“Vimos cómo decapitaban a personas. Incluso a niños”: miles de malienses huyen a Mauritania, atrapados entre milicianos y mercenarios
Más de 13.000 refugiados han cruzado la frontera y se han asentado en el sureste del país vecino en los últimos cinco meses para escapar del recrudecimiento de la violencia en el centro de Malí

Cuando comenzaron los disparos, Mentou y su familia ya se habían escondido. Un dron sobrevolaba el mercado de Boflusa, un pueblo del centro de Malí. Era una señal ominosa que los residentes habían aprendido a temer. Poco después llegaron hombres armados, quemando puestos y disparando contra la multitud. “Dispararon a todo el mundo”, recuerda, en entrevista con este diario, Mentou sobre ese día de principios de noviembre de 2025. Ha pasado un mes y, ahora, está sentado a la sombra de una acacia en Dwinkara, en la frontera del sureste de Mauritania con Malí, a cientos de kilómetros de su hogar.
Este hombre es uno de los 13.302 malienses que, según la agencia de la ONU para los refugiados (Acnur), han huido a la región de Hodh Ech Chargi, al sureste de Mauritania, entre octubre de 2025 y marzo de 2026. Es población civil que escapa de los enfrentamientos, que se recrudecieron el año pasado, entre el ejército maliense y los mercenarios rusos de Africa Corps contra grupos yihadistas.
Mentou vierte lentamente té dulce de una olla metálica abollada en un vaso pequeño. La bebida dulce y espumosa tiene como objetivo calmar la mente, pero sus pensamientos siguen en su pueblo. Los combatientes de piel blanca que atacaron su comunidad, dice, pertenecían a Africa Corps, la unidad militar rusa que sustituyó a los mercenarios del Grupo Wagner, que había apoyado a las fuerzas malienses en la lucha contra el yihadismo durante los últimos años.
La familia aguantó hasta el anochecer. Luego huyó hacia Mauritania, donde el 97% de los 309.000 refugiados y solicitantes de asilo son malienses como ellos. Esta cifra se ha disparado un 75% en comparación con 2023, según Acnur.

Cuando el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), una organización yihadista presente en el Sahel, rodea una ciudad, según cuentan los refugiados a EL PAÍS, bloquea todas las carreteras para que nada ni nadie pueda entrar ni salir. El grupo impone normas estrictas: el pago del zakat, un impuesto religioso, el uso del velo negro y la prohibición de la música. “Si obedeces, los yihadistas no te atacan”, dice Mentou.
Pero cuando los soldados malienses y los mercenarios rusos entran en las mismas zonas, surge otro peligro. Según Human Rights Watch, los soldados a menudo no distinguen entre insurgentes y civiles y atacan a todo el mundo. Así, comunidades enteras son tratadas como colaboradoras, lo que obliga a muchas personas a huir.
“El ejército ordenó a todos los civiles que abandonaran la aldea en un plazo de 24 horas”, recuerda Mentou. “Se suponía que cualquiera que se quedara estaría apoyando a los grupos armados”. Debido a que los drones atacaban los vehículos en movimiento, su familia finalmente llegó a la frontera con Mauritania a pie.
“Wagner está llegando”
No muy lejos de la tienda de Mentou, dos mujeres están sentadas en una estera azul tejida, rodeadas de niños que juegan en la arena. Guedou, de 46 años, y Tayab , de 60, huyeron de su pueblo, Lempere, en noviembre, tras enterarse de que se acercaban combatientes armados. “La gente gritaba ‘Wagner está llegando”, dice Guedou, utilizando el nombre con el que los aldeanos siguen llamando al Africa Corps. Cuando irrumpieron los combatientes, cuenta, dispararon a los aldeanos que intentaban escapar. “Vimos cómo decapitaban a personas. Incluso a niños”, relata y su voz se quiebra al recordar el caos.
Durante su huida hacia Mauritania, las mujeres cuentan que pasaron junto a cadáveres en los polvorientos caminos que cruzan la frontera. En una aldea encontraron cuerpos cerca de un pozo. “Aún puedo oler el hedor de los cuerpos quemados”, dice Guedou en voz baja.

Otros brutales abusos han sido documentados y descritos en el informe anual de Human Rights Watch, que señala que tanto las fuerzas malienses como Africa Corps “estuvieron implicados en ejecuciones ilegales de civiles y en la destrucción de bienes civiles durante operaciones de contrainsurgencia”.
Varios refugiados afirman, además, que los grupos armados suelen destruir los pozos cuando entran en aldeas sospechosas de apoyar al bando contrario. Sin acceso al agua, las comunidades no tienen más remedio que abandonar sus hogares.
Atrapados entre grupos armados
Estos testimonios se producen en un momento en que la violencia vuelve a recrudecerse en el centro de Malí. Desde septiembre del año pasado, el JNIM, vinculado a Al Qaeda, ha intentado paralizar la economía del país bloqueando el suministro de combustible a la capital, Bamako. El grupo ha utilizado tácticas similares en otras ciudades, como Léré, en el centro de Malí, lo que ha desencadenado operaciones militares y represalias que han vaciado pueblos en vastas zonas.
El ejército ordenó a todos los civiles que abandonaran la aldea en un plazo de 24 horas. Se suponía que cualquiera que se quedara estaría apoyando a los grupos armadosMentou, refugiado
La mayoría de los refugiados malienses en la región de Hodh Ech Chargi, en Mauritania, huyeron originalmente después de que los combatientes tuaregs lanzaran una rebelión independentista en el norte de Malí en 2012. Posteriormente, grupos afiliados a Al Qaeda se unieron a la insurgencia y finalmente tomaron el control de la misma, formando el JNIM.
Desde entonces, el conflicto se ha extendido por todo el Sahel, llegando a los vecinos Burkina Faso y Níger. Una serie de golpes militares en Malí, Burkina Faso y Níger desde 2020 aceleró la salida de las fuerzas occidentales y abrió la puerta a nuevas alianzas de seguridad, como las de actores militares vinculados a Rusia.
Caminando hacia la libertad
Gran parte de los desplazados terminan en el campo de refugiados de Mbera, en el sureste Mauritania a unos 60 kilómetros de la frontera. Allí, reciben ayuda cerca de 120.000 personas, pero Acnur ha detectado una tendencia alarmante entre los recién llegados. “La mayoría son mujeres con hijos”, dice Amel Amir Ali, oficial de protección infantil de Acnur. Según los últimos datos de la agencia, estas dos poblaciones suman más del 80% de los refugiados de Mbera. No hay casi hombres adultos, porque suelen quedarse en Malí “para cuidar del ganado y preservar el sustento de la familia”, agrega el oficial.
“Los riesgos para los niños que se desplazan son inmensos. Muchos pierden sus hogares, sus escuelas y, a veces, incluso a sus familias, lo que los deja expuestos a la trata, la violencia o la explotación”, afirma Amir Ali.

Algunos de los supervivientes también mencionan la violencia sexual, aunque sigue siendo difícil hablar de ello. “Es un tema profundamente tabú”, sostiene Amir Ali. “Muchas supervivientes no quieren mencionarlo abiertamente, pero es algo que escuchamos a menudo”.
Muchas de las mujeres que han huido de Malí, lo han hecho empujadas por el temor al secuestro y violaciones que han sufrido otras mujeres y niñas a manos del Africa Corps. “Las agreden. A veces las dejan morir en la carretera”, dice Guedou, con voz apenas audible. Hace una pausa y mira a los niños que juegan cerca. “Si una mujer o una niña es muy guapa, se la llevan. Esas nunca vuelven”.
Gedou y Tayab dicen que ellas mismas se libraron de esos abusos, pero varias de sus vecinas no tuvieron la misma suerte. Los trabajadores humanitarios en Mbera explican que esos testimonios son comunes, aunque siguen siendo difíciles de documentar.
Si una mujer o una niña es muy guapa, se la llevan. Esas nunca vuelvenGuedou, refugiada
Un informe del Fondo de Población de la ONU ha alertado de que están aumentando los casos de violencia sexual, explotación, acoso y matrimonios forzados tanto en zonas de conflicto como en campamentos de desplazados. Para mediados de 2025, la mitad de los servicios especializados en atención a las supervivientes se encontraban cerrados.
Una crisis en aumento
Tayyar Sukru Cansizoglu, representante de Acnur en Mauritania, explica, en una llamada telefónica, que han proporcionado ayuda de emergencia a aproximadamente tres cuartas partes de los recién llegados, incluyendo utensilios de cocina, mantas y láminas de plástico para refugios temporales. Pero las necesidades siguen creciendo en un campamento que, originalmente, estaba diseñado solo para 70.000 personas.
Por la noche, la temperatura del desierto desciende drásticamente. Los trabajadores humanitarios distribuyeron recientemente tiendas de campaña y ropa adicionales para proteger a las familias del frío. “Fue muy difícil”, dice Amir Ali, “no teníamos suficientes tiendas de campaña para todos”.
Tras los recortes de financiación a USAID, las agencias humanitarias disponen de menos recursos. Como responsable de protección, Ami Ali tuvo que ayudar a hacer una lista que determinaría qué familias recibirían refugio. “Y no dejaba de pensar: ¿quién soy yo para decidir que esta familia duerma fuera mientras otra descansa dentro de una tienda?“, dice. Hace una pausa y mira sus manos. “Esas decisiones te persiguen”.
A pesar de las dificultades, muchos refugiados intentan reconstruir fragmentos de las vidas que dejaron atrás. Han surgido pequeños mercados. Algunos hombres han abierto pequeñas tiendas donde venden azúcar, té o recargas para teléfonos móviles. Mohamed, un comerciante del campamento de Mbera, afirma que el comercio es una forma de mantener la dignidad.
Cada semana llegan nuevos refugiados a Hodh Chargui, con sus pertenencias apiladas en carros tirados por burros y la esperanza de estar a salvo. Entre ellos, hay personas que han hecho varias veces el mismo camino. “Algunas son refugiadas por tercera vez”, afirma Cansizoglu en el campamento de Mbera. “Cuando hay un breve periodo de calma, regresan a sus hogares e intentan reconstruirlos. Entonces, la violencia vuelve a comenzar”.
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