Jugar con fuego
La vergüenza ajena por las actuaciones de algunos políticos lleva a un porcentaje nada desdeñable de la ciudadanía al descreimiento en la democracia

Se puede llevar la vergüenza vicaria hasta límites insanos. Sentir una incomodidad profunda por los actos que cometen otros. Cabría justificarlo con la razón muy manida de la educación judeocristiana, pero más bien proviene, creo, del sentido de la honradez que te inculcaron los padres. Esa imaginación prospectiva que te hacía verte a ti mismo esposado si robabas. Solo merecía el perdón el que robaba por necesidad.
Cuando veo el último gesto de Ábalos antes de su viaje a la cárcel, en vez de sentir la rabia de quien ha sido estafada, experimento una profunda vergüenza y la necesidad de mirarlo a los ojos para increparle: ¿Cómo es posible que fueras incapaz de imaginar este momento? Son sentimientos que brotan con tanta frecuencia que es preciso neutralizarlos. Hay que poner un límite a eso de ponerse en la piel de otros en la vida real; en la literatura, en cambio, hay que saber calzar los zapatos de un cretino.
La vergüenza es mayor al comprobar que aquellos que se mostraban como ejemplares con discursitos baratos se lo estaban llevando crudo. Mientras un país contenía el aliento a diario cuando se notificaban las cifras de muertos por coronavirus, unos mequetrefes hacían caja con la tragedia. La desfachatez provoca una vergüenza insoportable. Más aún cuando se trata de personas que ostentan el poder y gozan de una vida económica estable. Roban, nos roban, pero ya en un triple salto mortal que nos deja atónitos, hacen partícipes del delito a los hijos, a las mujeres, a las amantes. No les importa involucrarlos. Da vergüenza, miedo también, porque todo esto provoca una profunda desafección.
Durante un año, he creído que aquella mañana de la dana Mazón restó importancia al temporal porque no quería echar por tierra la ganancia turística. Después de mil versiones del cuento le añado algo a esa intención del expresident: no estaba dispuesto a que la naturaleza le estropeara un planazo. Las palabras de Salomé Pradas que han aparecido en el avance de Salvados avalan esta teoría: afirma Pradas fue instruida sobre cómo debía comunicarse con Mazón aquella tarde. Es decir, tenía órdenes difusas de no molestarlo. Así que tenemos un señor que consigue el más alto cargo en la política de su tierra, cargo que debiera ostentar como un honor, comprometiéndose sin condiciones ni horarios, y anda excitado como un adolescente metiéndoles una trola a sus padres. Da vergüenza.
También la da quien comparte la mentira. La excusa de no ostentar un cargo político es un refugio pobre. Con tantas víctimas por medio, cualquier ciudadana tiene el deber moral de decir la verdad. Las mujeres no somos menores de edad sin capacidad de decisión cuando estamos al lado de un hombre poderoso. Cualquiera ha pasado alguna vez por una situación indecorosa de la que se arrepiente, pero más vergonzoso es empeñarse en mentir cuando se acabará sabiendo la verdad. Eso sí que da vergüenza.
Y pienso que al menos en mí esa vergüenza por tanto desatino diario no me conduce al descreimiento en el sistema democrático, pero sí a un porcentaje nada desdeñable de la ciudadanía. Al “todos son iguales”, que es el principio del desmoronamiento de este sistema.
Imbuidos hoy los políticos de un protagonismo social multiplicado en los últimos tiempos gracias a las redes sociales, creedores de que son algo parecido a los artistas, graciosos como los cómicos, conscientes de su popularidad, conocedores del impacto de sus titulares y del aplauso que reciben sus palabras gruesas, habría que exigirles que hablaran no solo para verse reproducidos en titulares. De vez en cuando no viene mal una oración subordinada, un pensamiento de larga factura y sofisticado. Parecen actuar sin conciencia de estar jugando con fuego, ignorando que su deber está también en cortar de raíz todos esos actos ominosos que ensucian un oficio público y que nos provocan vergüenza. Son ellos los que debieran sentirla y actuar.
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