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La mirada de la fotógrafa Valentina Sinis sobre las afganas: “Todas querían contar su historia”

La fotoperiodista italiana, segunda finalista del Premio Luis Valtueña, retrata la vida íntima de las mujeres bajo el yugo talibán

Valentina Sinis

Un grupo de mujeres asiste a una clase secreta de costura en Bamiyan, la misma ciudad en la que los talibanes volaron en 2001 dos budas monumentales tallados en la roca. Mientras, en un taller clandestino de Kabul, una joven enseña a otra a maquillarse. Y en la unidad de cuidados intensivos neonatales de un hospital en Afganistán, una de las pocas áreas en las que las mujeres pueden trabajar tras el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021, una médica se lava las manos. Todas estas imágenes forman parte del proyecto Si las mujeres afganas desvelaran sus historias, de la fotógrafa italiana Valentina Sinis, segunda finalista del Premio Internacional Luis Valtueña de Fotografía Humanitaria 2025, que convoca Médicos del Mundo y que fue entregado este miércoles

“Siempre he trabajado con historias de mujeres”, dice. “Y después de que los talibanes tomaran el poder, las noticias desde dentro eran escasas; sabíamos que las mujeres estaban desapareciendo de la vida pública, pero no cómo vivían realmente”, explica Sinis en una entrevista con este diario en la Fundación Ortega-Marañón, donde desde este jueves y hasta el 28 de febrero se expondrán sus fotos, junto con las del ganador de esta edición, Samuel Nacar, y las de los otros dos finalistas, Jehad Al-Sharafi y Santi Palacios. Sinis forma parte de un sector todavía muy masculinizado: aunque la participación femenina en esta edición del premio aumentó ligeramente (un 4% más que el año anterior), las mujeres representan el 36% del total de los 680 autores, que presentaron 6.130 fotografías.

Sin el apoyo de ningún medio o institución, Sinis viajó al país asiático a finales de 2024, y lo que encontró fueron mujeres que querían hablar, no solo como una forma de rebeldía, sino por la necesidad elemental de que el mundo supiera que existían. “Lo que más me impresionó fue que todas querían contar su historia, que querían que alguien fuera testigo y, sobre todo, que se entendiera que lo más devastador no es solo no poder trabajar, sino no poder estudiar”, explica la fotógrafa. En marzo de 2022, los talibanes prohibieron a las niñas asistir a la escuela secundaria. A finales de año, también impidieron que las mujeres accedieran a la universidad. “Para muchas, si les devolvieran el derecho a la educación, el resto de las restricciones serían casi secundarias”.

Querían que se entendiera que lo más devastador no es solo no poder trabajar, sino no poder estudiar

En sus fotografías no hay combates, ni explosiones, ni cuerpos mutilados. Hay patios, salones, manos que cosen, miradas de mujeres que se sostienen y sonríen. “No busco el sensacionalismo”, explica. “Es fácil hacer fotos de guerra. Más difícil es mostrar el dolor interno, lo que pasa cuando te quitan el futuro”.

La esperanza es una de las pocas armas que les quedan a las afganas. “En la intimidad de sus hogares no hay mucho que puedan hacer”, cuenta la fotoperiodista italiana. Pero, “hay mujeres que imparten clases secretas a otras mujeres de maquillaje y costura, y todas ellas son, en cierto modo, luchadoras, porque van en contra de lo que se les permite hacer”, añade. Sin embargo, “esa lucha”, continúa, “es mental, una pelea por conseguir un espacio para ellas en el que vuelvan a sentirse vivas y que les dé un propósito para levantarse cada mañana”. La mayoría confesaron a Sinis que están “muy deprimidas”. Porque, aunque estudien y se preparen, “no hay oportunidades de trabajo para ellas”.

El encierro

Una de las escenas que más la marcó no aparece en ninguna imagen. Ocurrió en el apartamento de la joven esposa de un talibán. “Era una casa moderna, como cualquier piso europeo: cocina equipada, una televisión enorme, un sofá cómodo. Ella hablaba inglés. Me dijo que había aprendido por internet. Me contó que era feliz, que su vida era perfecta, que su futura hija no necesitaría nada más que eso: un buen marido, una casa, hijos”.

Mientras hablaban, el marido golpeaba la pared desde la habitación contigua. La llamaba una y otra vez. Ella iba, regresaba, seguía hablando. “Todo era incómodo. No quería que tomara fotos, solo que le hiciera una entrevista. Y, aun así, sentí que cada palabra estaba vigilada”. Al salir, él insistió en llevar a Sinis y su traductora en coche, pero fingieron que tenían que hacer compras. “Luego lo vimos dando vueltas, buscándonos. Nos escondimos en el taxi… Fue muy estresante, y me pregunté si ella tenía el cerebro completamente lavado o si hablaba así por miedo”, cuenta.

Hay mujeres que imparten clases secretas a otras mujeres de maquillaje y costura, y todas ellas son, en cierto modo, luchadoras, porque van en contra de lo que se les permite hacer

En contraste, las mujeres que viven fuera del círculo talibán expresan otro tipo de angustia: la del encierro sin sentido. “La mayoría están apoyadas por sus maridos o padres. Muchos hombres quieren que las mujeres trabajen, porque la situación económica es muy mala. Pero tienen miedo y temen que las detengan, que las interroguen, que algo les pase. Así que a veces les prohíben salir, o las acompañan, no por control, sino por protección. Sin embargo, el resultado es el mismo: están encerradas”.

En este contexto, Sinis reconoce que no es fácil establecer una relación de confianza, pero las redes que tejen las mujeres le abrieron la puerta a la intimidad de las afganas. “Al principio tenía un fixer [guía y traductor], pero era hombre, poco experimentado, y surgieron muchos problemas. Luego empecé a moverme sola. En el mercado conocí a una abogada activista. Después a otras mujeres. En una feria de artesanía contacté con más. Una panadera me presentó a otras. Poco a poco, con la ayuda de una traductora, fui creando mi propia red”, rememora. Aunque con una premisa básica: “Siempre tuve claro que mi seguridad no era lo más importante, sino que lo fundamental era no ponerlas a ellas en peligro”.

Uno de los estereotipos que Sinis rompió con su viaje es la idea de que Kabul es “una ciudad sin mujeres”. “No es como uno imagina desde fuera. No todas llevan burka. Muchas usan abaya o hiyab y en algunos cafés ves mujeres juntas, incluso alguna pareja”, describe, para aclarar a continuación: “Esto no significa en absoluto normalidad, porque es una normalidad frágil, vigilada y limitada”.

No es la primera vez que Sinis cubre las historias de mujeres en contextos extremos e invisibilizados. Ha documentado durante años el suicidio femenino en Irak, donde muchas mujeres se prenden fuego como último gesto de desesperación ante una sociedad patriarcal que las oprime. Ha trabajado también con mujeres yazidíes supervivientes del grupo terrorista Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). Y en Sierra Leona ha fotografiado a mujeres y niños que fabrican jabones e ingieren sosa cáustica por error, al confundirla con agua, azúcar o sal, provocándoles graves quemaduras en el esófago y el aparato digestivo.

Si una mujer afgana pudiera hablar hoy libremente al mundo, Sinis cree que pediría, ante todo, una cosa: “El derecho a estudiar, que les fue arrebatado de forma injusta, y el apoyo de la comunidad internacional para recuperarlo”.

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