Trump, a las puertas de París
La extrema derecha europea surfea como puede las contradicciones que le impone la política de quien hasta hace poco era su gran esperanza

El pasado noviembre, se publicó la que probablemente sea la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense más leída y citada de las últimas décadas. Como ya había adelantado el vicepresidente estadounidense J. D. Vance en un discurso pronunciado meses antes en Múnich, el problema de Europa es, a su juicio, “la amenaza desde dentro”. Vance describió un continente en el que la libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de culto estarían en evidente retroceso. La “inmigración masiva”, promovida por los políticos y la burocracia bruselense, habría convertido Europa en un lugar peligroso. Europa necesita poco menos que un cambio de régimen. El documento estratégico va en la misma dirección: “La creciente influencia de los partidos patrióticos europeos es, en efecto, motivo de gran optimismo. Nuestro objetivo debe ser ayudar a Europa a corregir su trayectoria actual. Cultivar, dentro de las naciones europeas, la resistencia a la trayectoria actual de Europa”.
Cuando Trump regresó a la Casa Blanca, muchos analistas auguraron un crecimiento electoral inevitable, el avance irresistible de las fuerzas de la conocida como Internacional reaccionaria. Sin embargo, progresivamente y desde entonces, se ha ido construyendo en Canadá, Australia, Brasil, México o también Colombia cierta resistencia internacional a los movimientos más provocadores del presidente estadounidense. ¿Cómo ha respondido Europa? ¿Y su extrema derecha? ¿Podría Trump acabar logrando justo lo contrario de lo que se propone?
“¿Qué haría usted para frenar a Trump?” es una de las preguntas más repetidas hoy en Francia, y lo seguirá siendo, previsiblemente, de aquí a 2027. La intervención en Venezuela y la amenaza sobre Groenlandia han llevado a muchos franceses a levantar la ceja en señal de algo más que simple desconfianza. La pregunta se dirige a todos los candidatos presidenciales, pero adquiere un peso específico mayor cuando se plantea a quienes han hecho de la defensa nacional uno de los pilares de su discurso. ¿Qué tienen que decir Marine Le Pen y Jordan Bardella?
En el juego político actual oponerse mejor que el contrincante al presidente estadounidense cotiza. Hemos visto a un Emmanuel Macron desafiante —gafas de sol incluidas, a lo Top Gun— llamarle matón, o a Pedro Sánchez colocarse en el lado opuesto de la foto apenas semanas después del no al 5% del PIB en defensa. Y mientras la todavía menguante socialdemocracia europea busca desesperadamente quién será el líder que se alce frente al imperio americano, la extrema derecha surfea como puede las contradicciones que le impone quien hasta hace poco era su gran esperanza y protector.
En el año que media entre el discurso de Múnich y los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti por parte de las fuerzas de la policía de fronteras en Minnesota, la política exterior e interior de la Administración de Trump se ha convertido en un problema —y no menor— para las ultraderechas europeas. En apenas un año, Vance ha pasado de recriminar a los dirigentes europeos las restricciones a la libertad de expresión en las redes sociales a negar, frente a las evidencias a la vista de todos, que dos ciudadanos estadounidenses blancos han sido abatidos a sangre fría por agentes federales.
Según una encuesta reciente de Cluster 17 para Le Grand Continent, Trump está provocando un auténtico vuelco en la opinión pública europea. Quién sabe si incluso el surgimiento de una comunidad imaginada, en el sentido que teorizaba Benedict Anderson. No deja de resultar irónico que sea ahora —y por esta vía— cuando empiece a plantearse la posibilidad de una identidad europea compartida. ¿Será esta amenaza de un poder exterior el desencadenante? El 63% de la población europea se declara favorable al envío de tropas a Groenlandia. El 44% considera a Trump un dictador y solo un 10% cree que respeta los principios democráticos. Y la mayoría —el 51 %— lo califica directamente como un “enemigo”. Un diagnóstico que difícilmente podía resultar ajeno en Francia, donde incluso la derecha hizo, durante décadas, de la soberanía frente a Estados Unidos una seña de identidad política.
“La soberanía de los Estados nunca es negociable, independientemente de su tamaño, poder o continente. Es inviolable y sagrada”, tuiteó Marine Le Pen horas después del secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, olvidando su prolongado silencio ante la anexión de Crimea por parte del ejército ruso. Hoy, sin embargo, la amenaza se percibe más cerca. El mensaje, que llamó la atención de propios y extraños, fue compartido incluso por el presidente colombiano Gustavo Petro. La hija de Jean-Marie Le Pen —admirador confeso de Ronald Reagan— convertida por la vía de un retuit presidencial latinoamericano en una inesperada voz antimperial.
Hasta hace muy poco, Jordan Bardella reivindicaba la estrategia Trump como modelo político. “La corriente de ideas que defendemos se expresa hoy en Estados Unidos: defender a los nuestros primero”, insistía. ¿Qué ocurre, entonces, cuando los nuestros chocan frontalmente con los suyos? ¿Se defiende la soberanía francesa —también frente a los Estados Unidos de Donald Trump— o se acepta una relación de servidumbre que acaba desmontando cualquier retórica nacional?
Y esa es la cuestión existencial a la que se enfrenta Reagrupamiento Nacional a poco más de un año de las elecciones presidenciales de 2027. El partido de Marine Le Pen lleva años acariciando el poder del Elíseo sin que la profecía llegue a cumplirse y, esta vez, además, su aliado americano natural nada a la contra. “Europa debe reaccionar con sanciones estratégicas y económicas frente al chantaje tarifario que amenaza la soberanía de un Estado europeo, o desapareceremos bajo lógicas imperiales”. “No creemos en una vasallización feliz: somos el pueblo francés, una nación libre”. Son palabras de su delfín, que revelan hasta qué punto son conscientes del nuevo riesgo que se cierne sobre ellos.
“Estos son mis principios y, si no le gustan, tengo otros”, podrían pensar muchos. Pero lo cierto es que, en un país como Francia, donde Reagrupamiento Nacional reúne a más de 10 millones de votantes, el mito de la Resistencia sigue teniendo un peso cultural indiscutible. De hecho, la figura política francesa más importante del siglo XX, el general Charles de Gaulle, es hoy reivindicada por Marine Le Pen, pese a que desde el otro lado del Atlántico no faltaran quienes lo emparentaron en su día con el comunismo o el socialismo. Los herederos de Philippe Pétain saben que hoy nadie aceptaría en Francia un Gobierno Quisling, un Gobierno colaboracionista como el que los nazis impusieron en Noruega.
Mientras la extrema derecha sigue buscando su lugar entre sus naciones y la influencia trumpista, cabe preguntarse si no estamos ante una oportunidad para Europa. La amenaza existencial de Trump puede ser la salvación de Europa. Una vez asumida “la decadencia europea” que Vance nos arrojaba a la cara, y aceptando que la principal amenaza a nuestro modo de vida son las lógicas imperiales que han regresado con toda su crudeza, ¿estaremos en condiciones de reconstruir un mínimo denominador común democrático y europeo al margen de cualquier vasallaje?
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