El despertar del noble sueño europeo
El manto protector de EE UU ensimismó al Viejo Continente hasta el punto de creer que la razón había triunfado sobre la fuerza tras la fundación de la ONU

El filósofo H. L. A. Hart creía que la idea de gobernar la sociedad a través de reglas era un noble sueño. Frente el arbitrario y caprichoso gobierno de los hombres, las virtudes igualitarias del gobierno de las reglas. En algunos estados-nación, el sueño se aproximó a la realidad. Pero en materia de relaciones internacionales, nunca ha dejado de ser, básicamente, eso: un noble sueño. Lo inquietante es que hasta el 3 de enero de 2026 una parte de los liberales y progresistas occidentales, singularmente los europeos, soñaban despiertos.
El 5 de enero, el Ministro de Exteriores de España, José Manuel Albares, decía en la Cadena SER que la prosperidad y la paz de los últimos sesenta años en Europa se debía a que el orden internacional era un orden basado en reglas. Pero es probable que las condiciones favorables de Europa se expliquen mejor por haber estado durante medio siglo del lado “bueno” de los intereses de Estados Unidos que porque el mundo esté en la práctica organizado mediante un sistema de reglas.
El manto protector de Estados Unidos aisló y ensimismó a los europeos hasta tal punto que creyeron que la razón, la Ilustración y el cosmopolitismo kantiano habían triunfado tras la fundación de la ONU. Pero mientras Europa creía estar viviendo el noble sueño, el resto del mundo (o casi) vivía la pesadilla de los hechos consumados: Vietnam, Panamá, Guatemala, Libia, Venezuela, Irak, Irán, República Dominicana, Laos y Camboya, Honduras o Yemen, entre otros países, fueron agredidos por Estados Unidos en clara violación de las reglas. Por no hablar de aquellos lugares donde Estados Unidos las vulneraba de manera vicaria: Chile, Palestina o Nicaragua, por nombrar solo los ejemplos más sonoros a oídos del lector español.
Se podría incautamente aducir que se trataba de excepciones. Pero si ya es dudoso que pueda decirse con sentido que las reglas tienen excepciones (¿qué excepciones tienen las reglas de la aritmética?), es definitivamente anómalo decir que un comportamiento que se repite durante el tiempo, tanto bajo administraciones republicanas como bajo administraciones demócratas, sea un comportamiento excepcional. A nivel internacional, Estados Unidos no ha ejercido un gobierno de las reglas, sino de los hombres.
La diferencia entre Trump y sus predecesores es la desvergüenza. Esto no es banal. Puede que los anteriores presidentes fueran unos hipócritas. Pero basta ver cómo la actitud de matón de Trump genera zozobra para darse cuenta de que la hipocresía tiene más valor del que creemos. Pero esto, no siendo trivial, no es lo importante.
Europa creía formar parte de un proyecto universalista junto a Estados Unidos, pero en realidad solo era el protegido de un proyecto localista con intereses globales. Solo cuando Europa ha pasado a formar parte del lado “malo” de los intereses de Estados Unidos los europeos han empezado a notar que tal vez estaban soñando. Lo que se quebró cuando Trump exigió más gasto en defensa a los países miembros de la OTAN y empezó a ser hostil hacia los europeos no fue el derecho internacional, sino el manto protector de Estados Unidos.
No son los liberales y progresistas europeos los únicos que soñaban esta noble fábula. Anne Applebaum (3 de enero, en conversación con David Frum) dijo que Estados Unidos debía regresar al derecho internacional. “Regresar” implica que se vuelve al lugar donde se estaba. Olvidémonos de la retórica universalista de la democracia y los derechos humanos por un momento. Olvidémonos también de las reglas del comercio internacional, cuya suerte ha sido menos mala que las del derecho público. ¿Cuándo ha respetado Estados Unidos, en la práctica, las reglas en el orden mundial? La respuesta es: solo cuando las reglas estaban alineadas con sus intereses. Pero esto no es seguir reglas. Como decía Kant, ser guiado por reglas no es solo actuar de conformidad con las reglas, sino estar motivado por estas. Estados Unidos ha actuado los últimos sesenta años motivado por sus intereses nacionales y por los de sus aliados. Pero rara vez ha actuado movido por las reglas.
Los europeos ahora están desvelados. Se están despertando del noble sueño de diferentes maneras. En primer lugar, están los que querrían seguir soñando: como Albares ―y como Applebaum―, siguen predicando que hay que volver al orden internacional regido por reglas. Están sonámbulos y tienen un micrófono en la mano.
En segundo lugar, están quienes creen que este es un mundo nuevo no porque hayamos dejado atrás el noble sueño sino porque Estados Unidos ha dejado atrás a los europeos. Hay que competir en este nuevo mundo. Borrell o Habermas, entre otros, creen que necesitamos autonomía militar. Hay que tener un ejército europeo, o al menos hay que subir el gasto en Defensa de cada país miembro de la Unión Europea. Como decía Ivan Krastev, Europa no puede ser un vegetariano en una cena de caníbales. Además de la inquietante lógica belicista de esta salida, el problema ―como señalaba el propio Krastev— es que existe la posibilidad real de que la ultraderecha llegue en un futuro no muy lejano al poder en Alemania, Francia o España y, cuando lo haga, se encuentre con ejércitos bastante más poderosos de lo que son ahora. Esto provoca escalofríos históricos. Puede hacer resurgir las sospechas entre socios europeos, desconfianza que, durante el siglo XX, terminó en conflictos colosales. Y además puede significar tener a engrosados ejércitos europeos alineados, o al menos no hostiles, con los intereses de Vladímir Putin.
Pero hay otro despertar posible del noble sueño. Es el más difícil. Implica reconocer que se estuvo soñando durante sesenta años en unas condiciones de las que solo se gozaba, esencialmente, en Europa y en Estados Unidos. Implica también admitir que lo que indujo el noble sueño no es necesariamente lo mismo que aquello que lo puede materializar: puede que la idea de un orden internacional basado en reglas sea fruto de la razón (no lo sé y no creo que esto sea importante), pero el derecho no se pone en práctica mediante la razón, sino mediante la coerción. Suena incómodo, ¿verdad? Pero si uno cree que las reglas son la manera de organizar la sociedad entonces tiene que aceptar la coerción como parte del entramado del que forma parte esa idea. Como Europa había externalizado o subcontratado a Estados Unidos (o a la OTAN, como ustedes prefieran) casi toda capacidad coercitiva, creyó que un orden internacional basado en reglas se podía instaurar solo mediante el uso de la razón. Pero esto no es ya sueño. Es fantasía.
Sospecho que la actual batalla está perdida. La manera de ver el mundo de Trump, Putin y Xi Jinping es la vencedora por el momento. Ha vencido la ley del más fuerte, que es tanto como decir que no hay ley. Pero hay que insistir en el noble sueño. Para que deje de serlo. Y hay que ser conscientes de que se trata de un camino muy largo. Se podría empezar dotando de más recursos al Tribunal Penal Internacional y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, entre otras instituciones, para que aumente su capacidad de hacer cumplir las leyes y sus sentencias.
No necesitamos reivindicar el derecho internacional. Necesitamos aplicar el derecho internacional. Y esto es imposible sin la coerción. La fuerza sin reglas es barbarie e imperialismo. Las reglas sin coerción son ilusiones ilustradas.
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