La sangría del sector humanitario liquida decenas de miles de puestos de trabajo y deja a millones de personas sin ayuda
Recortes históricos, despidos masivos y una creciente hostilidad contra las ONG, impulsada por campañas de desinformación y el auge de la ultraderecha, provocan una “crisis sin precedentes”


El sector humanitario sufre una debacle sin precedentes. En un momento en el que los conflictos armados, las catástrofes climáticas, los desplazamientos forzados o la inseguridad alimentaria multiplican el número de personas que necesitan ayuda, los recursos para afrontar sus necesidades más básicas se han desplomado de forma drástica. El cierre de la agencia de cooperación estadounidense (USAID), los recortes en la ayuda oficial al desarrollo en varias potencias europeas (entre un 9% y un 17% en 2025, según la OCDE) y un clima político cada vez más hostil hacia las ONG —alimentado por campañas de desinformación y el auge de la ultraderecha— han acelerado un declive que ya se venía gestando. El resultado es una sangría de empleo extrema en el sector, que está arrastrando consigo el cierre de programas, la retirada de organizaciones de territorios clave y una reestructuración de prioridades para decidir qué crisis pueden seguir siendo atendidas. Si no se revierten los recortes, un estudio publicado en la revista científica The Lancet proyecta más de 22 millones de muertes adicionales de aquí a 2030.
El Comité Internacional de la Cruz Roja anunció en noviembre cerca de 3.000 despidos. Mercy Corps, cuya financiación dependía en un 26% de USAID, también hará una reducción de plantilla y suspenderá dos tercios de sus programas en el extranjero. Save the Children International ha asegurado que la reestructuración de sus oficinas y el cierre de sus sedes en Sri Lanka, Polonia, Brasil, Georgia y Liberia afectará a 2.300 empleados. Y Acnur, el comité de la ONU para los refugiados, anunció en junio un recorte de 5.000 puestos de trabajo como consecuencia de la falta de financiación. En total, y según los datos públicos, solo en 2025, ocho agencias de la ONU, ocho grandes ONG internacionales y el Comité Internacional de la Cruz Roja anunciaron más de 31.000 despidos, según un reciente informe de ALNAP, una red internacional que investiga y promueve la mejora del desempeño y la rendición de cuentas en la acción humanitaria.
Sin embargo, la cifra real, coinciden los expertos, es mucho mayor si se incluyen a las organizaciones locales, que son las más afectadas y cuyos datos aún no han podido ser plenamente cuantificados. Por ejemplo, una encuesta reciente realizada por el Consorcio de ONG Somalíes entre sus socios desveló que el 75% de las organizaciones nacionales y locales del país “habían cerrado oficinas sobre el terreno o sedes de proyectos” y el 95% informaron de “despidos de personal”.
“Es probable que la pérdida de puestos de trabajo continúe a lo largo de 2026. Así que aún no sabemos cuál será la cifra definitiva”, apunta en una videollamada Jennifer Doherty, investigadora de ALNAP, en lo que define como “una crisis sin precedentes” en el sector humanitario. Esta reducción de empleo generará un “efecto dominó”: la caída de personal humanitario en determinadas crisis implicará menos manos para ayudar, pero también una menor capacidad para detectar nuevos problemas.
Es probable que la pérdida de puestos de trabajo continúe a lo largo de 2026. Así que aún no sabemos cuál será la cifra definitivaJennifer Doherty, investigadora de ALNAP
“Estamos ante una crisis muy, muy profunda”, advierte en una entrevista por teléfono el eurodiputado irlandés Barry Andrews, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo, cuyo diagnóstico va mucho más allá de los recortes. Y añade: “De algún modo, hemos perdido el relato de la solidaridad global. Ahora el foco está en los presupuestos de defensa, en las materias primas críticas o en la competitividad, y África está pagando en muchos casos estas políticas”.
Leire Pajín, exministra española y eurodiputada, insiste, por ello, en la importancia del papel de Europa. “La Unión Europea tiene la responsabilidad de asumir un liderazgo mucho más contundente; es evidente que no puede sustituir todo lo que hacía Estados Unidos, pero tiene que elegir estratégicamente los puntos en donde va a dar las batallas”, afirma en una llamada telefónica la política, que presentó en enero un informe sobre ayuda humanitaria en Estrasburgo apoyado con un amplio consenso.
Para contrarrestar la erosión del apoyo político y social, VOICE, una red que agrupa a más de 90 ONG humanitarias europeas, lanzó el miércoles una campaña global para “reclamar el relato” sobre la acción humanitaria y recordar su impacto real en millones de vidas. En un contexto de recortes presupuestarios, hostilidad política y desinformación, la organización alerta de que el sector no solo atraviesa una crisis financiera, sino también una crisis de legitimidad que amenaza su capacidad de operar allí donde más se lo necesita.
En Afganistán, hemos cerrado un programa que rehabilitaba fuentes de agua y combatía la malnutrición entre más de 50.000 personasSolidarités International
“No éramos conscientes de como de rápido estaban cambiando el mundo y nuestro sector”, reconoce Pilar Orenes, directora general de Educo, una ONG de origen español miembro de la red VOICE, enfocada en los derechos, educación y protección de la infancia. “Lo que ha ocurrido en los últimos meses ha generado la necesidad de cambiar nuestra mirada y nuestro mensaje”, admite. Según defiende Orenes, los recortes en financiación no son una cuestión abstracta de cifras, sino de vidas concretas. “Cerrar programas significa poner vidas en riesgo y acabar con las posibilidades de que miles de personas puedan construir una vida digna”.
En muchos casos, añade, se trata de retrocesos difíciles de revertir: “Incluso avances logrados durante años pueden perderse si la financiación no es sostenida”. Según el informe anual Goalkeepers, que publica la Fundación Gates, la mortalidad infantil aumentó en 2025 por primera vez en lo que va de siglo: 4,8 millones de menores de cinco años murieron frente a los 4,6 millones del año anterior.

La ONG francesa Solidarités International, también miembro de VOICE, anunció el pasado enero el cierre de varios de sus programas por la falta de financiación. En Yemen, por ejemplo, donde 23 millones de personas necesitan ayuda humanitaria después de casi 11 años de guerra, esta organización se vio obligada a suspender un proyecto que proporcionaba agua limpia, letrinas y suministros de emergencia a 117.000 personas desplazadas en campamentos.
“En Afganistán, hemos cerrado un programa que rehabilitaba fuentes de agua y combatía la malnutrición entre más de 50.000 personas y, en Mozambique, nuestro programa ha llegado a su fin”, asegura la organización en un comunicado, en el que recuerda que esta decisión supone dejar de proporcionar acceso a agua y saneamiento a 150.000 personas de este país africano, “atrapadas en la guerra entre las fuerzas gubernamentales y los insurgentes afiliados al Estado Islámico”.
Más allá de los recortes
La crisis financiera no es el único azote del sector humanitario. VOICE destaca también cómo la desinformación, los ataques políticos o las narrativas que describen a las ONG como corruptas, ineficaces o alineadas con intereses extranjeros han ganado terreno, de forma paralela al auge de los discursos de extrema derecha.
En Italia, Dina Taddia, consejera delegada de la ONG italiana WeWorld, describe “un clima de hostilidad no solo hacia las ONG, sino hacia las organizaciones de la sociedad civil” que se ha intensificado en la última década. “Antes éramos percibidos como los ‘buenos’. Ahora se nos percibe como si estuviéramos apoyando la migración irregular”, señala.
En Polonia, el discurso contra las ONG tiene consecuencias muy tangibles. Zofia Kwolek, directora de comunicación de la ONG Centro Polaco de Ayuda Internacional (PCPM), relata en una entrevista con este diario que organizaciones que apoyan a la población ucrania han sufrido campañas de odio en redes sociales, amenazas y actos de intimidación. “Sabemos que una parte importante de esta desinformación está relacionada con propaganda rusa”, afirma. Algunos empleados de ONG locales han recibido incluso amenazas directas o han visto pintadas en sus oficinas, según cuenta Kwolek.
Este clima erosiona la confianza pública y dificulta la captación de fondos estables. “Nuestra sociedad es muy activa en momentos de crisis”, explica la cooperante, que cree, sin embargo, que “el apoyo es emocional y puntual”. Lo que escasea, lamenta, “es el compromiso sostenido”.
Taddia señala además la “cronificación de los conflictos” y el empeoramiento de las condiciones de trabajo sobre el terreno. “En el pasado, las infraestructuras civiles, como hospitales o escuelas, no eran objetivo directo en los conflictos, y hoy sí lo son, por lo que las necesidades se multiplican a la vez que se dificulta el acceso de los trabajadores humanitarios”, explica Taddia. En lugares como Gaza, que para esta cooperante con 30 años de experiencia es “probablemente el símbolo de estas crisis”, las organizaciones humanitarias ni siquiera pueden llegar con normalidad a la población. La consecuencia, añade, es que incluso cuando hay capacidad técnica y personal dispuesto, la entrega de ayuda se vuelve cada vez más arriesgada e incierta.
“Algunos académicos lo llaman el ‘colapso del sistema humanitario internacional”, afirma Pajín, que cree que “el derecho humanitario internacional se está bloqueando deliberadamente”, en alusión a conflictos como el de la Franja y a la “creciente restricción del espacio humanitario”.
“Reseteo humanitario”
Con menos financiación, las organizaciones se ven obligadas a una profunda reestructuración. Según Doherty, el llamado “reseteo humanitario”, impulsado por Naciones Unidas, ha formalizado una reducción del alcance de la respuesta humanitaria: menos presencia geográfica, menos programas y una priorización estricta de los casos más extremos. “No es solo una cuestión de eficiencia”, explica. “Es una redefinición de lo que el sistema considera que puede y no puede hacer”.
Un funcionario humanitario de Somalia cuenta en el informe de ALNAP que su organización ha tenido que quitar recursos de personas “hambrientas” en la fase 3 del IPC (la clasificación mundial que mide la seguridad alimentaria) para dárselos a personas “más hambrientas” de las fases 4 y 5. La consecuencia, considera, es que “las zonas que actualmente están en la fase 3 recibirán menos ayuda y serán más propensas a pasar a la fase 4”.
Antes éramos percibidos como los ‘buenos’. Ahora se nos percibe como si estuviéramos apoyando la migración irregularDina Taddia, consejera delegada de la ONG italiana WeWorld
El riesgo, advierte Doherty, es que esta contracción se vuelva estructural. Cuando las organizaciones cierran oficinas y pierden personal cualificado, reconstruir esa capacidad puede llevar años. Por eso, para Orenes, el reto inmediato es recuperar el apoyo ciudadano antes de que la contracción se consolide. “Tenemos que explicar mejor qué significa cerrar un programa”, insiste. “No es una línea en un presupuesto: es un centro de nutrición que deja de atender a niños desnutridos, es una escuela que deja de funcionar, es una comunidad que pierde su único acceso a agua potable”. Para la directora general de Educo, uno de los desafíos es contar con más claridad qué hace el sector y por qué importa. “Somos un sector que mide su trabajo, que rinde cuentas, que aprende de lo que hace”, subraya. Pero reconoce que necesitan “encontrar los canales adecuados” para conectar con una ciudadanía que se informa y moviliza de forma distinta.

Barry Andrews incide en que el debate es también político. “Europa no puede pretender ser un actor global creíble si abandona su compromiso con el desarrollo y la ayuda humanitaria”, sostiene. En su opinión, la reducción de la asistencia no solo tiene un coste moral, sino también estratégico. “Si no apoyamos la estabilidad y el desarrollo en regiones frágiles, acabaremos pagando un precio mayor en forma de inestabilidad, migraciones forzadas y conflictos prolongados”.
Por eso, además de explicar que la acción humanitaria salva vidas, Taddia defiende que invertir en ayuda humanitaria es hacerlo, además, en una estabilidad global que beneficia directamente a Europa. “Todo está interconectado”, dice. La reducción de la ayuda, explica, no solo agrava el sufrimiento en África o en Oriente Próximo, sino que repercute en fenómenos como “los desplazamientos forzados, la inseguridad o la falta de oportunidades, que acaban teniendo efectos directos en Europa”. No se trata solo de “ser un buen samaritano”, subraya, “sino de entender que vivimos en un mundo interdependiente”.
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