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Sexo y bendición

Sería bueno que la Iglesia comprendiese que la castidad, entendida como un sacrificio divino, es un mandato antihumano

¿Qué será Lázaro de mayor? Lo que haya sido Lazarillo. La literatura nos enseña el respeto que merecen los niños y el valor de la educación a la hora de valorar nuestros destinos. Debemos recibir con entusiasmo los acuerdos del Gobierno con la Iglesia para hacerle justicia a las víctimas de la pederastia sacerdotal. Reconocer que somos vulnerables es la mejor manera de defender la convivencia y de recuperar la fe en el futuro. Quizá convendría aprovechar estos debates para defender también la importancia de la sexualidad. Sería bueno que la Iglesia Católica comprendiese que la castidad, entendida como un sacrificio divino, es un mandato antihumano y que la represión sexual tiene consecuencias muy negativas. Significaría un paso adelante que los católicos aceptaran que se puede unir la vocación sacerdotal con el valor humano del sexo, algo inseparable del pan, el vino y los peces.

Yo no puedo estar en contra de la sexualidad de los curas. A ella le debemos algunos de los grandes milagros de la poesía contemporánea. España, en este sentido, es también una nación muy adelantada. Un cura de origen español llamado José Rufo estableció relaciones humanas y mestizas en Perú con una mujer llamada Justa. Tuvieron un hijo llamado Francisco de Paula. Otro cura español, Baltazar Joaquín, interesado por el mundo indígena, se unió con Natividad para hermanar la carne y la vocación. Fue padre de una niña llamada María de los Santos. Entre comentarios torpes sobre el bien y el mal, Francisco y María crecieron, se enamoraron, se casaron y tuvieron 11 hijos. El último de ellos, nacido en Santiago de Chuco en 1892, fue bautizado con el nombre César Abraham Vallejo Mendoza. Hubiera sido una gran tragedia para la cultura en español que la castidad sacerdotal nos hubiese dejado sin César Vallejo, grandísimo poeta de nuestra lengua. Autor de Poemas humanos, una palabra suya bastará para sanarnos.

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