía y determinación, pero necesitan que el mundo esté a su lado.

P. Desde su activismo en Pakistán siendo niña, ¿cómo ha cambiado su enfoque para enfrentar los desafíos actuales de la educación y los derechos de las niñas?

R. Empecé a defender la educación de las niñas cuando tenía 11 años. Fue entonces cuando los talibanes, en mi valle en Pakistán, prohibieron a las niñas ir a la escuela. Bombardearon centros educativos e impidieron que las mujeres trabajaran. Pensé que eso no volvería a ocurrir. Cuando me atacaron a los 15 años, el mundo estuvo conmigo, y creí que eso significaba un compromiso real con todas las niñas, que nunca más pondríamos en riesgo la educación de ninguna.

P. No ha sido así…

R. Me siento muy afortunada por haber podido ir a la universidad y terminar mis estudios, pero no quiero que mi historia sea una excepción. Quiero que todas las niñas puedan completar su educación y decidir su propio futuro. Lo que hemos visto en Afganistán nos recuerda que existe muy poca protección real para mujeres y niñas. El respaldo del derecho internacional es insuficiente.

Cuando me atacaron a los 15 años, el mundo estuvo conmigo, y creí que eso significaba un compromiso real con todas las niñas, que nunca más pondríamos en riesgo la educación de ninguna

P. ¿Cree que la situación de las mujeres en Afganistán es el reflejo de un fenómeno más amplio?

R. La cuestión de los derechos de las mujeres en Afganistán no debe considerarse un tema secundario. Si decimos que somos feministas y creemos en la igualdad de género, pero no somos capaces de actuar, de nada sirve. Tenemos que preocuparnos por lo que está sucediendo con las mujeres y las niñas en Afganistán. Porque no solo es importante para Afganistán, sino para las mujeres y las niñas de todo el mundo.

P. Más allá de Afganistán, los recortes en la ayuda oficial al desarrollo afectan de forma más intensa a mujeres en todo el mundo. ¿Vivimos un retroceso global en la lucha por la igualdad de las mujeres?

R. Honestamente, es muy difícil asimilar todos los retrocesos: los recortes en la ayuda internacional, la prohibición de la educación de las niñas por parte de los talibanes, la destrucción del sistema educativo en Gaza y la crisis que sufren mujeres y niñas en muchas partes del mundo. Pero lo veo como un recordatorio de dónde estamos actualmente y de cómo necesitamos unirnos y asegurarnos de hacer más, porque lo que hemos hecho no es suficiente. Cuando la misoginia se institucionaliza y no ocurre nada, me preocupa que no se detenga ahí. Puede parecer un problema lejano, pero está más cerca de lo que pensamos.

P. Después de todos estos años de activismo, ¿sigue considerando que la educación es la clave para lograr la igualdad de las niñas?

R. Creo que la educación es la base para garantizar la igualdad de mujeres y niñas. Hoy hay 120 millones de niñas en el mundo que no pueden ir a la escuela por distintas razones.

Cuando la misoginia se institucionaliza y no ocurre nada, me preocupa que no se detenga ahí

P. Muchos la consideran un símbolo de valentía. ¿A veces siente miedo?

R. He dedicado casi toda mi vida al activismo por la educación de las niñas y muchos me han definido como valiente. Durante un tiempo pensé que eso significaba no tener miedo. Pero con los años he sentido miedo. He tenido miedo, no solo por mí, sino por las niñas en todo el mundo. Pero incluso si sufro un ataque de pánico o me siento asustada, no me detengo. Sigo trabajando para construir un futuro mejor para las niñas. He escuchado historias de chicas extraordinarias, incluidas afganas, que no se rinden pese al miedo. Y eso habla de la enorme resiliencia de las mujeres en todas partes.

P. ¿Qué le diría a una niña afgana si pudiera hablar con ella en este momento?

P. Mi mensaje a todas las niñas afganas es: Estamos con vosotras. Sois valientes y resilientes. Seguid aprendiendo, aunque sea en secreto. Seguid alzando la voz de la manera que podáis. Tenéis hermanas y aliados en todo el mundo, y cada vez más personas estarán a vuestro lado. Queremos que tengáis derecho a ir a la escuela. Queremos que podáis vivir con dignidad. No nos rendiremos. Siempre estaremos con vosotras.

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