Contra el orden mundial hobbesiano de Trump
El presidente pretende que EE UU obtenga lo que quiere de aquellos a los que considera débiles; frente a esta amenaza no bastan las condenas


Un año después de comenzar su segundo mandato, es indudable que Donald Trump es el presidente estadounidense más revolucionario de la historia reciente. En principio, America First podía parecer una postura aislacionista (sobre todo para la base MAGA de Trump), pero ahora está claro que incluye una visión del mundo hobbesiana, según la cual los poderosos Estados Unidos extraen lo que quieren de aquellos a los que consideran débiles. De acuerdo con ella, no parece probable que EE UU se enfrente militarmente a países equiparables, como China, ni dotados de armas nucleares, como Rusia o Corea del Norte. Competirá con otras superpotencias por los recursos y las tecnologías avanzadas, para evitar que superen a EE UU. Pero lo más seguro es que, en general, Trump no intervenga mucho en las esferas de influencia de esos Estados, siempre que se mantengan al margen de lo que él considera que es de EE UU.
Lo que sucede es que, en opinión de Trump, no están manteniéndose al margen. La presencia de China en América Latina se considera, cada vez más, una amenaza estratégica. Ha invertido miles de millones de dólares en Brasil, ha incorporado a Colombia a su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda y ha invertido generosamente en la producción argentina de cloruro de litio, componente esencial para fabricar baterías. Además, China ha reemplazado la soja que adquiría a los exportadores estadounidenses comprando el doble de volumen a Brasil, y ha hecho del puerto de Chancay, en Perú, el centro neurálgico de su logística en la región. La potencia asiática aumentó el comercio electrónico con Latinoamérica casi un 50% en 2025 y, de paso, vincula las infraestructuras digitales a sus objetivos en materia de soberanía de datos, ciberseguridad y expansión de su capacidad de vigilancia. Pekín también ha ampliado considerablemente su presencia militar en todo el continente mediante la venta de armas, programas de formación y alianzas estratégicas, en particular con Venezuela.
La idea de que la presencia de China en Latinoamérica es una amenaza para EE UU parte de una vieja teoría. En 1823, la Doctrina Monroe estipuló que el hemisferio occidental estaba bajo el dominio estadounidense y que cualquier actuación extranjera en América se consideraría un acto hostil. Desde entonces, casi un tercio de las casi 400 intervenciones que ha llevado a cabo EE UU en todo el mundo se han producido en América Latina, donde ha derrocado gobiernos que consideraba contrarios a sus intereses, a menudo con tácticas que los tribunales internacionales declararon ilegales más tarde.
En 2013, el secretario de Estado del presidente Barack Obama, John Kerry, anunció que “la era de la Doctrina Monroe” había terminado: EE UU vería a América Latina como un socio y no como una esfera de influencia. Ahora ha cambiado esa postura: el Gobierno de Trump, en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, se compromete a “restablecer y hacer cumplir” la Doctrina Monroe. Estaba listo el terreno para el ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro.
Maduro era un dictador que robó las elecciones presidenciales de 2024, diezmó la economía venezolana y violó los derechos humanos de su pueblo. Pero la intervención estadounidense tiene poco que ver con “liberar” a Venezuela de esa “tiranía”. De acuerdo con esa lógica, hay muchos más dictadores que derrocar y, sin embargo, Trump está más interesado en anexionarse Groenlandia.
A Trump ni siquiera le interesa especialmente un cambio de régimen en Venezuela. Probablemente, considera a los dos líderes de la oposición, Edmundo González y la Nobel de la Paz María Corina Machado, demasiado débiles y demasiado liberales para ser lacayos fieles. En lugar de ellos, ha tomado posesión como presidenta interina la vicepresidenta Delcy Rodríguez, cuya experiencia en doblegarse ante China y Rusia probablemente pueda transferirse a EE UU.
Aunque la Estrategia de Seguridad Nacional no cita a Venezuela, no deja lugar a dudas sobre las intenciones de Trump. Estados Unidos, afirma, no permitirá que “unos competidores no hemisféricos” sitúen “tropas ni otros instrumentos amenazantes, ni que posean o controlen activos estratégicos vitales en nuestro hemisferio”. Trump quiere asegurarse de que sea EE UU el que controle los vastos recursos venezolanos, empezando por las mayores reservas de petróleo del mundo.
Hasta ahora, China absorbía alrededor del 80% de las exportaciones anuales de petróleo venezolano. Uno de los compradores del 20% restante, a precio reducido, es Cuba. Controlar el sector petrolero venezolano tiene muchas ventajas para EE UU: ofrece oportunidades para sus petroleras, priva de una fuente de energía a China y debilita la ya maltrecha economía cubana.
Desde luego, a Trump le encantaría ser el presidente que acabase con el régimen cubano, entre otras cosas porque le daría muchos puntos entre la numerosa comunidad cubana estadounidense. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha llegado a insinuar que Trump podría atacar Cuba (el presidente colombiano, Gustavo Petro, también ha recibido amenazas del Gobierno de Trump por sus duras críticas a las intervenciones de EE UU en Latinoamérica).
Aparte del petróleo, Venezuela alberga grandes reservas de minerales críticos, incluidas tierras raras, fundamentales para numerosas industrias de alta tecnología. Si Estados Unidos consigue controlarlos, podría debilitar la hegemonía china en esas cadenas de suministro.
La obsesión de Trump por apoderarse de la riqueza mineral de otros países no se limita a Venezuela. El año pasado, Washington empleó la intimidación para obligar a Ucrania a firmar un acuerdo por el que se compromete a repartir con EE UU los beneficios de la futura venta de sus reservas minerales y energéticas, en teoría para reembolsarle los gastos destinados a ayudar a su defensa. Ahora, Groenlandia está en el punto de mira del presidente porque tiene las mayores reservas del mundo de tierras raras sin explotar.
Trump asegura que Estados Unidos quiere proyectar una imagen de fuerza para “volver a ser respetado”. Muchos gobernantes están dispuestos a seguirle la corriente con la esperanza de salir beneficiados. El presidente argentino, Javier Milei, aplaudió el ataque a Venezuela, entro otros dirigentes. Los partidos “patrióticos” de extrema derecha de Europa, a los que la Estrategia de Seguridad Nacional elogia, también se han mostrado satisfechos con la intervención.
A estas alturas, debería estar claro que Trump no es digno de confianza. Los aliados europeos están comprendiéndolo porque afrontan la posibilidad de tener que defender Groenlandia. También está dándose cuenta María Corina Machado, quien dedicó su Nobel a Trump esperando que derrocara el régimen de Maduro y se ha visto marginada. El miedo, el odio y la desconfianza no se transforman en respeto.
Con la operación en Venezuela, Trump ha invitado descaradamente a China a invadir Taiwán, al tiempo que justifica la invasión de Ucrania por Rusia. También ha sentado las bases para más acciones militares ilegales de Washington en América Latina y en otros lugares. Si el mundo quiere evitar el comienzo de una nueva era hobbesiana en las relaciones internacionales, no bastan las condenas. Las viejas y las nuevas potencias, como Alemania, India o Japón, deben trabajar unidas para reafirmar y hacer cumplir las normas de conducta.
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