Ir al contenido
_
_
_
_

Estas son las razones del declive de la conciencia de clase: el trabajo ya no es el eje de la identidad

El individualismo acaba con la lucha obrera, el precariado es más diverso y el sentido de pertenencia se desplaza hacia el consumo, el género o la edad

La clase obrera se ha dividido. El trabajo ha dejado de ser el eje que articulaba la identidad y la comunidad. El sentido de pertenencia se ha desplazado hacia el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual: formas legítimas de identidad que, sin embargo, han relegado la cuestión de clase a un segundo plano. Hoy el trabajador vive en una burbuja que le impide reconocer a sus semejantes.

No se puede medir empíricamente el nivel de conciencia de clase (entender que tus problemas no son solo tuyos, sino compartidos por otros que están en la misma posición del sistema económico que tú). Tampoco se hacen encuestas sobre ello. El CIS, desde 2019, pregunta a la gente con qué clase social se identifica. Y la gente acierta, al menos según los criterios que establece la OCDE (entre el 75% y el 200% de la mediana nacional de ingresos). En el último barómetro, cerca de un 40% de los españoles se ubicaban en la clase media. Una cifra que, de hecho, es menor al 61% que se obtiene al aplicar los estándares del organismo internacional. Pero entender cuál es tu nivel de renta en comparación con el de los demás, no equivale a saber por qué estás ahí, qué sistema lo produce y con quién compartes esos conflictos.

De hecho, según esta misma encuesta, solo un 14,2% se reconoce como “clase trabajadora, obrera o proletaria”. No tenemos la manera de comparar esta cifra con la de años anteriores a 2019. Sabemos que es menor al porcentaje de españoles que se levantan todos los días a trabajar en condiciones que a ellos mismos les parecen mejorables. Más de la mitad de los encuestados se muestran insatisfechos con su situación económica y más del 40% no están contentos con su vida laboral, según una encuesta de Oxfam Intermón. Ocho de cada diez personas además creen que en España existen muchas desigualdades sociales. Y con razón, un estudio presentado en noviembre por el G-20 revela que, entre 2000 y 2024, el 1% más rico del mundo capturó el 41% de toda la nueva riqueza, mientras que solo el 1% fue a parar al 50% más pobre.

“Vivimos una falsa sensación de bienestar”, afirma Nayarit Fuentes Licht, una joven dramaturga, coautora de Un verano por metro cuadrado, una obra que retrata la lucha vecinal de Cerro Belmonte (Madrid) en los años noventa para evitar la expropiación de sus viviendas. “Tenemos mil zapatillas, un iPhone, nos vamos de viaje y nos olvidamos de que tenemos una situación precaria”. Fuentes, además, pertenece al Sindicato de Inquilinas de la capital. “A veces he visto situaciones surrealistas de gente con una orden de impago de alquiler pendiente que tiene un Rolex y un iPhone. Antes el que no tenía no tenía, ahora es todo más de cara a la galería”.

Poca movilización

Este descontento no se traduce en un aumento de la lucha obrera ni de afiliación a los sindicatos. Según los últimos informes de la OCDE, la densidad sindical en las principales economías del mundo se ha reducido a la mitad desde 1985. En España, la tasa de sindicación ronda el 12%–13% de los asalariados. Algo por debajo del 23% de la Unión Europea. Aunque es cierto que un 80% está protegido por convenios colectivos. Por otro lado, la masa social parece haber perdido algo de fuerza movilizadora, aunque los datos no son determinantes: en 2023 se comunicaron 31.715 manifestaciones, un 6,7% menos que en 2022, según el anuario estadístico del Ministerio del Interior. La última huelga general de 24 horas en España convocada por los sindicatos mayoritarios (CC OO y UGT) fue en 2012. Aunque en realidad solo ha habido ocho en toda la democracia.

Isabel Vilabella, secretaria de Formación, Empleo y Memoria Democrática de UGT Madrid, lamenta la “injusta imagen” de “sindicatos comegambas” que se forjó la organización en los años noventa, y reconoce que los jóvenes se están incorporando “lentamente” al sindicato. Reivindica el papel y la vigencia de estas organizaciones: “La gente tiene que saber que somos una mano amiga; esa persona que está entre el jefe y tú, quien te va a defender y atender. Podemos entender a las personas vulnerables porque antes han venido otras con problemas similares”.

El declive de la conciencia de clase y la crisis del sentimiento de pertenencia a la clase trabajadora es un tema que se lleva discutiendo desde hace años. La ausencia de estudios recientes que traten su pérdida es, seguramente, una forma de confirmar su obsolescencia. “La conciencia de clase fluctúa y tiene más peso en ciertos momentos y espacios”, advierte por correo Francisco Pérez, catedrático de Análisis Económico de la Universitat de València y director de investigación del Ivie. “Eso no significa que buena parte de la población no sienta que pertenece al grupo social de los trabajadores o, en caso contrario, al de los propietarios, pero ese no es el único rasgo identitario que los define ni, en ocasiones, el más fuerte”.

Al comienzo del célebre libro La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), el historiador británico E. P. Thompson deja una idea fundamental: no basta con vivir una situación de explotación para tener conciencia de clase. Las clases sociales no nacen solo de las condiciones materiales, sino de la capacidad de reconocerse y organizarse en torno a intereses comunes frente a otros grupos con experiencias distintas y opuestas: “La clase obrera no surgió como el sol en un momento determinado. Estuvo presente en su propio proceso de formación”.

Una de las primeras razones que se citan al hablar de la desintegración de la clase obrera es la transformación radical que ha experimentado la fuerza de trabajo en los últimos años. Las chimeneas industriales han dejado de exhalar humo. La clase trabajadora ya no es homogénea. “Tener conciencia de clase no es solo tener un trabajo de clase obrera, también es vivir como clase obrera, en determinados barrios, conocer a determinada gente”, afirma el sociólogo José Saturnino Martínez García, autor de Estructura social y desigualdad en España (Catarata, 2013). “En los últimos años esa forma de convivir que genera identidad de clase ha desaparecido”.

Unai Sordo, secretario general de Comisiones Obreras, recuerda desde su despacho de Madrid su infancia en el País Vasco, cuando todavía había muchos trabajadores que acudían diariamente a la fábrica. “Eran trabajadores relativamente parecidos: salían a los mismos lugares, se tomaban un vino en los mismos bares, se creaban una serie de espacios comunitarios. Su vínculo con el trabajo era parecido. La clase trabajadora sigue existiendo, pero se ha vuelto más diversa y fragmentada, y eso debilita su identidad colectiva”.

Pérez coincide en que la “experiencia compartida del trabajo” es fundamental para sentirse parte del mismo grupo social. “La conciencia de clase no se desarrolla igual en unas ocupaciones que en otras, y resulta influida por el tipo de actividad, el tamaño de las empresas y el tipo de empleos”. Patricia Castro, autora de Tu precariedad y cada día la de más gente (Apostroph, 2023), destaca el hecho de que, además, la gente se cambia más veces de empresa e incluso de trabajo. “Las personas ya no se identifican tanto con una misma profesión. Mucha gente va dando tumbos. El trabajo cambia, la familia cambia, la vivienda no es fija. Ya no estamos en el mundo de Novecento”.

Sin embargo, si se analiza con detenimiento el estado actual del sistema productivo, se comprueba que muchas de estas supuestas transformaciones son, en realidad, mitos.

El tiempo medio que una persona pasa en un mismo puesto de trabajo no ha disminuido. En España la duración media pasó de 10,3 años en 1993 a 11,3 en 2021. La última reforma laboral se enfocó en terminar con la elevada rotación laboral, y lo logró. En marzo el número de trabajadores con un contrato de trabajo temporal cayó por primera vez por debajo del 12%. Además, la gente cada vez vive más tiempo en el mismo sitio, o al menos conserva la misma vivienda. En 2024 la media fue de 17,7 años, un máximo histórico, según el Anuario de la Estadística Registral Inmobiliaria. Por último, el tamaño de las empresas en España es cada vez mayor: a cierre de 2024, las empresas con más de 250 trabajadores empleaban al 43% de los asalariados, cinco puntos más que hace una década.

Mitos laborales

Tampoco es cierto que el número de autónomos haya crecido frente al número de asalariados. Según un estudio de Máximo Camacho y Ana Rodríguez-Santiago, publicado este año en Papeles de Economía Española, el número de trabajadores autónomos en España ha disminuido de forma sostenida desde 1979. No solo representan hoy una proporción menor del total de ocupados, sino que también han caído en términos absolutos. Solamente en momentos de recesión —cuando el empleo asalariado se contrae y el autoempleo se convierte en refugio— el número de autónomos tiende a repuntar, dejando un rastro cíclico en una tendencia claramente descendente.

En resumen, la evolución del mercado laboral no va tan a contracorriente de las condiciones propicias para tener una clase trabajadora unida como a priori pudiera parecer. La gente sigue permaneciendo un tiempo similar en su empleo y en su barrio, y las empresas no son más pequeñas que hace unos años. El número de asalariados no ha decrecido. Factores todos ellos determinantes para que la clase obrera mantenga esa “experiencia compartida” que la cohesiona. ¿Qué es, entonces, lo que sí ha cambiado?

Lo primero es el teletrabajo. En España, alrededor del 15% de los trabajadores desempeña su empleo desde casa, según Eurostat. Una cifra que, en realidad, se queda corta frente al promedio europeo, del 22,6%. Para entender la magnitud de este cambio, basta recordar que en 1992 apenas entre el 1% y el 2% de la fuerza laboral trabajaba en remoto. Los “productores fordistas” se han transformado, por decirlo en palabras del filósofo Paul B. Preciado, en “productores posdomésticos”: el trabajador tiene ahora la fábrica en casa. Y eso limita profundamente el tipo de interacción que mantiene con sus compañeros.

Otra cosa que ha cambiado es la composición de la fuerza laboral. Las mujeres se han incorporado masivamente al trabajo. El año pasado, el número de trabajadoras alcanzó por primera vez los 10 millones. Desde 2007, la cifra de ocupadas ha aumentado en dos millones, mientras que la de hombres se mantiene prácticamente igual. Durante el franquismo, las mujeres no podían trabajar sin el permiso de su marido. En 1978 se celebró la primera manifestación por el 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora. Entonces exigían un salario igual al de los hombres, acceso a todas las categorías profesionales y el fin de la discriminación en el empleo. Estas reivindicaciones, por pura lógica, difieren de las del sector masculino y contribuyen a que el discurso de la clase trabajadora sea hoy más heterogéneo.

Lo mismo ocurre con la llegada de la mano de obra migrante. Según la Seguridad Social, en España hay tres millones de trabajadores con nacionalidad extranjera —a los que habría que sumar a quienes, nacidos fuera, ya han obtenido la nacionalidad española—. Representan el 14% del total de ocupados, aunque su peso es mucho mayor en ciertos sectores: el 42% en el empleo doméstico, el 35% en la agricultura, el 30% en la hostelería y el 22% en la construcción. Tienen, al igual que las mujeres, intereses laborales específicos. Y al no tener plenos derechos de ciudadanía, señala Martínez, es menos probable que se constituyan como posibles “sujetos políticos de la revolución”, a pesar de ser explotados.

Otra de las transformaciones dentro del mercado laboral tiene que ver con la edad. Siempre ha coexistido gente joven y gente mayor trabajando, con intereses naturalmente distintos. Lo que ha cambiado es el ritmo del relevo. El origen del conflicto generacional tiene que ver con la desaceleración del crecimiento. España vivió entre 1960 y 2005 un salto económico extraordinario: entre 1985 y 2005 el PIB per capita aumentó un 70%; desde 2005, apenas un 11%. En una economía que avanza mucho más despacio, las oportunidades se reparten con más dificultad y el relevo entre generaciones se convierte en una fuente de fricción.

De hecho, según Sordo, una de las últimas grandes movilizaciones protagonizada por un colectivo homogéneo de la sociedad fue la de los pensionistas en el año 2018, cuando salieron en masa a protestar ante la “insuficiente” subida del 0,25% de sus pensiones. “Aunque hay mucha diversidad de renta entre los pensionistas, todos se parecen en que dependen de una pensión que alguien les recorta. El colectivo responde de forma masiva y transversal a las ideologías. Fue una agresión a un cuerpo que mantiene elementos de homogeneidad”, explica el secretario general de CC OO.

Una cuestión cultural

Para entender en su totalidad la descomposición de la clase trabajadora, también hay que analizar los cambios sociales y culturales. Por ejemplo, la consolidación de una ideología individualista, que sustituye al compañerismo obrero. El dogma económico dominante desde los años ochenta pone el acento en la iniciativa privada y la responsabilidad individual. En internet proliferan los gurús del esfuerzo individual y youtubers ultraliberales. El lado femenino, explica Castro, también está dominado por una cultura individualista. “Hoy en día hay muchas mujeres cuya mejor amiga es su psicóloga. Hacen terapia basada en el mejoramiento personal permanente, es una forma de querer controlar tu vida”.

Esta tendencia también explica la baja natalidad y la proliferación de hijos únicos: los nacimientos cayeron un 25% en España en la última década, según el INE. Además, el porcentaje de personas que viven solas es del 28%, un 20% más que un decenio antes. O la epidemia de soledad no deseada: un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestra que un 25% de las personas mayores en Europa están solas, pero no quieren estarlo.

Nacho Fernández, un publicista de 28 años, opina que uno de los motivos por los que la gente no se dedica a defender sus intereses de clase es porque siempre está intentando pertenecer a una clase superior. “Siempre hay algo a lo que aspirar”. Añade que muchas personas confunden su clase social. “Yo, por ejemplo, no me considero clase obrera, aunque sé que la única manera en la que me voy a comprar una casa es que alguno de mis padres fallezca. Hay una parte de mí que se pregunta por qué voy a perder mi tiempo en defender los intereses de una clase a la que no creo, ni quiero pertenecer”.

“Mucha gente tiene las condiciones de vida de la clase obrera, pero no se percibe a sí misma como parte de ella”, incide el economista Esteban Hernández, autor de El rencor de clase media alta y el fin de una era (Akal, 2024). Según el experto, muchos jóvenes vienen de una clase social elevada y no son realmente conscientes de su empobrecimiento. “Es verdad que no se mueren de hambre y disfrutan de ciertas comodidades de la vida moderna, pero ya casi no se pueden permitir vivir en una gran ciudad”. Una desubicación de clase que también afecta a la clase alta. “Las clases medias-altas viven muy bien, tienen dinero, pero distan mucho de los superricos. Los ricos de verdad están en otra esfera y hacen que ellos no se sientan clase alta”.

Para Mario Ríos, analista político y profesor asociado en la Universitat de Girona, la fragmentación de la clase obrera se explica por el fracaso de las instituciones capaces de aglutinarla. “Ya no estamos en la época de los grandes partidos políticos, ni de los sindicatos ni los medios de comunicación de masas. Si tres de las grandes instituciones que difundían y generaban conciencia de clase están fallando, es muy difícil que se dé esta batalla política”. La última medición del CIS refleja que la desconfianza de la gente hacia los sindicatos solo es superada por la que tienen a los partidos políticos. Además, solamente uno de cada tres españoles se fía de las noticias, según el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo.

Desde el punto de vista sociológico, otro aspecto que suele destacarse a la hora de identificar las causas de la decadencia de la clase trabajadora es que el trabajo ha dejado de ser el principal elemento en base al cual construimos nuestra identidad. “La conciencia de clase ha perdido centralidad como elemento constituyente de nuestra identidad”, resume Pérez. “La influencia de las condiciones materiales sigue siendo importante, pero no es la única. Las sociedades también valoran, a la hora de definir sus sentimientos de pertenencia, factores culturales, históricos, ideológicos, religiosos o geográficos”.

Jesús Rodríguez Rojo, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pablo de Olavide, va un paso más allá y sostiene que hoy la gente se define “más por lo que consume que por su trabajo”. Es decir, que muchas personas se agrupan no por afinidad laboral, sino en función de si escuchan K-Pop o indie, si ven Operación Triunfo o series de HBO, si son fanes de Marvel o prefieren viajar por el mundo haciendo submarinismo. Según el experto, hemos pasado de la “ética del trabajo a la estética del consumo”: qué se compra, cómo se vive, qué se aspira a tener sustituye a los vínculos de clase.

Este análisis coincide con el que el filósofo Maurizio Ferraris desarrolla en su libro Documanidad (Alianza, 2023), en el que defiende que, a pesar de lo que históricamente se ha sostenido, el ser humano no es un homo faber —el animal que fabrica— sino homo consumens. La actividad de consumir, según dice el filósofo, es lo único que puede hacer un hombre y no una máquina. Con la llegada de la inteligencia artificial, que pronto podrá realizar casi cualquier actividad más rápido y mejor que los seres humanos, la única tarea de la gente será la de consumir. “A los humanos no nos queda más que generar documentos con relación a quiénes somos, qué queremos o no queremos, qué sabemos o creemos saber”.

División popular

El resultado de estos cambios culturales sumados a las transformaciones en el sistema productivo es un bloque popular dividido en diversos intereses. “Aunque es el mismo sujeto, la identidad movilizada es otra”, resume el teórico marxista Álvaro García Linera, en su libro Cuidar el alma popular (Bellaterra, 2025). Lo que ocurre es que muchas veces el bloque popular no solo está dividido sino, según José Saturnino Martínez, también enfrentado. “Ha habido una izquierda que, en lugar de integrar diversas identidades como conciencia trabajadora, las ha trabajado de forma separada, como opuestas. Y de este enfrentamiento se aprovecha el populismo de derechas”.

Tres de cada cuatro españoles asocian la inmigración con algún concepto negativo, como la sobrecarga de los servicios y recursos públicos. Es frecuente escuchar a personas nacidas en España, pertenecientes a la clase trabajadora tradicional, señalar a los migrantes —de una clase social aún más baja— como los culpables de su situación económica. “Si tú lo planteas como debate de identidades de oposición, los fascismos te ganan porque van a una identidad más grande, la nacional”, asegura Martínez.

Otro ejemplo reciente: el libro La vida cañón (Temas de Hoy, 2025), de la periodista Analía Plaza, abrió un debate que enfrentó a los jóvenes con la generación de sus padres, denunciando la asimetría de oportunidades entre ambas.

Karl Marx, en una carta que escribió en 1870 a Sigfrid Meyer y August Vogt, ya lamentaba la división de la clase obrera en dos bandos hostiles: los proletarios ingleses y los proletarios irlandeses. “El trabajador inglés común odia al trabajador irlandés, porque lo ve como un competidor responsable del descenso de su nivel de vida. (…) Este ve en el trabajador inglés al cómplice e instrumento del dominio de Inglaterra sobre Irlanda”. Al mismo tiempo, señala que los culpables de esta división son: “La prensa, los sermones anglicanos, los periódicos satíricos, en definitiva, todos los medios a disposición de las clases dominantes”.

Unai Sordo advierte del peligro de estos debates, que amenazan los derechos ya adquiridos. Pone el ejemplo de cuando se aseguraba que el problema del acceso al empleo de los jóvenes era que los mayores estaban “ultra protegidos”. “Ha sido el caballo de Troya utilizado para empeorar las condiciones de empleo. Se impulsaban planes de empleo juvenil que, en el fondo, suponían un dumping laboral de los jóvenes: mano de obra más barata que servía para rebajar los estándares del conjunto. Y así se evitaba plantear la discusión real: cómo incorporar a los menos favorecidos, en este caso, a los jóvenes, a la plenitud de derechos”.

José Saturnino Martínez alerta de la urgencia de alcanzar “una lógica que vuelva a recuperar la unidad dentro de la clase trabajadora”. “El que tú seas asalariado sigue generando malestar, pero en vez de en forma de conciencia de clase se expresa de otras maneras, que es lo que aprovecha la derecha”. Esteban Hernández defiende que entender a qué grupo social se pertenece —quiénes son tus iguales y quiénes son tus adversarios— sigue siendo una de las claves para que la clase obrera mejore sus condiciones de vida. “Es indispensable volver a hablar de clases. Aunque tú no te identifiques con ella, la posición de clase te sigue marcando oportunidades vitales”.

La dramaturga Nayarit Fuentes sostiene que una de las claves para reconstruir la conciencia de clase pasa por convencerse de que la lucha colectiva acaba dando resultado. Pone como ejemplo a los vecinos de Cerro Belmonte, el barrio madrileño que proclamó su independencia tras ser expropiado por el Ayuntamiento y al que han dedicado una obra que se estrenará este año. En parte perdieron, porque derribaron sus casas, y hoy la zona es de rentas muy elevadas. “A pesar de eso, ganaron. La prueba es que 20 años después todavía hay gente que los recuerda. Son la prueba de que la lucha colectiva sirve para algo”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_