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columna

Los niños de la chaqueta rosa

Dos críos inician un diminuto fenómeno sociológico en un colegio de Madrid

Max, Tomás y otros niños, con la misma cazadora en la puerta de su colegio, este miércoles en Madrid. Tania Álvarez

Max y Tomás tienen seis años, son muy amigos y van juntos al mismo cole, aunque este curso les ha tocado en clases distintas. Cuando fueron al H&M el mes pasado les gustó mucho una misma chaqueta y sus madres se la compraron. La cazadora, que cuesta 24,99 euros, es para verla: color rosa intenso, un arcoíris en la espalda y lentejuelas cosidas de arriba a abajo que relucen de forma intensa cuando se exponen a la luz. Como a ambos les encanta el rosa, no han parado de ponérsela desde entonces, iniciando un insólito fenómeno sociológico en miniatura. Según el último censo informal realizado a ojo por las mamás del cole, entre las dos clases de primero de primaria del centro público de su barrio, esta primavera unos 15 o 16 niños y niñas brincan contentísimos con sus chaquetas de lentejuelas rosas. “Es una bomber que brilla más que el sol, ese patio es la Fabrik ahora mismo”, me cuenta la madre de Max, Tania, encantada con esa explosión de alegría y muy orgullosa de que su hijo se mantenga fiel a sus gustos y de que, entre su amigo y él, hayan influenciado a sus compañeros. “El panorama en la puerta del cole es bastante cómico. Ves un niño mate, dos niños brillo”.

Para Tania, lo importante es que su pequeño gesto haya derribado una barrera impuesta de forma temprana: las tiendas siguen claramente divididas en la parte azul de los niños y la parte rosa de las niñas, cuando “de pequeño te gustan las cosas divertidas, y no poder ponértelas porque los demás te van a juzgar está mal aunque tengas seis años”. Le da alegría ver que ellos son libres y que si les dejas, hackean el sistema. Le gusta, también, que las familias no les hayan limitado. Los críos no son ajenos a las expectativas cromáticas de género, pero mientras algunos, como su hijo, reaccionan ante ellas rebelándose y poniéndose más aún si cabe el rosa, otros necesitan notar la seguridad de su círculo cercano antes de animarse.

El cole está situado en un barrio tradicionalmente obrero del suroeste de la ciudad que en los últimos años ha atraído a familias como la suya, de clase media y profesionales liberales. Y si a Max no le hace ni pizca de gracia que le digan que el rosa es un color de niñas, a Tania menos. Es directora de vestuario en La Promesa, la serie de época de las sobremesas de RTVE, y piensa mucho en las implicaciones de lo que llevamos. Por ejemplo, no decide sobre la ropa de su hijo, que la elige desde los dos años y medio aunque, según ella, a veces va hecho un cuadro: prefieren fomentar su seguridad en sí mismo. Tania entiende también cómo funciona el ciclo completo del estereotipo. Me cuenta que alguna vez le han pedido en la televisión que vista de rosa a un bebé de principios de siglo, cuando esa división comenzó a aparecer en los años cincuenta, y que de hecho los infantes en la monarquía española llegaron a ir de rojo y rosa como símbolo de fuerza. A comienzos del XX, la practicidad primaba, y los bebés llevaban colores naturales como el crudo y el blanco. Diferenciar a un recién nacido por el rosa o el azul, explica, es marketing, y hace un siglo, en los años veinte o treinta, no sucedía. “Si nosotros en la televisión lo damos por bueno estamos reforzando las ideas que les metieron a las espectadoras en la cabeza en la posguerra”, dice. “Tenemos la responsabilidad de no manipular la historia, y hay cosas que parecen de toda la vida pero que no lo son en absoluto”. Brillantes esa decena y media de niños, y brillantes sus madres.

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