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editorial
Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Trump, del caos al miedo

El entramado democrático de Estados Unidos está siendo socavado por fuerzas autoritarias al servicio del presidente

Editorial 31 agosto
El País

La arquitectura institucional de Estados Unidos está dando inquietantes signos de fragilidad ante la deriva autoritaria del presidente Donald Trump, quien parece tener las manos libres para reconfigurar el equilibrio de poderes en su beneficio, político y personal, como ningún otro presidente en la historia. Las instituciones no estaban preparadas para enfrentar un abuso sin complejos del poder de la Casa Blanca que pone todos los mecanismos del Estado, desde la política monetaria hasta el mecenazgo cultural, al servicio de los caprichos de un empresario corrupto y sin código moral alguno. Si EE UU estaba preparado para el caos, no lo estaba para el miedo.

El matonismo de Trump no solo ha arrasado las tradiciones laicas que revestían de envidiable solemnidad las instituciones norteamericanas. Son las propias leyes e instituciones las que están siendo pervertidas en un país que presumía de un sofisticado entramado de contrapesos que garantizaban la contención del Ejecutivo. Es momento de preguntarse dónde están esos contrapesos.

La suspensión del decreto de aranceles dictada este viernes de manera cautelar por un tribunal federal de Apelaciones supone un importante revés para el presidente, y, sin embargo, es inevitable verlo como un mero contratiempo en un camino que siempre lleva al Tribunal Supremo. Esa es la táctica que subyace detrás de todos los abusos de Trump. La repite desde que era empresario: forzar la ley conscientemente y, cuando recibe una denuncia, poner un ejército de abogados y recursos ilimitados para hacer desistir a la otra parte por miedo a la ruina. El matonismo del constructor de Nueva York es hoy política oficial de la Casa Blanca, con todos los recursos del Ejecutivo a su disposición. El adversario es la democracia.

Los precedentes en el Supremo no invitan al optimismo, aunque aún no ha llegado el caso en el que tengan que elegir entre la voluntad de Trump y la Constitución. Lo más parecido fue cuando Trump argumentó que era inmune a la justicia como presidente. Le dieron la razón.

La justicia, sin embargo, debería ser el último recurso. Pero el principal contrapeso, el Congreso, se encuentra igualmente noqueado. Un Partido Republicano servil por miedo a la potencia electoral de la secta trumpista es incapaz de legislar para frenar los abusos. Ni siquiera protesta cuando el presidente dispone a su antojo de presupuestos, como ha hecho esta misma semana. La competencia exclusiva del Congreso para autorizar gastos era sagrada en EE UU. La división de poderes está desapareciendo.

La política de inmigración, liderada por el racista fanático Stephen Miller, está sirviendo para desafiar el poder de los Estados. California fue el campo de pruebas para un despliegue sin precedentes ni justificación de la Guardia Nacional con la excusa de un inexistente problema de seguridad pública. Lo mismo ha ocurrido en Washington DC. Mientras, ha triplicado el presupuesto de la policía de inmigración (ICE). Las actuaciones de ICE recuerdan a siniestras dictaduras: hombres enmascarados que asaltan a personas en plena calle por su aspecto. En las grandes ciudades, donde los 13 millones de irregulares que hay en EE UU están integrados en el tejido productivo y civil, ello supone de facto un régimen de terror con graves consecuencias. ICE actúa ya como una fuerza policial interior al servicio del presidente con sus propias reglas y no hay nada que los gobernadores o alcaldes puedan hacer al respecto.

En noviembre de 2020, Trump despidió a su tercer secretario de Defensa, Mark Esper, frustrado entre otras cosas porque se negó a desplegar al ejército contra manifestantes. Esper dio una entrevista en la que dijo: “¿Quién va a venir después de mí? Un lacayo de verdad. Y entonces que Dios nos proteja”. Hoy suena como una profecía. Trump está rodeado de lacayos con un poder inmenso que nunca había sido utilizado de esta manera. Cualquier opositor es un enemigo al que destruir. El complejísimo armazón institucional y burocrático de EE UU está paralizado. Los votantes que querían dinamitar el sistema, por frustración o por interés, lo están consiguiendo.

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