¿Y qué va a pasar en Cuba?
El país debe cambiar, pero no porque lo asfixien desde fuera, sino porque los cubanos necesitamos que cambie


Cuba se ha puesto de moda y yo estoy muy solicitado. Colegas periodistas me buscan para que cuente, desde dentro del país, lo que ellos ya saben que está ocurriendo, pero con el propósito, más que previsible, de que me atreva a especular qué podría ocurrir. Y, por supuesto, apenas puedo decirles que sobre la mesa están todos los escenarios, y van desde que cambie algo para que nada cambie hasta, en el otro extremo, que se produzca algún tipo de operación militar de imprevisibles consecuencias. Pero les advierto de que, ahora mismo, no creo que nadie pueda decantarse por uno.
Al parecer, el presidente estadounidense Donald Trump pretende hacer algo más de lo que ya ha hecho: a la política de máxima presión le metió más atmósferas con el bloqueo energético que está asfixiando no solo la economía del país, sino a muchos de sus ciudadanos. Y después, como si fuera el último cruzado, con lenguaje de conquistador de manual dice insistentemente que “tomará” Cuba (porque eso “sería bonito”) sin explicar muy bien cómo lo hará, aunque dejando traslucir que sería a su modo (que puede ser cualquiera).
En Cuba, mientras tanto, el Gobierno mantiene sus posturas de principio: preservación de la soberanía y del sistema político, aunque con disposición a un diálogo con contrapartes estadounidenses cuya existencia, luego de semanas de negación, al fin se admitió, sin que se transparente su desarrollo. Resulta difícil, sin embargo, imaginar los contenidos de esos intercambios entre dos posturas que, hasta donde suponemos, son bastante irreconciliables.
Mientras, sin modificar su discurso, la dirigencia cubana ha comenzado a mover fichas, aunque no debe ser cómodo hacerlo bajo una espada de Damocles. Una de las medidas más recientes ha sido la de autorizar a los emigrados cubanos a montar en la isla casi todo tipo de negocios y del volumen que deseen, y se incluyen sectores productivos, de infraestructura y hasta las esferas bancarias y financieras. Esta decisión, que afecta también a los cubanoamericanos no contempla que los ciudadanos radicados en el país tengan la misma posibilidad empresarial, por ahora limitada a pequeños y medianos emprendimientos. Es como si se asumiera que los de dentro son tan pobres que no podrían montar ni siquiera una fábrica de zapatos. O como si la medida pretenda exhibir una postura aperturista, voluntad de cambio.
Del otro lado del muro, el secretario de Estado Marco Rubio, artífice de la ofensiva estadounidense contra la isla, ha mostrado su decepción y, con actitud de procónsul, ha declarado que las reformas económicas cubanas no son suficientes. Él exige más y decidirá cuándo llegarán a ser convincentes o…
Lo cierto es que Cuba vive hoy uno de sus momentos económicos y sociales más dramáticos, catalizado por un bloqueo energético que ha paralizado o al menos afectado muy diversas actividades en muchos sectores de la vida nacional. Pero también es cierto que la sequía petrolera solo ha venido a rodar sobre la pendiente crítica que ya asolaba al país con largos apagones, deterioro del transporte público, falta de insumos médicos, inflación y consecuente carestía de la vida que se refleja en la pobreza salarial de buena parte de la población.
Un elemento importante para entender cómo se vive en el país la policrisis actual es intentar diferenciarla de la vivida en la década de 1990, el llamado Periodo Especial que siguió al colapso soviético. En aquel entonces, la muy dramática situación de escaseces de todo lo imaginable tuvo una programación política: las carencias fueron vividas horizontalmente, o sea, afectaron por igual a casi toda la población y así se sostuvo el entramado homogéneo de la sociedad cubana.
La coyuntura del presente, en cambio, tiene un comportamiento vertical: muchos están jodidos, pero un sector ya visible se ha ido enriqueciendo mientras opera con las carencias que el Estado no es capaz de aliviar.
Para llegar al punto de ebullición actual es preciso entender que el programa de ciertas reformas que Raúl Castro desarrolló en su mandato (con su eslogan de “sin pausa pero sin prisa”) implicó el desmontaje de buena parte del sistema igualitario fomentado en el país con la eliminación de “gratuidades indebidas” y abrió la brecha para que se comenzaran a generar diferencias económicas y sociales que hoy se han hecho patentes.
Con el alivio que se produjo durante el deshielo del presidente Barack Obama, pareció que la situación podía mejorar, pero el Gobierno cubano no se movió de sus posiciones asentadas. La llegada del primer mandato de Trump cambió las perspectivas de posibles mejorías, el período de Joe Biden apenas modificó la situación y, entre uno y otro, pasó la pandemia y la economía, tan dependiente del turismo, se resintió. Para entonces las generosas ayudas venezolanas comenzaron a disminuir porque Caracas enfrentaba sus propias crisis y… volvió Trump y puso a Cuba en sus miras, declarando su política de máxima presión con las intenciones de cambiar su sistema político y económico.
Mientras, al interior del país, sin prisa y con muchas pausas, se aplicaban medidas que resultaron ser devastadoras como la llamada “tarea ordenamiento”, que unificó las monedas en curso y provocó una pérdida de valor del peso cubano, una inflación galopante y, por tanto, una pérdida de capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Pero además no se previó que podría producirse un escenario como el actual y lo demuestra la tardanza en invertir en el cambio de matriz energética del país con una mayor cantidad de sistemas fotovoltaicos (ahora se montan a ritmo acelerado en lugares críticos), al tiempo que se construían hoteles para turistas que nunca llegaron y sin acciones de complemento para esa industria, como la higiene de las ciudades o la infraestructura vial.
Y ahora, bajo presión, se proclaman cambios y se anuncian otros por venir. Admitida la pequeña empresa nacional como tabla de salvación para muchos suministros, Cuba se abre más a la inversión extranjera. El problema es que esos presuntos inversores se mueven con la cautela generada por la falta de confianza en un Gobierno que cambia a su antojo de reglas de juego y muchas veces paga poco o mal sus deudas, con cuentas bancarias congeladas mientras promueve la creación de otras cuentas, garantizando (verbalmente) su seguridad.
En cualquier caso, es cierto que se promueven cambios, de cierta repercusión social, y se intenta hacer lo que ya podía haberse hecho. Porque lo indudable es que Cuba debe cambiar, pero no debería ser porque la estén asfixiando fuerzas exógenas, sino porque los cubanos, empobrecidos, hastiados, desesperanzados, necesitamos que cambie, en muchos sentidos. Y ya no es raro que ya haya algunos que ansían cambios a cualquier precio, sin importar de dónde llegue el empujón.
Y, por cierto, a esos colegas que preguntan cómo están las cosas en Cuba lo más complicado es hacerles entender algunas tramas profundas de esta realidad. Y solo regalaré un ejemplo.
Frente a mi casa hay una cafetería privada donde suelen detenerse a comer algo y beber algo los dueños de las motorinas eléctricas que van invadiendo la ciudad, convertidas en la más recurrida solución para el transporte público. Entonces, con luz o apagón, la mayoría de ellos hace su pausa gastronómica junto al vehículo, al cual le han adaptado una bocinas reproductoras con las que inundan el barrio con difusión, a todo volumen, de los reguetones de moda. Hay crisis, es cierto, muchos problemas, es la verdad, pero, de momento, también es verdad que tenemos a Bad Bunny y al Bebeshito. Y, por supuesto, muchas ganas de vivir.
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