Cómo la izquierda perdió el pulso (y cómo recuperarlo)
Las fuerzas progresistas perdieron apoyos entre las clases populares y la batalla en el ágora digital. Su recuperación exige revertir esas derrotas sin recurrir a la polarización


El siglo amaneció con una impresionante constelación de líderes de formaciones tradicionalmente progresistas en el poder en Europa: Blair, Schroeder, D’Alema, Jospin, Guterres, Kok, entre otros. El presidente de la Comisión Europea era Romano Prodi y el director general del FMI era Michel Camdessus, un francés cercano a los socialistas de ese país que, con figuras del consenso de París como Delors y Lamy, tanto influyeron en el mundo posterior a 1989. En Estados Unidos mandaba Bill Clinton. El segundo cuarto del siglo XXI amanece en cambio con un panorama desolador para los progresistas europeos, que disponen de poder ejecutivo solo en dos países europeos de peso: el Reino Unido y España. ¿Qué pasó?
El análisis del declive es, por supuesto, complejo. Uno de los aspectos relevantes es sin duda la tendencia de gran parte de aquellos líderes que se reconocían en el modelo llamado Tercera Vía a dejar demasiada rienda suelta a un capitalismo depredador, bajo una premisa política que ponía más el foco en la redistribución de la riqueza creada que en la regulación de cómo se creaba. Con el paso de los años, el estallido de crisis económicas y escándalos financieros y el desgaste de materiales por la deslocalización de empleos y otros asuntos, esos partidos empezaron a sufrir el daño de ser considerados corresponsables de la construcción de un sistema económico globalizado que infligió bastantes daños colaterales. Importantes segmentos de las clases populares dejaron de creer en la socialdemocracia como fuerza protectora.
La socialdemocracia descuidó el papel de controladora del capitalismo y su eje de acción en la lucha de clases. Se concentró más bien en la defensa de colectivos en situación de desventaja asimétrica, fueran las mujeres —por la intolerable desigualdad que todavía sufren— o minorías por razón de inclinaciones sexuales, etcétera. Intentó conectar bajo un mismo paraguas la defensa de esos intereses desligados, pero faltó el colágeno del elemento de clase. Y así pasó de ser referente de las clases populares a ser apoyada por un tronco más reducido: los sectores sociales urbanos con estudios.
Además, no fue capaz de destilar un discurso eficaz ante los desafíos planteados por los intensos flujos migratorios. En algunos casos, prefirió obviar inquietudes legítimas; en otros, acabó comprando marcos políticos de la derecha. El resultado es que no supo evitar que cierto malestar socioeconómico metamorfoseara en un aún más peligroso malestar identitario. La bomba estaba servida: amplios segmentos de clases populares decepcionadas, precarizadas, cargadas de resentimientos, sobre todo en su segmento masculino, primero de mediana edad, y luego también juvenil.
A ello también contribuyó, probablemente, algún fleco problemático del movimiento feminista, capaz de conseguir extraordinarios logros, pero también, como es natural, portador de aspectos mal resueltos que han facilitado el brote de iniciativas reaccionarias. Ciertos extremos han complicado que se asiente como movimiento de mayorías —el lugar en el cual los avances sedimentan mejor—, causando en cambio el recelo de algunos y la revancha de otros.
Otro fallo fundamental fue el retraso en comprender a fondo los mecanismos de la revolución tecnológica y su impacto en el debate político. Los ultras supieron aprovecharlos muy bien para espolear un discurso simplón, emocional, movilizador, mientras cierto progresismo se quedó anclado en el matiz, la racionalidad y la ponderación. Todo estupendo, pero perdedor.
La corrección de problemas en estas y otras áreas es crucial para que las fuerzas progresistas consigan volver a ser realmente atractivas. La reflexión sobre la adaptación a un nuevo tiempo es objeto de un gran encuentro organizado en Barcelona, la Movilización Progresista Global. Fluyen aquí muchas ideas, y, por supuesto, cada sensibilidad tiene su preferencia. Pero hay argumentos para considerar que para las fuerzas progresistas resulta fundamental lograr ser percibidas de nuevo como agentes creíbles de protección de las clases populares, como gestores exigentes en la regulación e imposición de las grandes empresas y de las grandes fortunas.
Es crucial desarrollar un nuevo lenguaje político que, sin ceder a la tentación de la polarización, consiga insuflar emoción y que, sin rendirse a la banalización del lenguaje, acierte a conectar con la gente y no solo con aquellos que disponen de títulos universitarios. Es necesario articular nuevas ideas que mantengan el internacionalismo, pero que reconozcan que la interdependencia se ha convertido en un arma en manos de los más poderosos, y esto requiere el desarrollo de medidas de salvaguarda; que defiendan el multilateralismo, pero que asuman que este es ahora en gran medida inviable y deben pues explorarse minilateralismos; que promuevan el pacifismo, pero no en la versión trasnochada que consiste en dejar a un agredido a la merced del agresor, o en quedarse rezando que una fiera no decida agredir. Además, es imperativo que todo esto se haga protegiendo las instituciones, cuyo deterioro es la derrota de cualquier proyecto progresista, evitando colonizarlas con trazo grueso cuando se está en el poder y ofreciendo colaboración leal para facilitar su funcionamiento cuando se está en la oposición. Victorias obtenidas ensanchando fracturas abismales en el seno de las sociedades pueden tener el dulce sabor del alivio a corto plazo y un regusto muy amargo en el largo.
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