Starmer se juega en 2026 su continuidad al frente del Gobierno del Reino Unido
El descontento de los votantes y el ascenso de la ultraderecha alimentan una rebelión interna en el seno del Partido Laborista


Toda carrera política conduce inevitablemente al fracaso, sentenció el inefable pero astuto diputado conservador británico Enoch Powell. La clave está en el tiempo que se tarda hasta asomarse al abismo. En el caso del primer ministro Keir Starmer, apenas año y medio después de llegar a Downing Street con una mayoría aplastante de diputados del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes, 2026 puede ser el año de su hundimiento. Los rumores de una rebelión interna en el grupo parlamentario para destronarlo suenan cada vez con más fuerza. Las elecciones municipales y autonómicas del próximo 7 de mayo se perfilan como el momento definitorio de la trayectoria de Starmer. Resulta relevante que la frase más destacada de su primera entrevista del año, concedida el pasado domingo a la periodista de la BBC, Laura Kuenssberg, fuera “seguiré ocupando este puesto para estas fechas en 2027″.
Con más de 5.000 cargos municipales en juego por toda Inglaterra y la renovación de los parlamentos autonómicos de Escocia y Gales, las encuestas vaticinan un fracaso sin paliativos del laborismo y un aumento espectacular de la ultraderecha de Reform UK, el partido del populista Nigel Farage, señalado de manera ininterrumpida por todos los sondeos desde abril como primera fuerza del país. En Escocia, los independentistas del Partido Nacional Escocés (SNP, en sus siglas en inglés) llevan camino de renovar la hegemonía de la que disfrutan en las dos últimas décadas. La izquierda podría acabar en cuarta o quinta posición. Y en Gales, la única posibilidad de que el laborismo siga en el Gobierno autónomo sería como comparsa de los nacionalistas del Plaid Cymru, que se perfilan como favoritos.
Según la última encuesta de Ipsos, Starmer es ya el primer ministro menos popular de las últimas décadas, por debajo incluso de la conservadora Liz Truss, que aguantó apenas 45 días en Downing Street después de hundir la credibilidad económica del Reino Unido con su alocada rebaja de impuestos.
Y aun así, el primer ministro se aferra a dos salvavidas para aguantar. El primero, su esperanza, no exenta de amplias dosis de voluntarismo, de que 2026 será el año en que los ciudadanos comiencen a ver los frutos de algunas de las políticas impulsadas por su Gobierno y el alivio de una inflación más baja y nuevos recortes en los tipos de interés.
“[Habrá] más policías en las calles para marzo; facturas del gas y la luz más bajas; más consultas médicas en abril, y más financiación para los ayuntamientos. Con todos estos cambios, daremos la vuelta al actual declive [del país]”, prometía Starmer en su mensaje televisado de fin de año.
Para muchos de sus críticos, son medidas insuficientes para dar la vuelta a un deterioro de imagen arrollador. El actual Gobierno recibe ataques del ala derecha del partido, que no percibe una respuesta contundente frente a la amenaza de la ultraderecha. Y del ala izquierda, que cree que Downing Street se ha olvidado de las necesidades de la clase trabajadora.
Pero el segundo salvavidas es justamente la escasa compatibilidad entre los aspirantes a suceder a Starmer, que ofrecen una imagen fragmentada del frente rebelde. El ministro de Sanidad, Wes Streeting, el más temido por el núcleo de asesores del primer ministro, tiene unas innegables dotes de comunicación y es el candidato favorito del sector centrista del partido, nostálgico del Nuevo Laborismo de Tony Blair. La ex viceprimera ministra Angela Rayner, que se vio forzada a dimitir el pasado septiembre por un escándalo de impuestos, sigue siendo cortejada por los sindicatos y el sector laborista más a la izquierda. Igual que el actual ministro de Seguridad Energética, Ed Miliband. Y Andy Burnham, el alcalde del Gran Mánchester, no disimula sus ganas de volver a la política nacional y sacar rédito de su enorme popularidad en los últimos años.
En los medios británicos, la pregunta ya no es si Starmer sobrevivirá, sino más bien cuándo será su caída. Resulta significativo que Sharon Graham, la secretaria general de Unite, una de las centrales sindicales más poderosas del Reino Unido, considere ya inevitable el reemplazo del primer ministro.

“Ahora mismo hay un intenso y agónico debate en torno a quién debería reemplazar al actual líder. Es inevitable. Pero alguien nuevo al frente del Partido Laborista, con las mismas políticas, no serviría para nada. Reemplazar a Keir por Angela, Andy, Wes o Ed no convencerá a los trabajadores para que vuelvan al redil si les ofrecen lo mismo, aunque la voz sea diferente”, escribía Graham en el diario The Times.
La amenaza de Farage
Aunque Starmer ya comenzó a señalar al partido de Farage como el enemigo a abatir en el congreso que los laboristas celebraron en Liverpool a finales de septiembre, el primer ministro ha oscilado y mostrado señales de tibieza respecto a los grandes asuntos centrales del programa de Reform UK. Frente al discurso migratorio xenófobo y racista, el Gobierno ha replicado anunciando una política de mano dura con los recién llegados. Frente a la exhibición provocadora de las banderas inglesas con la cruz de San Jorge, una señal poco dudosa de nacionalismo excluyente, Starmer se limitó a asegurar que también él tenía una de esas banderas en el jardín de su casa, como si fuera una demostración inocente de patriotismo.
“Cuanto más tiempo pase sin que se les dé una respuesta [a los populistas de ultraderecha], los votantes los verán cada vez menos como una amenaza o un riesgo. Limitarse a confiar en que Farage y su partido Reform UK acabarán implosionando, o que la ultraderecha se fragmentará, es un suicidio potencial para nuestra libertad y democracia”, ha advertido Chris Powell, el estratega electoral que acompañó a Tony Blair en su victoria electoral y en los años de Gobierno.
La “amenaza existencial” de Reform ―según la propia definición de Powell― por el flanco derecho se ve emparejada por el izquierdo con la aparición de Zack Polanski, el nuevo líder del Partido Verde, que se ha lanzado a predicar un populismo de izquierdas que seduce a muchos votantes decepcionados con Starmer. Las encuestas sitúan al partido pisando los talones a los laboristas, y existe un riesgo real de que pudieran superarlos en apoyo.
Este va a ser el año en que Starmer demuestre si su elección fue simplemente la expresión de un rechazo a 14 años de conservadurismo, o la apuesta por un nuevo líder al frente de un país que necesita ser rescatado del declive.
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