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Tengo miedo en el corazón

La vida es bella por aquí, pero la sociedad está atascada mientras cumplimos un guion escrito desde muy lejos

Berna González Harbour

Esto es algo que nadie que proceda de lugares más pobres, inciertos e inseguros podrá entender jamás, pero la realidad es que nuestra sociedad está atascada, paralizada. Tenemos médicos, colegios, carreteras, trenes, viajes, podemos pasear tranquilamente por la calle y manejamos cada día una alegría que nos levanta el ánimo ante un café o una caña en cualquier terraza al sol. La vida es bella por aquí, muy bella, reconozcámoslo.

Y, sin embargo, estamos atascados, atemorizados, los jóvenes especialmente nos están dando signos cada vez más claros de lo que tienen en el corazón: miedo, pesimismo, desconcierto ante un entorno que se ha vuelto hostil y que —creen— va a ir a peor. El último CIS recoge esa convicción: la tiene un 68% de la población en general, pero asciende a un 73% entre los 18 y los 24 años y a un 83% en la franja siguiente, de 24 a 34 años.

La pregunta es qué hacemos con todo esto: con un desfase entre la percepción de miles de inmigrantes que buscan aquí su paraíso y una población que está viendo el infierno. La filósofa Victoria Camps nos dice que los jóvenes carecen de motivos potentes que alimenten la esperanza. También nos dice que ya no hay un “nosotros” dispuesto a luchar por un bien común y que la satisfacción del deseo ha sustituido a la libertad. Lean La sociedad de la desconfianza (Arpa), porque es urgente reflexionar.

En el plano político, la lucha se libra en trincheras incomprensibles donde muchos ciudadanos no queremos estar. En el plano moral, la ética se desvanece entre corrupciones (Ábalos, Cerdán), frivolidad (Mazón), naderías (Feijóo) y una resistencia sin fuelle (Sánchez) que no ofrece esperanza ninguna. En el plano internacional, la agresión es bienvenida y se convierte en el único lenguaje en vigor. En el plano social, la desigualdad crece y los servicios públicos se deterioran sin que nadie nos explique qué ganamos a cambio, salvo un impulso al individualismo y el consumismo salvaje como tristes motores de país, de civilización. Y sin que nadie nos explique para qué sirve una democracia o un Estado de bienestar si no es capaz de resolver un problema urgente como la vivienda. El nihilismo galopa a la vuelta de la esquina.

Dijo Franklin Delano Roosevelt que a lo único que debemos tener miedo es al propio miedo. Yo no tengo miedo al miedo. Tengo miedo a un guion escrito fuera de aquí para minar las universidades públicas, la sanidad, la verdad y el valor de la colectividad. Tengo miedo a todo eso. Porque está ocurriendo.

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Sobre la firma

Berna González Harbour
Presenta ¿Qué estás leyendo?, el podcast de libros de EL PAÍS. Escribe en Cultura y en Babelia. Es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora en varias áreas. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.
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