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TRIBUNA

Aquiles y la tortuga, o la carrera entre ciencia y democracia

Parte de la ciudadanía defiende soluciones tecnoautoritarias al considerar que los sistemas políticos son incapaces de transformar la sociedad

Eva Vázquez

No sé si están familiarizados con la carrera entre Aquiles y la tortuga que imaginó Zenón de Elea, el filósofo presocrático. La historia es la siguiente. Como se trata de una competición un tanto descompensada, Aquiles le da cierta ventaja a la tortuga, la cual sale de un punto adelantado. Se inicia la carrera, y Aquiles ha de llegar al punto de salida de la tortuga. Pero cuando llega allí, la tortuga ha avanzado un poco, por lo que Aquiles no la alcanza. Cuando este llega al nuevo punto de la tortuga, aquella ha conseguido moverse un poco más, así que el problema se repite. Aunque la distancia entre ambos sea cada vez menor, el problema se reproduce hasta el infinito. Conclusión: Aquiles, por rápido que corra, no alcanza nunca a la tortuga porque no puede realizar infinitos movimientos (antes de llegar a la mitad de la distancia que les separa, tiene que recorrer la mitad de esa distancia y así sucesivamente). Los matemáticos hace tiempo que resolvieron este problema con sus teorías sobre series numéricas infinitas cuyos elementos suman un número finito.

Permítanme que recurra a esta vieja historia para arrojar algo de luz sobre uno de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo: la profunda decepción de mucha gente con las democracias existentes. Soy consciente de que este es un problema complejísimo que admite múltiples explicaciones. En estas mismas páginas he hablado de este tema con cierta regularidad, sugiriendo que asistimos a una gran crisis de intermediación en muchas esferas de la sociedad, incluyendo la política. Los mediadores políticos tradicionales (partidos, medios, expertos, etcétera) hoy están cuestionados. Las personas se sienten soberanas y consideran que su opinión vale lo mismo o más que la de las élites, por lo que no están dispuestas a que sus intereses y opiniones se filtren a través de las instituciones mediadoras clásicas. Esta es una de las razones del cuestionamiento de la representación. En esta ocasión, sin embargo, quisiera proponer un ángulo distinto, menos explorado, inspirado en Aquiles y la tortuga.

Pongamos que Aquiles es la ciencia veloz y la tortuga la lenta democracia. La tensión entre ambas quizá ayude a entender la confianza menguante en la tortuga. Valgan los siguientes ejemplos para introducir la cuestión. Los móviles llegaron a nuestras vidas hacia finales de los años noventa, hace no tanto. Al principio, eran un poco aparatosos y solo servían para hacer llamadas. Luego apareció la posibilidad de enviar mensajes y más tarde el acceso a internet. Hoy, además, hacen vídeos, sirven para escuchar música, nos guían en las ciudades, compramos toda clase de cosas a través de su pantalla, etcétera, etcétera, etcétera. Nos acompañan a todas horas, dependemos de ellos para casi todo y, si le ocurre algo grave a nuestro dispositivo, consideramos que es urgente hacerse con uno nuevo. Ha sido un avance vertiginoso, propio de un Aquiles, que ha cambiado nuestros hábitos cotidianos de una forma radical.

Más rápido y asombroso aún fue el desarrollo de la vacuna contra la covid: los científicos, en menos de un año desde el inicio de la pandemia, consiguieron empezar a administrar la vacuna, evitando varios millones de muertes y permitiendo la vuelta a lo que se llamaba “la normalidad”. Añadan a lo anterior la explosión de la inteligencia artificial, el progreso en la lucha contra el cáncer, los avances en la búsqueda de nuevas fuentes de energía… Vivimos tiempos vertiginosos. Estamos asistiendo a una tremenda aceleración científica y tecnológica. Cuesta seguirlo. Las novedades son tantas que los medios no dan abasto para informar de ellas.

Y luego está la tortuga, lenta, pesada y longeva. Es la democracia, una vieja conocida. Vuelvan mentalmente a los años noventa, cuando empezaron los móviles. ¿Son capaces de mencionar alguna innovación institucional en estas últimas tres décadas de democracia? Probablemente no. Tampoco creo que puedan encontrar ninguna si amplían la búsqueda y comienzan desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La idea de formar gobiernos representativos a partir de elecciones con sufragio universal, ya sea en sistemas parlamentarios o presidencialistas, no ha variado en más de un siglo.

El contraste entre la estabilidad institucional de las democracias y el cambio imparable de la ciencia y la tecnología no puede ser más llamativo. No se trata solamente de innovación. Es también la capacidad de modificar el statu quo. Hay una percepción muy extendida de que los sistemas políticos son incapaces de transformar las sociedades y dar soluciones a los problemas que acechan (desde el cambio climático hasta el impacto de los flujos de población, pasando por la desigualdad). Cualquier reforma se enfrenta a innumerables obstáculos y resistencias. Muchas reformas no llegan a aprobarse por la fragmentación parlamentaria, la oposición de los grupos afectados, la complejidad burocrática o la falta de fondos. Los planes ambiciosos que se anuncian (ya sea la reindustrialización, la descarbonización o la reforma del Estado del bienestar) suelen quedar en un pálido reflejo de las intenciones originales. Cuando llega el momento de la puesta en práctica, se ejecuta una versión reducida o se retrasan los plazos. Los esfuerzos terminan diluyéndose, sin que la ciudadanía acabe de percibir el efecto de la política sobre el presente y el futuro.

Ante este panorama un tanto desolador, los dueños de las grandes tecnológicas digitales ocultan cada vez menos su desprecio por la política democrática. Sueñan con soluciones tecnoautoritarias que permitan que las sociedades se gestionen siguiendo el modelo organizativo de sus exitosas empresas. Piensan que los problemas políticos se pueden resolver aplicando criterios empresariales.

Una parte de la ciudadanía comparte este diagnóstico, sobre todo en las generaciones más jóvenes, que han vivido muy de cerca las novedades incesantes que proceden del mundo científico-técnico y que, a la vez, experimentan la impotencia de las democracias.

Quizá así se explique parte del atractivo que tienen los líderes de la derecha radical, pues lo que prometen es saltarse todos los obstáculos al cambio que hay en nuestros sistemas políticos y así conseguir una transformación profunda de la sociedad, frente a las reformas incrementales (a menudo insuficientes) que ponen en marcha los partidos tradicionales. La gente sensata se pregunta cómo es posible que Donald Trump obtenga tantos votos: en cierto modo, la respuesta tiene que ver con el hecho de que actúe como un Aquiles. En su primer año de mandato ha firmado más de 200 decretos, ha invadido las competencias del Congreso en política comercial, ha usado la coerción contra universidades, medios de comunicación y bufetes de abogados, ha creado una especie de milicia para acabar con los inmigrantes sin papeles, ha secuestrado al presidente de Venezuela, etcétera. Está dispuesto a transformar la sociedad norteamericana y el sistema internacional. Su hiperactividad es una señal inequívoca de que él no es como sus predecesores: tiene un plan para cambiar América y el mundo y no va a parar hasta conseguirlo.

Lo que no está claro en estos momentos es si Aquiles adelantará a la tortuga. Todavía está por demostrar que corriendo más rápido se llegue más lejos cuando la carrera es larga. No tardaremos mucho en saberlo. Pronto veremos si Aquiles se cae o si, por el contrario, se coloca en cabeza.

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