Crítica sin autocrítica
El orden que ahora vemos tambalearse también puede quedar derrotado por su propia insuficiencia y por el incumplimiento de sus promesas


Casi nadie hace lo que dice. El diagnóstico vale para los individuos, pero también para colectivos o sociedades enteras. En nuestros días solemos repetir dos mantras con gran prestigio intelectual que, sin embargo, rara vez pasan de la retórica: el elogio del pensamiento crítico y la invocación constante a la complejidad del mundo. Aparecen en discursos empresariales, en la publicidad educativa y en conferencias motivacionales, pero escasean cuando llega el momento de actuar.
Lo paradójico es que apelamos a la complejidad de nuestra circunstancia y la urgencia del pensamiento crítico al tiempo que formulamos diagnósticos simplistas y proscribimos la función más apremiante de ese pensamiento crítico, que no es otra que la autocrítica. Predicamos la crítica y la complejidad, pero practicamos la autoindulgencia y la simplicidad.
Esta contradicción vuelve a hacerse visible en el modo en que tendemos a evaluar la intervención de Donald Trump en Venezuela. Subrayar los pocos escrúpulos del presidente estadounidense, su nulo compromiso democrático o el carácter impúdico de su política exterior resulta imprescindible, pero a buen seguro insuficiente. Del mismo modo, invocar el derecho internacional o lamentar la quiebra del multilateralismo es una actitud tan oportuna como complaciente.
Al menos dos causas convergen en la desactivación del mundo que conocimos, aunque solemos reconocer solo una. De una parte, están los enemigos declarados del propio sistema, entre los que cabe contar a Trump, los populismos o a las tiránicas manos fuertes de Xi o Putin. Sin embargo, no deberíamos olvidar que el orden que ahora vemos tambalearse también puede quedar derrotado por su propia insuficiencia y por el incumplimiento de sus promesas.
¿De qué ha servido el derecho internacional a los venezolanos secuestrados, torturados, asesinados o exiliados por el chavismo? ¿Qué utilidad tiene la Constitución española para los jóvenes que no pueden acceder a una vivienda? ¿Cómo pueden confiar en el pacto social o en las reglas los que sienten que esas mismas reglas los han traicionado? Quienes defendemos el orden democrático liberal debemos saber que ni la democracia, ni la UE ni el derecho internacional sobrevivirán si no se demuestran capaces de satisfacer los anhelos, las inquietudes y los legítimos intereses de millones de personas. Es imprescindible mirar fuera y señalar al enemigo. Pero alguna vez, por autocrítica y para acoger la complejidad del debate, haríamos bien en mirarnos a nosotros mismos.
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