El país de las últimas cosas
Ya ni siquiera se sabe si hay alguna luz al final del túnel oscuro que está atravesando la sociedad cubana


1. Desde Bruselas una amiga me escribe y me dice que cada mañana abre el periódico con miedo de encontrar una noticia que sea aún peor que las del día anterior. Otra, desde París, comenta que tiene la sensación de que el mundo ya no gira en círculos, sino a trompicones. Otra más, compatriota mía, me confiaba su nerviosismo, los temores que tenía por lo que pudiera ocurrir. Y anoto esas percepciones de la realidad porque se identifican con algunas de las mías y de muchas personas en estos, nuestros tiempos turbulentos.
Creo que casi nadie duda de que la incertidumbre se ha convertido en un sentimiento agobiante para muchos de los habitantes del planeta. Un vertiginoso deterioro de tantos paradigmas, acuerdos de convivencia y certezas más o menos establecidas se ha apoderado de los contextos locales y universales con una fuerza centrífuga que hace borrosos, imprecisos, los referentes más trabajados con los que se trató de crear un orden mundial en el cual no hubiera barbaries imperialistas y genocidios como los ocurridos durante las dos guerras mundiales del siglo XX. Pero, ¿qué puede pasar mañana, pasado, en una semana? ¿Cuál será, digamos, el destino de la OTAN y, peor aún, el de la Unión Europea como proyecto? Aventurar una respuesta resultaría el más absurdo de los ejercicios mentales en que podamos enfrascarnos… pero no solo para los ciudadanos de a pie, sino incluso para los estadistas que deben tomar las decisiones colectivas. El caos crece a un ritmo incontrolado.
Y nadie dudará, tampoco, de que el protagonista, creador y director de este proceso de incertidumbre global hoy en crisis de crecimiento es el presidente estadounidense, Donald Trump, que se ha propuesto, como todos saben, “hacer América grande otra vez”. Solo que para lograr su objetivo —y me disculpan si les recuerdo lo que ya conocen— ha aplicado las más crueles políticas de represión contra inmigrantes indocumentados, considerados terribles criminales y hasta justifica el asesinato de algunos de sus ciudadanos; es el que ya ha comenzado a intentar manipular las elecciones de medio mandato, pues sabe que un resultado adverso podría implicar que sea sometido a un juicio político que, para más ardor, se produciría en unas condiciones de crispación social y política (generada por él) que podría tener impredecibles consecuencias en un país donde hay más armas de fuego que personas; que es el político poderoso, encantado de exhibir su prepotencia con amenazas diversas, que va pasando por encima de acuerdos históricos, incluso con sus aliados; es, también, el presunto pacificador que, por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, asegura que ya no se siente comprometido con la solución de conflictos bélicos; y, lo mejor de todo, resulta ser el mismo servidor público que —según un editorial de The New York Times— en su primer año de segundo mandato ha hecho una caja de ganancias personales y corporativas de una cifra que desborda mis capacidades de cálculo, ascendente a 1.408.500.000 dólares. Y siempre con la retórica de que ya ha devuelto a su nación la grandeza que había perdido.
2. Desde mi condición de cubano afincado en la isla siento ahora mismo, y creo que con justificada intensidad, todas las incertidumbres que crecen dentro y fuera del país. ¿Qué puede pasar en Cuba mañana, la semana que viene? ¿Asfixia, agonía, colapso? Lo más terrible es que puede ocurrir lo peor (no importa qué, solo que puede ser lo peor), porque lo peor está sobre la mesa de la realidad del país. Como hace poco dijo un colega en estas páginas: hasta las pesadillas pueden tener gradaciones.
La política de máxima presión aplicada a Cuba por la Administración estadounidense, llevada al extremo con el decreto presidencial que ha provocado el bloqueo de la importación de petróleo, ha generado efectos inmediatos en un país que desde hace años vive entre crisis. El Gobierno cubano ha decretado otra especie de “período especial en tiempos de paz”, como el que proclamó Fidel Castro en los años noventa, cuando se esfumó la Unión Soviética. Y ahora será una cascada aún mayor de calamidades que ya habían alcanzado niveles críticos: los apagones se multiplicarán; la falta de transporte público será más notoria; incluso el acceso a alimentos, cada vez más caros, se hará un proceso más precario, entre otros efectos anunciados. Pero téngase en cuenta que la Cuba de 1991 no es la de 2026: la de hoy arrastra una falta de confianza que se ha alimentado con años de carencias, de inmovilismo político y de proyectos de estrategias económicas tan erradas o tímidas que no han aliviado las duras condiciones de vida de una población cada vez más empobrecida, obligada a practicar muy disímiles estrategias de supervivencia.
El propósito explícito de la Administración de Trump es que, apretando el cuello de la nación hasta el borde de la asfixia, se produzcan manifestaciones populares que, como en las pocas otras ocasiones que se han generado, serían reprimidas por el Gobierno, pues ya “la orden de combate ha sido dada”. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Es posible aplicar más presión contra el Gobierno cubano? Y se puede especular —repito, especular entre tanta incertidumbre local y global—: ¿vendría entonces una intervención militar de las llamadas humanitarias para restablecer el orden y provocar el cambio de sistema político perseguido desde hace más de 60 años? ¿Se probaría en Cuba una operación como la de Venezuela o se aplicará la fórmula de tierra arrasada de Gaza? ¿A quién se le darían después las riendas de un país al que no se le ha permitido fomentar una oposición ni medianamente organizada? ¿Se buscaría al fin un pacto con el aparato gubernamental actual o se vivirá un vacío de poder que incluso podría provocar convulsiones sociales de violencia y desgobierno como las que ha sufrido el vecino Haití (un país del cual, por cierto, nadie se ocupa)? ¿Para restablecer la convivencia se le encargaría el Gobierno a los mismos de ahora o se importará un gobernador estadounidense como el Leonard Wood y el Charles Magoon de las intervenciones militares de 1898 y 1906? ¿Y después?… Pero sobre todo —para no adelantarme con más especulaciones que pueden estar muy infundadas y que podrían ser otras, de diverso carácter—, ¿y ahora?, ¿y mientras tanto?
Pues ahora le toca a mis compatriotas residentes en la isla sufrir las más dolorosas carencias que se suman a las ya existentes, pero además con la sensación que muchos tenemos de que la primera solución política necesaria no es solo un “plan de contingencia” para intentar paliar la situación, sino la introducción de cambios profundos en las estructuras del país, asolado por diversas crisis. Generar una reforma coherente y efectiva cuya instrumentación se ha dilatado con la política de poner banditas donde se requerían cirugías profundas. Pero, mientras, amanecer cada día con la tremenda sensación de que el túnel oscuro que recorría la sociedad cubana ya no se sabe si tiene luz al final, pues, lo que es peor, no sabemos si el túnel todavía existe o si este es el destino que le ha tocado a un país de donde tanta gente se va, tanta gente quisiera irse si tuviera adónde y que cada vez se parece más a ese distópico “país de las últimas cosas” que pintó en su novela Paul Auster, porque entre las últimas cosas perdidas, ya para muchos también se han esfumado las esperanzas y temen que ocurra lo peor, sea lo que sea lo peor.
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