Barcelona sin barceloneses
El malestar de la vivienda no es solo un malestar económico, que ya es grave, es también el que genera un proceso de colonización


Qué fácil era ser cosmopolita cuando no venían nómadas digitales a subir el alquiler. Una de las cosas que más valoro de vivir en una gran ciudad es poder compartirla con personas procedentes de otros países, con otras tradiciones culturales y otras formas de ver el mundo. Como Madrid, en Barcelona hay poca gente que sea de Barcelona de toda la vida, quien no tiene un abuelo en el resto de Cataluña lo tiene en algún otro rincón de la Península y en los últimos tiempos en otro país, otro continente. Deambular por las calles sin rumbo y escuchar distintas lenguas es uno de los placeres gratuitos que me da mi ciudad.
Por eso la posibilidad de que poco a poco el mercado nos vaya obligando a desplazarnos a sus márgenes y más allá, a un exilio involuntario por razones económicas se me antoja un panorama triste de desarraigo y añoranza. No querría volver a emigrar porque los fondos buitres, algunos hombres muy ricos que compran el Ensanche por manzanas enteras, grandes multinacionales o propietarios avariciosos decidan elevar cada vez más el precio que hay que pagar para seguir siendo barcelonesa. Como ya vienen haciendo desde hace mucho. En ningún sitio me he sentido tan en casa como aquí pero no por lo que aprecian los turistas: el buen tiempo, el mar, la buena comida. Que también valoro pero soy de Barcelona porque sus calles están llenas de personas que me importan y a las que importo. No están de paso aunque puedan venir de lugares remotos. Porque ser de aquí no es estar aquí, es formar parte de la vida real, ser habitante y no simple residente.
Quienes se instalan en Barcelona porque el alquiler es mucho más barato del que tendrían que pagar en sus países de origen son como los occidentales que se van a vivir a países en vías de desarrollo donde la pobreza de los autóctonos los convierte en ricos y privilegiados. El malestar de la vivienda no es solo un malestar económico, que ya es grave, es también el que genera un proceso de colonización sin un Estado imperialista detrás, una colonización invisible que desplaza a sus trabajadores a sitios buenos, bonitos, baratos y seguros provocando efectos en cadena de empobrecimiento de otros trabajadores que en otro tiempo hubieran podido sostener con su sueldo una vivienda, una familia, un hogar más o menos permanente. Por el camino se pierde enraizamiento, tejido social, espacios comunes. Y se pervierte la idea misma de cosmopolitismo, que ahora sirve para vaciar la ciudad y no para enriquecerla.
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