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El debate | ¿Ha muerto la OTAN tal como la conocíamos?

La Alianza Atlántica ha sido durante más de siete décadas el pilar central de la seguridad euroatlántica. La ambigüedad de Trump con Ucrania y la amenaza a Groenlandia extienden una sombra de duda sobre el futuro de la organización

Desde su creación en 1949, la Organización del Tratato del Atlántico Norte (OTAN) ha pasado por distintas etapas y numerosas crisis, que han llegado a dar por muerta la alianza varias veces. La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca y las tensiones en torno a la guerra en Ucrania y la amenaz de hacerse con Groenlandia, territorio autónomo perteneciente a Dinamarca, han abierto una profunda herida entre los socios, que algunos creen mortal pero otros creen fruto de la profunda transformación en marcha.

Jesús A. Núñez Villaverde sostiene europa no puede seguir permitiendo que Trump campe a sus anchas en la relación transatlántica. Luis Simón apela a la historia de la propia Organización para asegurar que esta es una crisis importante, pero no definitiva.


La Alianza ya no sirve para Europa

JESÚS A. NÚÑEZ VILLAVERDE

¿Hay que esperar a que Donald Trump use la fuerza bruta contra Dinamarca para entender que la OTAN, que se basa en la defensa mutua, ya no sirve para garantizar la seguridad de los miembros de la Unión Europea? La misma OTAN que Emmanuel Macron ya consideraba en muerte cerebral en 2019, liderada por un aliado que Angela Merkel calificó como no fiable ya en 2017 y que hace poco anunciaba que recomendaría a Putin que atacara a los aliados que no gastaran más en defensa. Incluso un acérrimo atlantista como Friedrich Merz se anima a confirmar que la Pax Americana ha sido finiquitada con la ruptura del vínculo trasatlántico, y reclama a sus socios europeos una mayor integración en materia de seguridad y defensa al margen de la Alianza.

Sin negarle algunos elementos positivos —sea la cobertura frente a la amenaza soviética durante la Guerra Fría, o la estandarización e interoperabilidad lograda entre los aliados europeos—, es evidente que la OTAN ha sido (y es) el mejor instrumento que tiene Washington para subordinar a su dictado a quienes ayer fueron aliados y hoy más parecen simples clientes y hasta rivales. Por esa vía, jugando con el temor a este lado del Atlántico a quedarse sin dicha cobertura, EE UU ha logrado contar durante décadas con un dócil y muy atractivo mercado. Y ahora, con Trump, ese esquema y esa dependencia se refuerzan significativamente con el compromiso adquirido de comprarle más gas y más armas, y bajo una enorme presión para ceder en materia de regulación, permitiendo que sus empresas tecnológicas y financieras puedan acceder todavía en mejores condiciones al mercado comunitario.

Desde la perspectiva política, industrial y presupuestaria de los Veintisiete es obvio que no existe alternativa de defensa a la OTAN a corto plazo. Una realidad que podría llevar equivocadamente a la conclusión de que lo mejor es quedarse como estamos, procurando que Trump no cumpla su amenaza de desentenderse de la UE y, como mucho, tratando de reforzar el pilar europeo de la Alianza. Pero, en primer lugar, hay que tener claro que para el inquilino de la Casa Blanca la UE es un objetivo a batir, tal como se deduce de su Estrategia Nacional de Seguridad, apoyándose en los que llama partidos patrióticos; es decir, actores ultranacionalistas de extrema derecha y, por definición, antieuropeístas. Lo que busca es una Europa de Estados nacionales a los que individualmente pueda manejar a su antojo.

Se trata, por lo tanto, de hacer frente en común a una amenaza bien real, asumiendo que la búsqueda de la autonomía estratégica es un proceso a medio plazo. Un proceso para el que, sobre todo, es preciso superar el instinto nacionalista para apostar por la mutualización del esfuerzo a realizar. Un proceso que no empieza desde cero porque, si hay voluntad política para poner en común lo que ahora se hace individualmente, la UE sería de inmediato la segunda potencia militar del planeta. Un proceso que, al margen del sueño de un mundo sin armas nucleares, obliga a considerar la necesidad de contar con medios creíbles para responder a toda la gama de potenciales amenazas. Y, por cierto, para eso no es imprescindible gastar más, sino mejor; es decir, no en términos nacionales, sino comunitarios.

No cabe esperar, siendo realistas, que algo así concite la unanimidad inmediata entre los Veintisiete. Sea derivado de alineamientos políticos dispares (entre europeístas, atlantistas y neutrales) o de anacrónicos pruritos nacionalistas hay miembros de la UE que prefieren mirar para otro lado (amparados en una falsa imagen pacifista que en el fondo asume la subordinación a Washington). Tampoco ayuda el cortoplacismo dominante para emprender el necesario proceso constituyente hacia una unión política que supere las limitaciones del modelo vigente. Pero, al igual que ya ocurrió con el euro, cabe impulsar una dinámica a dos velocidades, incluyendo al Reino Unido, en la que quienes ya están tomando posiciones de vanguardia (tanto en Ucrania como en apoyo a Dinamarca) se decidan a plantear una agenda que conduzca a una Europa de la Defensa. Y si eso es soñar, lo de dejar que Trump siga campando a sus anchas, con sus desplantes y sus exigencias para convertirnos en vasallos inermes, es pura pesadilla.


Una relación en transformación, no difunta

LUIS SIMÓN

La crisis actual de la OTAN no debe minimizarse. El mero hecho de que un presidente estadounidense amenace (al menos por ahora) a un país aliado representa un shock político de primer orden. A ello se suma la incertidumbre sobre el compromiso de Washington con Ucrania y el tono crecientemente transaccional de la Administración de Trump. La crisis de confianza es evidente. Pero interpretar este momento como la “muerte” de la OTAN resulta histórica y estratégicamente problemático.

La Alianza ha atravesado crisis profundas en el pasado, algunas posiblemente más graves que la actual. La crisis de Suez de 1956 es un buen ejemplo. Estados Unidos se opuso frontalmente a la intervención militar anglo-francesa en Egipto, llegando a amenazar con hundir la libra esterlina y eventualmente forzando una retirada. Ante esta humillación, Londres y París extrajeron lecciones contrapuestas. El Reino Unido optó por reforzar su vínculo estratégico con Washington; Francia inició un distanciamiento que cristalizaría en la “excepción francesa”: inversión en autonomía estratégica, salida del mando militar de la OTAN y apuesta política por Europa.

Aún más grave, si cabe, fue la crisis provocada por la adquisición soviética de misiles balísticos intercontinentales a finales de los años cincuenta. Estados Unidos siguió ofreciendo su paraguas nuclear a Europa, pero la lógica de la disuasión cambió. Hasta entonces, Washington estaba dispuesto a responder a un ataque convencional soviético masivo en Europa con armas nucleares. La paridad nuclear hizo ese escenario mucho menos creíble: el uso de armas nucleares quedaría reservado, en principio, a un ataque nuclear soviético. El efecto no fue la retirada del compromiso estadounidense, sino la introducción de dudas estructurales entre los aliados europeos sobre su credibilidad, en un contexto estratégico más frágil que el actual. El sistema de defensa occidental en Europa tenía entonces menos profundidad estratégica: la Unión Soviética controlaba Europa del Este y buena parte de Europa central, con fuerzas desplegadas cerca del corazón industrial de Alemania Occidental. El Pacto de Varsovia gozaba de superioridad convencional y Moscú representaba no solo una amenaza militar, sino también un rival económico y sistémico.

Hoy, Rusia carece de aliados militares equivalentes, ha mostrado limitaciones operativas incluso frente a Ucrania y no dispone de la base económica ni del proyecto ideológico necesarios para dominar Europa. La OTAN es hoy más grande, más fuerte y militarmente superior. Europa dispone de mayor autonomía económica e institucional, y Rusia no está en condiciones de imponer una derrota estratégica al bloque occidental. Pero esto no significa que la relación transatlántica sea prescindible. La superioridad relativa no equivale a autosuficiencia estratégica. La persistencia con la que los europeos buscan compromisos de seguridad estadounidenses respecto a Ucrania —por vagos o condicionados que sean— revela hasta qué punto el vínculo con Estados Unidos sigue siendo percibido como existencial. No solo por sus capacidades militares, sino en última instancia por la cohesión que aporta su liderazgo militar y político. Una retirada abrupta de Estados Unidos de Europa o una confrontación política transatlántica desembocarían seguramente en una Europa más fragmentada estratégica y políticamente, no más unida.

Es en este contexto de tensiones reales y lecturas sobredimensionadas de sus implicaciones estratégicas, donde conviene situar algunos de los episodios más controvertidos del debate actual, como el de Groenlandia. El interés estratégico estadounidense ahí responde a una lógica geoestratégica clara: su importancia para la defensa de la llamada “brecha Groenlandia-Islandia-Reino Unido”, históricamente imprescindible para taponar una ofensiva soviética (y hoy rusa) hacia el Atlántico Norte y preservar la contigüidad estratégica entre América del Norte y Europa; su valor como plataforma de alerta temprana y defensa antimisiles; y, crecientemente, su importancia en un contexto de apertura de rutas árticas y competencia por recursos críticos, donde China también busca posicionarse. El problema no es el objetivo, sino los medios y el tono empleados para perseguirlo. Más allá de estos episodios concretos, lo relevante es el cambio de fondo en la relación transatlántica: reconfiguración de prioridades y responsabilidades, no necesariamente ruptura.

Europa debe asumir que la presencia militar estadounidense en el continente se adelgazará de forma significativa. La prioridad estratégica de Washington es China, y eso no desaparecerá con un cambio de Administración. La tarea europea no es resistir ese proceso, sino anticiparlo y gestionarlo: asumir progresivamente la responsabilidad principal de su propia seguridad, idealmente manteniendo la implicación estadounidense en ámbitos clave como la disuasión nuclear, el mando y control y ciertos habilitadores críticos. La alternativa —un repliegue desordenado o una ruptura política abierta— sería mucho más caótica.

La OTAN está, por tanto, entrando en una fase más difícil de gestionar, más exigente y necesariamente más europea. Confundir esa transformación con un certificado de defunción no solo es analíticamente incorrecto: corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida.

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