Presión pública, contactos secretos: la doble estrategia de Trump hacia Cuba
El presidente de Estados Unidos mantiene su apuesta mientras se le complica la guerra en Irán


Presión por un lado, o por varios: de las amenazas de algún tipo de intervención por la fuerza al embargo energético. Del otro lado, negociaciones entre bambalinas, reconocidas por las dos partes, y algún gesto de suavización del bloqueo para mantener la precaria economía de la isla en régimen de respiración asistida: esta semana se permitía la llegada de un petrolero ruso e indicar que en el futuro se decidirán otros arribos “caso por caso”. Es la doble estrategia de Donald Trump hacia Cuba, el país que él mismo ha admitido que es el “siguiente” de su lista cuando haya dado por resuelta la ofensiva contra Irán.
La estrategia de la Casa Blanca busca, como poco, un acuerdo económico que abra la puerta a una distensión entre los dos perpetuos enemigos. Aunque también admite, en palabras del secretario de Estado Marco Rubio, que “quizás se dé una oportunidad” para un cambio de régimen. Es algo que representaría un enorme éxito político para la Casa Blanca, cuando su otra gran apuesta exterior tras la intervención en Venezuela, la guerra en Irán, parece complicársele cada vez más al entrar en su sexta semana.
La estrategia ha aportado algunos resultados. Este jueves, el Gobierno castrista ha anunciado la liberación de 2.010 presos, la mayor en una década y la segunda desde que la Administración Trump aprieta las tuercas.
La Casa Blanca reitera una y otra vez la convicción estadounidense de que los “líderes en La Habana deberían llegar a un acuerdo”. “Es una nación fallida cuyos gobernantes han sufrido un importante revés con la pérdida del apoyo de Venezuela y con el cese del envío de petróleo por parte de México”, subraya una portavoz.
El presidente alterna el tono de dureza con otro paternalista, en ocasiones incluso dentro del mismo discurso. La semana pasada, en un foro de inversiones saudí en Miami, alardeaba de la calidad de su fuerza militar. “A veces tienes que usarla”, declaraba, inmediatamente antes de agregar “y Cuba es la próxima, por cierto, pero hagan como que yo no he dicho eso, por favor”. Otras veces ha pronosticado que tendrá “el honor de tomar Cuba”.
Apenas dos días después, en cambio, parecía dar un giro hacia la suavización de sus medidas dada la gravedad de la situación humanitaria, y aseguraba que no tenía “ningún problema” en permitir que un petrolero ruso llegara al puerto cubano de Matanzas con 730.000 barriles de petróleo a bordo. Su portavoz, Karoline Leavitt, ha apuntado esta semana que la Administración revisará “caso por caso” la posibilidad de otros arribos.
Trump ya había regresado a la Casa Blanca con advertencias de que tenía a La Habana en el punto de mira. La mera selección de su secretario de Estado ya representaba una declaración de intenciones: Marco Rubio, hijo de emigrantes cubanos y criado en el anticastrismo más recalcitrante de Miami, ha hecho de la lucha contra el régimen cubano el gran sueño de su carrera política. Inmediatamente después de la toma de posesión de ambos, la Administración estadounidense volvió a una campaña de máxima presión, en la que ha expandido las sanciones de viaje y económicas y ha vuelto a designar a la isla como un Estado patrocinador del terrorismo.
La gran pista de cuál era su hoja de ruta llegó el 3 de enero, cuando la operación Resolución Absoluta capturó en Caracas al presidente venezolano, Nicolás Maduro. Ese mismo día, en una rueda de prensa, Trump ya avisaba: “Ese sistema no es bueno para Cuba. De Cuba terminaremos hablando, porque es una nación fallida”.
Desde entonces, el presidente se ha referido con regularidad al país vecino, separado de las costas de Florida por apenas 150 kilómetros a través del mar. Siempre con un mensaje similar: el régimen se quedaba sin agarraderas. Sin el petróleo que le suministraba Venezuela, y que le ha servido de salvavidas durante la peor crisis económica en décadas, su economía no tenía recursos para funcionar. Y, por tanto, el gobierno acabaría cayendo, si no negociaba antes con Washington algún tipo de salida y ponía en marcha cambios “drásticos y muy pronto”. En febrero lo resumía en una frase: “quizá podamos tomar Cuba de manera amistosa”.
Tanta fe ha tenido Trump en que el castrismo estaba a punto de caer como fruta madura que siempre aseguró que no haría falta ningún tipo de intervención militar del tipo que ordenó en Venezuela. Cuba, reconocía su administración, es un modelo distinto al régimen de Caracas. Su cohesión interna es mucho mayor -la inmensa mayoría de los disidentes han ido saliendo de la isla- y su ejército está más preparado. Y, a través de las empresas estatales, sobre todo el gran conglomerado GAESA, se beneficia económicamente de las operaciones del régimen.
Su estrategia ha tenido dos planos. Por un lado, ha incrementado la presión económica hacia el régimen, muy especialmente con la imposición de un bloqueo energético. El 29 de enero declaraba una emergencia con relación a Cuba, de la que sostenía que representaba una amenaza contra la seguridad nacional estadounidense, y decretaba, en consecuencia, la posibilidad de imponer aranceles secundarios contra aquellos países que intentasen suministrar combustible a Cuba.
El grifo de la energía se secaba casi por completo. Casi. Pocas semanas después, Washington aprobaba ciertas excepciones para el sector privado cubano. Marco Rubio lo explicaba: la presión no debía ser tan fuerte que precipitara una nueva oleada de huidas de refugiados hacia Florida, como ocurrió en los años noventa durante la crisis de los balseros.
Por otro lado, y como ya hizo la Administración de Barack Obama en 2013 y 2014 para abrir una breve etapa de normalización entre los dos países, la de Trump abría conversaciones secretas con La Habana. O no tan secretas, en este caso. Trump las ha ido revelando en distantas declaraciones a la prensa. Según él, conversaciones a alto nivel, y encabezadas por el propio Rubio.
“El Gobierno cubano está hablando con nosotros. Tienen un montón de problemas y ningún dinero. No tienen nada de nada ahora mismo, pero están hablando con nosotros, y quizá tengamos una toma de control amistosa. Podríamos acabar teniendo una toma de control amistosa de Cuba”, apuntaba un día antes de lanzar la ofensiva israelo-estadounidense contra Irán el 28 de febrero.
Con quién exactamente han estado hablando, es algo que Washington nunca ha querido revelar abiertamente. Pero Trump, que en alguna ocasión ha apuntado que él ha participado activamente en los contactos, siempre ha apuntado que se trataba de personas en posiciones altas en el Gobierno cubano.
Inicialmente medios estadounidenses apuntaron que podría estar hablando con Alejandro Castro Espín, hijo del nonagenario Raúl Castro y quien fue una pieza clave en las conversaciones secretas con la Administración de Barack Obama que dieron lugar al restablecimiento de relaciones diplomáticas y abrieron un periodo de distensión entre los dos países vecinos y enemigos.
Más tarde se ha hablado de que la negociación se desarrollaba con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, guardaespaldas y nieto preferido del expresidente cubano. Según el periódico Miami Herald, Rubio dialogó con él mientras se encontraba en San Cristóbal y Nieves para participar en la cumbre anual de la Comunidad del Caribe (Caricom) a finales de febrero.
En su cumbre Escudo de las Américas con una docena de líderes latinoamericanos de derecha a comienzos de marzo, Trump volvía a referirse a Cuba, por tercera vez en otros tantos días: “Al igual que hemos logrado una transformación histórica en Venezuela, también tenemos muchas ganas de los grandes cambios que pronto ocurrirán en la isla”, prometía ante los aplausos de los dirigentes. Cuatro de ellos, decía, le habían sacado a relucir la situación en la isla para pedirle que lograse un cambio.
Rubio, el líder estadounidense de las negociaciones, resume así los objetivos a conseguir: “La economía de Cuba necesita cambiar, y esa economía no puede cambiar a menos que también cambie su sistema de gobierno. Es así de simple”, comentaba en París la semana pasada tras participar en una cumbre de ministros de Exteriores del G7.
Y agregaba: “su sistema de gobierno tiene que cambiar porque nunca podrán desarrollarse económicamente sin esos cambios. El cambio económico es importante. Darle a la gente libertad política y económica es importante, pero (las dos cosas) tienen que venir de la mano”.
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