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Trump se convierte en un activo tóxico para la extrema derecha en Europa

Los partidos nacionalistas europeos celebraban hace unos meses el apoyo de la Casa Blanca. Pero la guerra de Irán y el comportamiento errático del presidente de EE UU pueden convertirlo en un lastre

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni (izq.), y el primer ministro húngaro, Viktor Orbán (der.), se preparan para una foto de grupo durante una reunión de los miembros del Consejo Europeo en Bruselas, Bélgica, el 19 de marzo.OLIVIER MATTHYS (EFE)

Cuando a principios de 2025 Donald Trump regresó al poder, y él y sus colaboradores redoblaron las arengas en favor de la extrema derecha europea, en este campo ideológico aquello sonó a bendición.

“¡Sensacional!”, comentó a EL PAÍS, un día al terminar un mitin electoral en un pueblo cerca de la frontera germano-polaca, el copresidente de Alternativa para Alemania (AfD), Tino Chrupalla. El político alemán había escuchado, el mismo día, el ataque del vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, a las élites europeas en un discurso en Múnich. “Nunca había oído un discurso tan bueno de un político extranjero en Alemania”, celebró.

Poco más de un año después, queda poco, en estos partidos, de la euforia por ser los elegidos de Trump y los aliados privilegiados de la primera potencia mundial. La euforia, con el tiempo, se transformó primero en incomodidad y finalmente en rechazo.

El idilio se ha truncado, y no hay ejemplo más elocuente que el rifirrafe que esta semana han mantenido el presidente de EE UU y Giorgia Meloni, que hasta hace poco era una de sus aliadas privilegiadas en Europa. “Yo pensé que ella era valiente, pero me equivoqué”, se quejó Trump después de que Meloni calificara de “inaceptables” las críticas del presidente estadounidense al papa León XIV. La primera ministra italiana también se ha distanciado de la guerra de Trump en Irán.

La derecha nacionalista europea se ha dado cuenta de que el apoyo de Trump tiene un coste, como se ha visto en las elecciones del 12 de abril en Hungría. La visita de Vance durante la campaña para apoyar a Viktor Orbán, primer ministro y candidato a la reelección, no decidió el resultado, pero “fue una especie de beso de la muerte político, y no ayudó”, explica Daniel Hegedüs, vicedirector del Instituto para la Política Europea, en Berlín.

Y ahora el mismo Chrupalla que en febrero del año pasado celebraba las palabras de Vance exige directamente la retirada de las tropas de Estados Unidos de Alemania, y pone como modelo la España del socialista Pedro Sánchez por haber dicho “no” a Trump. “Somos un partido de paz”, proclamó hace unos días Chrupalla en un congreso local de AfD, antes de criticar “las guerras contrarias al derecho internacional, como la de EE UU e Israel” en Oriente Próximo.

“Los objetivos de guerra de Donald Trump en Irán son erráticos”, corroboró, en una entrevista televisiva, Jordan Bardella, delfín de Marine Le Pen al frente del Reagrupamiento Nacional (RN) francés. En 2017, cuando Trump acababa de ganar por primera vez las elecciones presidenciales, Le Pen peregrinó a la Trump Tower de Nueva York, aunque el magnate no la recibió. Un año después, Steve Bannon, ideólogo trumpista y entonces consejero áulico del presidente, fue la estrella invitada a un congreso del partido de la extrema derecha francesa. Se acabó, y el cambio, el caso francés, se explica tanto por las políticas de la Casa Blanca como por el tradicional soberanismo en Francia, y el recelo hacia Washington, que en este país es transversal. Ahora Bardella dice sobre la crisis iraní: “Nadie es capaz de decir cuál es la columna vertebral ideológica de esta guerra de la que no se ve el final”.

Es la opinión mayoritaria de los partidos en Europa occidental que no hace tanto creían que la bendición de Trump servía para normalizarse, salir del rincón de las ideologías proscritas y ayudarles a conquistar el poder. Hay excepciones, algunos a quienes les cuesta más marcar distancias con la Casa Blanca, como el español Vox. Y Trump y EE UU son demasiado poderosos e influyentes como para que la extrema derecha europea renuncie del todo a una alianza que sirve para proyectarse como partidos de poder, y que seguirá siendo útil, según las circunstancias. Pero el distanciamiento no ha ocurrido de la noche a la mañana, sino que viene gestándose desde hace tiempo, y puede haber cambiado de forma duradera la relación con el líder y pionero del nuevo populismo global.

Primero fueron los aranceles, que podían golpear a la industria europea y a los trabajadores o agricultores que son un caladero electoral para partidos como el RN en Francia. Después, la operación en enero en Venezuela y la idea del presidente estadounidense de conquistar Groenlandia, territorio autónomo del Reino de Dinamarca, una violación de la soberanía nacional, algo que es una línea roja para muchos de estos partidos. Y ahora Irán. Entretanto, la Administración de Trump publicó en diciembre la Estrategia de Seguridad Nacional. El documento alentaba a “cultivar, en el interior de las naciones europeas, la resistencia a la actual trayectoria de Europa”. En aquel momento parecía una buena noticia para los partidos de extrema derecha, y nunca dejará de ser un activo tener el respaldo a Washington. Ahora, el activo se vuelve tóxico.

“Para los partidos populistas, Trump aparece casi como un lastre”, señala Dominique Moïsi, consejero especial del laboratorio de ideas francés Instituto Montaigne. “La imagen de la América trumpiana se ha deteriorado en Europa. Los partidos populistas se apoyaban en la idea de que Estados Unidos abría la vía al elegir un presidente populista, y Europa sería la siguiente, pero ahora esta idea se cuestiona”.

Que la cercanía excesiva a Trump puede resultar contraproducente, lo descubrieron Canadá y Australia en unos pocos días, cuando se celebraron sendas elecciones entre finales de abril y principios de mayo de 2025. En ambos países los partidos conservadores, más o menos afines al trumpismo, partían con ventaja y fue, entre otros motivos, por el efecto Trump que los candidatos moderados o de centroizquierda, el canadiense Mark Carney y el australiano Anthony Albanese, dieron la vuelta al resultado. El caso de Canadá se convirtió en un ejemplo que en Europa se tiene presente a cada elección. Los liberales dieron la vuelta a los sondeos después de que el presidente de EE UU amenazase con anexionarse Canadá y convertirlo en el Estado número 51 de la Unión. El candidato favorito, el conservador Pierre Poilievre, se hundió. El no rotundo de Carney a Trump dio evidentes réditos electorales.

Aunque el efecto no siempre es claro ni directo, Trump está en la cabeza de muchos votantes cada vez que acuden a las urnas, aunque sea lejos de EE UU. Meloni perdió en marzo el referéndum sobre la reforma de la magistratura en Italia, un resultado que se explica en parte por “la brecha cada vez mayor entre su postura soberanista, que la ha llevado a acercarse al presidente Donald Trump, y el daño económico provocado por su aliado estadounidense”, valora en un informe Arturo Varvelli, del laboratorio de ideas ECFR (siglas inglesas de Consejo Europeo de Relaciones Exteriores). Cuando el republicano amenazó hace unos días con destruir la civilización iraní, su aliado británico Nigel Farage reaccionó: “Me desconcierta escuchar esto. Es exagerado bajo cualquier aspecto”.

En las recientes elecciones húngaras salió derrotado Orbán, apóstol de la democracia iliberal y del trumpismo europeo, un político que había tejido como pocos estrechas redes con el movimiento MAGA (el movimiento trumpista de Make America Great Again), y que recibió el respaldo de destacadas personalidades de la Administración de Trump. No funcionó.

“La atención prestada por EE UU, en particular por figuras como Vance, representó más una distracción que una ayuda, al restarle a Fidesz [el partido de Orbán] el tiempo que debería haber dedicado en hacer campaña directamente con los votantes”, dice en Bruselas Frank Füredi, director ejecutivo en la capital europea del Mathias Corvinus Collegium, laboratorio de ideas y centro de formación de la órbita orbanista.

“Aunque no podamos saber si Trump dañó a Orbán, probablemente no, ciertamente no le ayudó, o no le ayudó lo suficiente”, dice Nathalie Tocci, directora del Instituto de Asuntos Internacionales, en Roma. ”La toxicidad de Trump está clara”, añade. “Pero algo que se puede decir no solo de la extrema derecha en Europa, sino también de la Unión Democristiana de Friedrich Merz [canciller alemán] o el Partido Laborista de Starmer [Keir, primer ministro británico], que intentaron ser amigos de Trump, y esto tiene un coste político, y está cada vez más claro”.

Tocci subraya una contradicción fundamental en las alianzas de la extrema derecha global: son partidos nacionalistas cuyo credo, sobre el papel, es la defensa de la soberanía nacional, pero se ven abocados a cooperar con líderes que quieren socavar esta soberanía, como Trump. Por definición, acaban por chocar entre ellos. “La internacional nacionalista”, dice, “tiene unas redes más desarrolladas que los liberales y progresistas, pero al ser nacionalistas hacen políticas con las que se hacen daño unos a otros”.

Uno de los partidos que más ha desarrollado estas redes internacionales, además de Fidesz en Hungría, es Vox. El partido español ha trenzado con Washington una alianza que se proyecta en América Latina, explica Guillermo Fernández-Vázquez, profesor de la Universidad Carlos III en Madrid y autor de Qué hacer con la extrema derecha en Europa. El caso del Frente Nacional (2019, Lengua de Trapo). Este vínculo íntimo le distingue de formaciones como el RN francés y tal vez explique por qué a Vox le cuesta más cortar amarras con el mandatario republicano.

“Es como si Vox y la Administración de Trump hubieran compuesto un matrimonio, pero un matrimonio descompensado, porque a Vox le interesa más que a Trump. Ahora Vox está esposado. No tiene margen de maniobra, porque está a expensas de los vaivenes de Trump”, dice Fernández-Vázquez. “Veo a Vox atado a él y al mismo tiempo desconcertado porque no esperaba esta guerra y le coloca en una posición difícil”.

Otro factor que distingue a Vox de partidos como el RN o AfD es que el partido español es más débil en los sondeos. Aunque participe o haya participado como socio menor en gobiernos autonómicos, todavía está por detrás en los sondeos de los grandes partidos, PP y PSOE en el caso español, y quizá no vea por ahora la necesidad de centrarse, ni de destrumpizarse. No es el caso del RN francés, que tiene opciones, según los sondeos, de conquistar el Elíseo en las elecciones presidenciales de 2027.

AfD, en Alemania, lidera algunos sondeos para las todavía lejanas elecciones de 2029, pero está dividido por la relación con EE UU. Hay una facción arraigada en los territorios de la antigua República Democrática Alemana, más antiamericana, antiliberal y prorrusa. Chrupalla, el copresidente de este partido que puso a España como ejemplo en la guerra de Irán, es el jefe de la facción. Hay otra, más proestadounidense y liberal, arraigada en el Oeste, más ligada al movimiento MAGA y liderada por la otra copresidenta, Alice Weidel, que ahora también toma sus distancias con Trump. “Es una catástrofe”, dijo Weidel en una reunión interna cuando el estadounidense exigió la ayuda de la OTAN en la guerra, según informó la cadena pública ARD.

“La proximidad con Donald Trump y la Administración estadounidense, simplemente por su comportamiento errático, impredecible y antipático, puede causar daño [a estos partidos]”, resume Hegedüs, del Instituto para la Política Europea. “Pero hay otro aspecto estructural”, añade en alusión a Hungría, “y es que fueron demasiado lejos con los apoyos internacionales, y no son creíbles como fuerzas políticas centradas en los intereses nacionales”.

Dominique Moïsi cree que “si el populismo europeo quiere seguir avanzando, debe distanciarse del populismo estadounidense”. “EE UU se ha vuelto tan impopular en Europa que ser próximo a Trump no es una fuente de legitimidad”, añade. ”En el choque reciente entre Trump y Meloni", observa Nathalie Tocci, “probablemente ella esperaba la reacción de él, y debió de calcular que le saldría a cuenta que arremetiese contra ella”. Para los aliados en Europa del presidente republicano, hoy enfrentarse con él incluso puede salir rentable.

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