Mánchester ya no suena a laborista
Muchos votantes de izquierdas no han abandonado la política, pero sienten que el partido de Starmer les ha abandonado y optan por los verdes

Desde la irrupción de la revolución industrial, Mánchester siempre ha sonado como sonaban sus fábricas. A distorsión, a hierro golpeado y al ritmo agotador de una cadena de producción que nunca se detiene. Una ciudad gris, durísima, forjada en carbón y sindicalismo, que aprendió a hacer de la derrota obrera y su melancolía himnos de conciencia y resistencia de miles: Joy Division, The Fall, New Order. Porque, como explicó el escritor y crítico cultural británico Mark Fisher, el capitalismo organiza la producción, pero también el imaginario político. Y a Mánchester le sobra imaginario.
Es el Mánchester de la masacre de Peterloo, que reprimió el movimiento de tejedores y comerciantes que se resistían a la automatización y apostaban por la democracia, que Marx y Engels convirtieron en símbolo de la miseria industrial. El mismo que, desde finales de los años setenta del siglo XX, pagó cara la desindustrialización, el desempleo y la precariedad del thatcherismo. De esa historia de maltrato y contestación nació una lealtad política inquebrantable al laborismo.
Por primera vez desde 1931, la circunscripción de Gorton y Denton, en el área metropolitana de Mánchester, ha roto con esa tradición. Los ecopopulistas de Zack Polanski han arrasado con el 40,7% de los votos, imponiéndose tanto a Reform UK (28,7%) como al Partido Laborista (25,4%). Su victoria confirma que lograron situarse como la opción más eficaz para contener a la extrema derecha de Nigel Farage. Hannah Spencer, una fontanera de 34 años que nunca quiso dedicarse profesionalmente a la política, ganó con una campaña abiertamente socialista, antirracista, contraria al genocidio de los palestinos y fuertemente defensora de las comunidades trabajadoras de la ciudad. Una campaña en la que, por encima de todo, Hannah era una vecina más de Mánchester.
En el Reino Unido, en los últimos años también se han acostumbrado a los acontecimientos históricos. La demoledora derrota conservadora de julio de 2024 fue uno de ellos, aunque tuvo más de castigo a los tories que de entusiasmo laborista. Catorce años de gobiernos azules que, desde la pandemia, se precipitaron en una sucesión de crisis —el accidentado y errático liderazgo de Theresa May, el escándalo de Boris Johnson, el experimento fallido de Liz Truss o una crisis del coste de la vida agravada por el Brexit— dejaron al país exhausto y lleno de dudas sobre su futuro. Keir Starmer heredó ese Reino Unido con 411 escaños en la Cámara de los Comunes, pero su apuesta por una estrategia de moderación —con incumplimientos programáticos constantes, también en cuestiones sensibles como Gaza— pronto se convirtió en recortes a los más vulnerables, priorización del gasto militar y un endurecimiento de la respuesta penal frente a la protesta, al tiempo que marginaba al ala izquierda del partido, hasta acabar dilapidando esa mayoría.
La oportunidad para los verdes estaba ahí. Muchos votantes laboristas no abandonaron la política, pero sí sintieron que los laboristas les abandonaron a ellos. Hubo quienes vieron un halo de esperanza con el regreso de Jeremy Corbyn, pero su nuevo proyecto quedó pronto debilitado por las divisiones y enfrentamientos a plena luz del día. Una mayoría creciente de gente muy distinta y, especialmente, los jóvenes miraron hacia Polanski. Quizás percibieron en él una mayor ambición de ganar. Así lo advertía su líder a Starmer: “We are here to replace you” (“Estamos aquí para reemplazarte”).
Si el populismo de Corbyn encontró su momento tras la crisis financiera, los verdes han recogido, en una combinación novedosa, lo que todavía pervive de aquellos dos impulsos —una cierta tradición socialdemócrata laborista, defensora de sus comunidades, y el populismo de izquierdas—, a los que han sumado la novedad y la frescura de figuras como Polanski o Spencer. Gente nueva, ajena al cinismo y al cansancio político.
Es una ley de vida de la política, como sabía Maquiavelo. Los órdenes políticos nacen, crecen, se corrompen y, si no son capaces de reformarse, mueren. El derrumbe de los tories debería haber sido una señal de alarma para Starmer, quien fue, sin embargo, incapaz de entender que, sin adaptarse a las nuevas circunstancias, su suerte podía ser la misma que la de sus rivales conservadores. De la misma manera que Mánchester, aun conservando su fuerte memoria industrial y obrera, es hoy un lugar muy distinto del que fue —un polo universitario, urbano, joven y creativo, más enfocado al sector servicios—, el Labour fue también, al fin y al cabo, una organización enraizada en el siglo XX que, por su fuerte inercia, fue capaz de llegar, quién sabe si por última vez, a Downing Street en 2024.
Una proyección reciente de Electoral Calculus para The Telegraph ha intentado medir el alcance del resultado de Gorton y Denton. Si se replicara a escala nacional, el Labour caería a 33 escaños y los conservadores a apenas 10, mientras Reform UK se situaría en cabeza, con 254 diputados, y los verdes le seguirían de cerca, con 249. Es un escenario hipotético, pero ilustra la fragilidad de un sistema que durante décadas pareció inamovible.
Estamos presenciando dos procesos simultáneos: una renovación generacional en la política y la profundización de la erosión del bipartidismo histórico. El faragismo y el polanskismo están separados por una abismo político y cultural y representan proyectos antagónicos, pero comparten una lectura de época. Es el momento de una nueva política. “Está muy claro que la gente está preparada para algo diferente”, decía Spencer en el discurso de su victoria electoral. A New England, cantaba Billy Bragg.
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