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El debate | La necesidad de un ejército europeo

Desde la invasión de Ucrania, el mundo vive una convulsa situación que la guerra en Oriente Próximo y la política de Trump solo han agravado. Cobran fuerza las voces que reclaman a la UE que avance en su autonomía militar

Tropas alemanas cruzan el río Neris en Šeteniai (Lituania) durante unas maniobras de la OTAN en 2017.INTS KALNINS (REUTERS)

La idea de construir un ejército europeo lleva décadas sobrevolando la UE. Los crecientes conflictos geopolíticos de los últimos cuatro años y el abierto distanciamiento de Trump hacia Europa la han vuelto a poner sobre la mesa, pese a los obstáculos y a quienes la consideran falta de realismo.

Para Jesús A. Núñez Villaverde hay que dar un salto político en esa dirección. Miguel Ángel Ballesteros Martín defiende acelerar la autonomía estratégica pese a las reticencias de los Estados a perder soberanía.


Unas fuerzas armadas bajo una autoridad política

Jesús A. Núñez Villaverde

Bastaría con entender que toda relación de dependencia es indeseable y que no todo el mundo comulga con nuestros valores e intereses para concluir que todo actor geopolítico —y la UE pretende serlo— debe aspirar y dar los pasos necesarios para ser autónomo. Desde ese punto, y en defensa del privilegiado nivel de bienestar y seguridad que define a los Veintisiete, se impone la urgencia de contar con todos los instrumentos precisos —de la diplomacia a la defensa militar, pasando por la cooperación al desarrollo y el músculo cultural, tecnológico y comercial— al servicio de una causa común, enmarcados por el derecho internacional en todas sus dimensiones.

En pos de esa autonomía estratégica, que ya figura como horizonte oficial de la UE en el terreno de la seguridad y la defensa, hay dos caminos que debemos dese­char radicalmente. El primero, muy trillado, viene marcado por la OTAN y conduce inevitablemente a la subordinación a un aliado cada vez menos fiable. Aunque quepa reconocerle los servicios prestados a la seguridad del Viejo Continente y aunque el vínculo trasatlántico no llegue a romperse, seguirlo implica renunciar a la mayoría de edad estratégica, dejando que sea otro el que marque nuestro destino cuando nuestros intereses vitales estén en juego.

El segundo, cuando nos adentramos de nuevo en la ley de la jungla, supone volver al rancio nacionalismo, germen de tantos conflictos. Y, peor aún, de ese “sálvese quien pueda” por el que abogan quienes creen que gastar más en defensa, reforzar sus empresas del sector y potenciar sus ejércitos en solitario los hace más seguros no sale una UE más fuerte, sino más fragmentada y más manejable por otros.

Lo que nos queda es el camino de la comunitarización del esfuerzo para contar con unas fuerzas armadas y una base industrial de la defensa capacitadas para atender a toda la gama de posibles amenazas militares, desde las propias de la guerra híbrida hasta las que representan las armas de destrucción masiva. Unas capacidades firmemente sometidas a una autoridad comunitaria, lo que exige contar antes con un marco político hoy inexistente. La simple mención de esos condicionantes de partida hace que, aunque deseable, el proceso se antoje difícilmente factible a corto plazo. Aun así, si nos dejamos paralizar por el temor a perder el paraguas estadounidense y por lo proceloso del camino, lo único que tenemos garantizado será nuestra común irrelevancia.

Unas fuerzas armadas son solo un instrumento al servicio de una autoridad política, y hoy ni Bruselas la tiene en este terreno ni los Estados miembros parecen dispuestos a ceder su último recurso de soberanía nacional. Alemania apuesta por convertirse en el ejército convencional más poderoso del continente, Francia por aumentar su arsenal nuclear, Polonia por hacerse con él, con todos sosteniendo que solo pretenden reforzar el pilar europeo de una Alianza cada vez más cuestionada. En términos presupuestarios, el plan de rearme aprobado por Bruselas en mayo de 2025 es mucho más nacional que comunitario, mostrando la falta de voluntad política para mutualizar el esfuerzo. Y en términos militares, ¿qué gobernante se atreve a decirle a sus conciudadanos que hay que financiar un arsenal nuclear comunitario para no seguir dependiendo de Washington? ¿Cómo cubrir el hueco de seguridad que deje EE UU hasta que se logre la ansiada autonomía?

Frente a los convencidos de que se vive bien como vasallos de los Trump de turno y a quienes no quieren reconocer que no siempre bastan las palabras y las buenas intenciones para frenar a los violadores del derecho internacional, si los Veintisiete aspiran a tener una voz en el escenario mundial deben, primero, asumir su pequeñez individual y, de inmediato, poner lo que ya tienen en materia militar al servicio de una visión estratégica común. No es realista pensar que todos estén dispuestos a dar ese paso al unísono, por lo que solo queda confiar en que, al igual que con el euro, haya una avanzadilla de países —entre los que tienen que estar Alemania, España, Francia, Italia y Polonia, para contar con masa crítica suficiente— decididos a dar el necesario salto cualitativo. Un salto para el que no es preciso gastar más, sino mejor.


Superar los frenos nacionalistas

Miguel Ángel Ballesteros Martín

No han sido pocos los mandatarios —Rutte, Scholz, Macron o Frederiksen, entre ellos— que han rechazado explícitamente la idea de crear un ejército europeo, alegando que no es realista, que duplicaría a la OTAN y que los Estados miembros de la UE no están dispuestos a ceder soberanía militar. Las fuerzas armadas constituyen el último bastión de la soberanía de los Estados nación westfalianos, la ultima ratio regis. Sin embargo, los cambios geopolíticos propiciados por Trump aconsejan acelerar la autonomía estratégica para dotar a Europa de una estructura militar que permita abordar operaciones de envergadura. Para ello sería ideal una coordinación con la OTAN que evitase duplicidades, pero no parece posible, ya que la Alianza toma sus decisiones por unanimidad, y Turquía se opondría por el conflicto de Chipre y el sentimiento de rechazo a su integración en la Unión, y EE UU considera un problema las actividades del club comunitario.

Los europeos afrontan al reto de cómo acelerar su autonomía estratégica sin aumentar la desconfianza de EE UU y superando las reticencias de los Estados miembros a perder soberanía, con una generación de líderes que hasta ahora no han buscado caminar hacia una defensa europea. Consciente de estas dificultades, la UE, una potencia económica, ha optado por un camino que aparentemente le resulta más sencillo: crear una industria de la defensa europea que potencie la tecnología, un pilar de la disuasión. Otro pilar más importante es el arsenal nuclear, del que, por el momento, nadie quiere hablar por lo delicado del asunto y para no molestar a Washington.

Un mes después de la invasión rusa de Ucrania, el Consejo Europeo, reunido en Versalles, marcó un punto de inflexión al acordar acelerar la construcción de una Europa de la defensa más autónoma, elevando el gasto militar, coordinando las inversiones y reforzando la industria del sector. Poco después, se aprobaba la denominada Brújula Estratégica de la UE para adoptar una visión común, identificar amenazas y fijar objetivos concretos que le permitan ser más autónoma y resiliente y refuercen su seguridad.

Se elaboró la Estrategia Industrial Europea de Defensa (EDIS) para reforzar la base industrial, fomentar compras conjuntas de material, abaratar costes y mejorar la interoperabilidad. El objetivo es ambicioso: para 2030, el 50% del gasto en defensa de la UE debe realizarse en su seno.

Poco después, la Comisión presentó el Programa Europeo de la Industria de la Defensa (EDIP), un instrumento con el que acelerar, coordinar y financiar el desarrollo y la producción de capacidades para que Europa produzca más armamento, mejor y de forma conjunta. Supone el paso más ambicioso para construir una base industrial de defensa europea sólida, innovadora y resiliente. Va en línea con el Informe Draghi, una de cuyas áreas prioritarias es aumentar la seguridad física y de las cadenas de suministro, reduciendo las dependencias. El posterior Informe Sauli Niinistö preconiza reforzar la defensa y el intercambio de inteligencia como forma de garantizar la seguridad. Uno de sus principios es la disuasión por denegación y castigo mediante la preparación de medidas defensivas que aumenten la resiliencia y las ofensivas que acaben con la impunidad.

Por último, el Libro Blanco sobre la defensa europea busca cubrir las lagunas de la UE en capacidades militares clave; apoyar al sector mediante la agregación de la demanda y una mayor adquisición conjunta, y respaldar a Ucrania con mayor asistencia militar.

Para facilitar el desarrollo de la industria de la defensa, se ha liberado el uso de la financiación pública, con la puesta en funcionamiento de un instrumento específico de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE) dotado con 150.000 millones.

Pese a que la gran mayoría de los líderes europeos son conscientes de la necesidad de integrar más y más rápido la defensa en la UE, los nacionalismos, con su tacticismo, están dificultando que esa integración se realice al ritmo que las circunstancias geopolíticas requieren. Se buscan lideres europeístas con visión estratégica capaces de superar los frenos nacionalistas.

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