La adicción a las redes no es solo cosa de niños
La sentencia contra Meta y YouTube busca proteger de las plataformas a los menores, pero quizá los adultos también necesiten cuidado

Kaley G. M. nació en California hace 20 años. A los seis comenzó a ver vídeos de YouTube. Con ocho empezó a producir y a subir contenido a un canal que creó en esa plataforma. Un año después le regalaron su primer móvil y se abrió una cuenta en Instagram; después, entró en TikTok y más tarde en Snapchat. Según cuenta María Porcel, la corresponsal de este diario en Los Ángeles, desde los seis años, Kaley ha tenido ansiedad, depresión y problemas de dismorfia corporal. Sus abogados han tenido claro desde el principio que la culpa de su sufrimiento la tienen los algoritmos de las redes sociales, los filtros de belleza y el scroll infinito de estas plataformas, donde pasaba hasta 16 horas al día. Era adicta.
En 2023, la familia de la joven denunció a las empresas propietarias de las redes que usaba su hija por generarle dependencia —alegaron que si ponían límites al uso de las aplicaciones, tenía ataques de pánico—. Las dueñas de TikTok y Snapchat llegaron a un acuerdo antes del comienzo del juicio y no han sido juzgadas, pero Meta —matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp— y YouTube, de Google, siguieron adelante y han acabado condenadas: un jurado de Los Ángeles las considera culpables de generar adicción entre los menores y engancharlos a sus plataformas; además, las tilda de “negligentes”, pues entiende que son conscientes de los riesgos de su diseño adictivo.
El de Los Ángeles solo es el primero de los juicios que se han celebrado contra estas plataformas, pero hay miles de denuncias presentadas por familias y asociaciones que buscan proteger a los menores, y la demanda que ha ganado Kaley puede hacer que se presenten muchas más. Es lógico, muchísimos niños están enganchados a las redes y el contenido que se difunde en ellas les afecta, muchas veces negativamente.
Pero al contrario del “¿nadie va a pensar en los niños?” que dice la esposa del reverendo Lovejoy en Los Simpson, en este asunto parece que solo vemos el problema en ellos. Yo mismo he escrito en este espacio sobre la necesidad de proteger a los menores de las plataformas, de limitar su uso y, sobre todo, de la importancia de formarlos para que conozcan lo bueno y lo malo de usarlas. Hay países que ya han tomado medidas: Francia ya tramita una ley para prohibir el acceso a los menores de 15 años, el presidente del Gobierno español anunció la misma medida para los menores de 16 y Australia ya la ha puesto en marcha, aunque los chicos ya se están saltando el veto.
A priori, estas políticas no están mal; es crucial proteger a los más vulnerables, pero ¿cómo vamos a prohibir a un menor que use las redes cuando sus hermanos mayores y sus padres están constantemente en ellas? ¿Cómo evitar que se conviertan en adictos a las pantallas cuando a la primera de cambio les plantamos delante un móvil con sus dibujos favoritos? ¿Cómo vamos a prohibir que se comuniquen —con los medios de hoy— con sus iguales?
Por otro lado, como escribió el periodista David Streitfeld en The New York Times hace un par de semanas, este asunto nos afecta, pero lo dejamos de lado porque, al final, somos millones las personas que usamos las redes cada día, y también estamos enganchados: “Esas tecnologías se han integrado en la vida humana en menos de una generación. Y eso no significa que la gente apruebe las redes sociales o le gusten. Sino que no pueden imaginarse la vida sin ellas”.
Llevamos tiempo reflexionando sobre cómo afectan las redes a los menores y cómo protegerlos de los malvados “tecnoligarcas”, pero quizá sea el momento de admitir que también los adultos hemos perdido el control y necesitemos pensar en nuestra adicción a internet, a tratar de levantar la cabeza del móvil. La batalla contra las apps no solo se gana en los tribunales, también se libra en casa.
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