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tribuna

Pelear por el lenguaje es pelear por la democracia

Si la UE quiere sobrevivir al tsunami de los liberticidas globales solo puede hacerlo reforzando sus propios valores

Una mujer pasa por delante de la bandera de la UE en la sede de la Comisión Europea, en Bruselas.AFP

No descubro la sopa de ajo si les recuerdo que la batalla por el significado de las palabras es determinante en la pugna ideológica. Nos lo explican Chomsky y Umberto Eco, también Gramsci, al que hoy hacen más caso las extremas derechas que unas izquierdas ignorantes de la importancia del lenguaje en la disputa de la hegemonía. La manipulación de las palabras es tan antigua que precedió a la escritura. Sócrates ya nos advirtió de que el mal uso del lenguaje induce el mal en el alma.

Lo más peligroso de la manipulación es la normalidad con la que la asumimos. Hablamos de mercado de trabajo para lo que, en mis inicios como abogado laboralista, eran relaciones laborales. Detrás de ese inocente cambio se esconde la ideología de la mercantilización de todas las relaciones sociales.

Así, los pacientes de la sanidad han pasado de ciudadanos a clientes, con el peligroso argumento de que eso comporta un mejor trato. Escondida hay una concepción clientelar de la sociedad que ha atrapado también el lenguaje —y no solo— de partidos políticos, sindicatos, organizaciones sociales. Las personas no son sujetos activos de la acción sino destinatarias de su servicio.

Una de las claves del éxito en la manipulación es el uso de dulces palabras. Racionalización, reforma, flexibilidad son utilizadas para encubrir recortes de derechos. La practicaron los ideólogos de la tercera vía, el placebo con el que se camufló la indistinción política. Uno de sus productos, la flexiseguridad, comportó en nuestros lares mucha desregulación y poca seguridad.

Conseguir la complacencia de la ciudadanía deviene clave. Como nos advirtió Bauman, el autoemprendimiento —otra palabra con encanto— enmascara en ocasiones la autoexplotación, que además se nos vende como realización personal en la sugerente observación de Byung-Chul Han.

El terreno de la fiscalidad es muy prolífico en la manipulación del lenguaje. Para erosionar la legitimidad de la fiscalidad, se utilizan expresiones negativas como “presión tributaria”, acompañadas de otras amorfas como “jurisdicciones no cooperadoras” para referirse a los paraísos fiscales, que bien podríamos llamar sumideros fiscales si no hubiéramos renunciado a la pugna ideológica del lenguaje.

Mi preferida es la barroca expresión “fincas manifiestamente mejorables”, el título que algún cachondo le puso a la Ley 34/1979, que aprobó una ficticia reforma agraria de los latifundios ociosos e improductivos.

La palabra que mejor refleja la pugna ideológica a través del lenguaje es libertad. Desde Hayek y Friedman, los autoproclamados liberales defienden una idea de libertad que niega la comunidad, hasta el punto de que los tecnooligarcas la presentan como incompatible con la igualdad y la democracia. Hay que agradecerles a estos liberticidas la sinceridad con la que se expresan.

Los hechos alternativos y posverdades del trumpismo suponen un paso más en la destrucción de ese mundo en común —el de las palabras compartidas— que requiere la democracia. Trump, en su papel de monarca absoluto, ha sustituido las dulces palabras del soft power por un lenguaje agresivo, propio de la guerra, acorde con su exhibición descarada del poder de la fuerza sin reglas que quiere imponer al mundo.

La manipulación del lenguaje parece haber atrapado a la Unión Europea. A partir de un problema real, la necesidad de armonización normativa, se han aprobado unos paquetes ómnibus que usan bellas palabras como simplificación y armonización para hacer otra cosa distinta, desregular. Así, se ha frenado y dado marcha atrás en los objetivos del Pacto Verde, entre otros la descarbonización o el control de los pesticidas agrícolas, al tiempo que se vacían de contenido las directivas que regulan los deberes de información y diligencia debida sobre los impactos sociales y medioambientales de empresas, sus filiales y proveedores.

Podemos convenir que Europa necesita armonizar 27 legislaciones diversas para simplificar la legislación, pero estos objetivos no deben ser la coartada para la desregulación. Se puede entender que a Europa, con su complejidad, le cueste protegerse de unos EE UU que nos ven como un obstáculo a sus objetivos de imperialismo desinhibido, pero eso no justifica que Europa se sume a la carrera global por la desregulación. La UE no puede autolesionarse con estas leyes ómnibus. No podemos retroceder en el terreno de la sostenibilidad, ni dejar las innovaciones tecnológicas en manos del poder feudal —lo del mercado les parece excesivamente liberal— de unos pocos oligarcas.

Si la Unión Europea quiere sobrevivir al tsunami de los liberticidas globales solo puede hacerlo reforzando los valores que le son propios. La defensa de un mundo en común requiere del diálogo y la cooperación para fortalecer derechos universales e inalienables y un modelo de competitividad en el que la descarbonización y la sostenibilidad sean insoslayables.

Para generar esperanza, evitando el determinismo y la resignación a los que nos quiere conducir la coalición entre paleoconservadores y tecnoautoritarios, deberíamos comenzar por librar la batalla del lenguaje como parte sustancial de la pugna ideológica por un modelo de sociedad que merezca este nombre. Armonización no debe ser sinónimo de desregulación.

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