Relación de miserias políticas
Gane quien gane las elecciones, no nos vamos a librar de la degradación de la pugna partidaria


El mismo día de la entrada en prisión de Ábalos y Koldo había dos interesantes y turbadoras noticias en este periódico. La primera era el resultado de una investigación sobre la preocupante desertización del territorio español; la segunda, con ocasión de un estudio del CIS, sobre el miedo al futuro en la sociedad española. Ambas exigen un debate público; ambas serán silenciadas por el peso del politiqueo que todo lo engulle. Como es lógico, el listado de temas que quedan sin discutir no se restringe a estos dos; son una mera muestra de la cantidad de cuestiones que quedan sin abordar o se empujan a los márgenes del interés público. En el centro de este se ubica de modo ineluctable la lucha partidista por el poder, ahora centrada en el caso Ábalos y sus posibles repercusiones. En otras palabras, aquello que requiere una discusión e intervención política para encontrar soluciones a los problemas es suplido por la política teatralizada del conflicto entre partidos.
Con esto no quiero decir que las cuestiones de moral pública no sean centrales; lo son, sin duda. Pero el uso que se hace de los casos que van apareciendo se filtra siempre por el interés partidista. Los aspavientos que en su día exhibiera el PSOE ante los escándalos del PP se tornan, ahora que tiene los suyos propios, en una actitud medrosa y defensiva; y viceversa, el PP, que en su día no paró de ocultar y menospreciar los que le afectaban, se erige ahora en paladín de la ética pública y no para de rasgarse las vestiduras. No, esto no va de moral; va de la más maquiaveliana o nietzscheana voluntad de poder, de cómo conservarlo o alcanzarlo. Estas actitudes hipócritas constituyen uno de los elementos más corrosivos para la confianza en la política. Si esta, además, se ve desbordada continuamente en su capacidad de gobierno por exigencias que no puede satisfacer —véase el caso de la vivienda—, la crisis de confianza se ve potenciada a su vez por una crisis de eficiencia. ¿Cómo no van a tener nuestros jóvenes miedo al futuro?
Esta es la situación en la que estamos. La relación es demasiado extensa para reflejarla aquí. Bastan unas pinceladas: una gobernabilidad capada por la incapacidad para sostener mayorías parlamentarias; un protagonismo político de los jueces, que, con independencia de que sea legítimo o no, no es saludable en ningún sistema democrático; una polarización extrema, que, lejos de disminuir, se excita al olor de las convocatorias electorales; el ya mencionado debate público demediado y reducido a servir de caja de resonancia de intereses partidistas, y el entorno europeo y geopolítico más preocupante de los últimos 50 años, que exigiría justo aquello que no nos podemos permitir, una acción política nacional bien asentada sobre consensos básicos internos.
Ante esta constelación de factores, lo lógico sería convocar elecciones, la única defensa que tienen los sistemas democráticos cuando la política no puede llevar a cabo sus fines y necesita recurrir a un reset. Es lo que yo también recomendaría, aunque solo fuera por responsabilidad ante los casos de corrupción. Pero lo hago sin ilusiones y con pocas esperanzas. Me temo que, gane quien gane, no nos vamos a librar del principal problema que nos afecta: la degradación guerracivilista de nuestra política, la forma en la que se comunica y se practica, tan necesitada de enemigos existenciales. ¿Cómo se resetea eso? No lo sé. Aun así, intuyo hacia dónde se puede dirigir el ciudadano insatisfecho: militar en la antipolítica populista, caer en el nihilismo o la apatía política, o refugiarse en lo privado. Actitudes todas que coadyuvan a la progresiva erosión de la democracia. Hacia ahí vamos.
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