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Cuarta transformación
Columna

¿Y cuál es la alternativa a la 4T?

El Gobierno tiene una propuesta más cercana que la oposición a las nuevas prioridades: formación de mercado interno, disminución de dependencia en áreas estratégicas y un Estado con mayor margen de maniobra (político y social) para pilotear la tormenta

La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, en una conferencia de prensa. Isaac Esquivel (EFE)

El tema no es criticar o dejar de criticar la gestión de Claudia Sheinbaum. Lo que está en juego es ¿para qué? Criticarlo para ¿mostrar las debilidades y contradicciones de un movimiento que ha tomado el control político del país? ¿Evitar que este control se convierta en monolítico? ¿Desgastar su imagen y propiciar una alternancia? ¿Impedir cambios que afectan los intereses de quienes ejercen las críticas?

Cualquiera que sea la razón, y salvo cuando se hacen de manera deshonesta, todas son legítimas; pero habría que señalar que quien critica debe estar consciente de las implicaciones y sus últimas consecuencias.

Tres factores, me parece tendrían que condicionar el lugar desde dónde defendemos o criticamos. Primero, no podemos olvidar que estamos en una carrera contra el tiempo respecto a la inconformidad o, peor aún, la inestabilidad social. En 2018 el grueso de la población pidió un cambio y López Obrador lo emprendió, entre aciertos y desaciertos, con sus virtudes y sus limitaciones. Después de 20 años de escaso crecimiento y peor distribución social, el país necesitaba un giro porque ninguna sociedad puede sobrevivir indefinidamente ignorando los reclamos de los sectores populares y mayoritarios. Se han conseguido algunos avances en esa dirección, pero la exigencia persiste y lo vemos todos los días en la toma de la calle por vecinos sin agua, comunidades hartas de la inseguridad, sindicatos en discordia, agricultores y transportistas en rebeldía y un largo etcétera. Si no lo resolvemos, las salidas obvias serían la represión o la desestabilización crónica. Es decir, las razones por las cuales la 4T llegó al poder siguen presentes.

Segundo, puede gustarnos mucho o muy poco el Gobierno de la 4T, pero en este momento la sociedad mexicana no tiene una alternativa política que responda al desafío. La mayor parte de la población inconforme con el sistema sigue viendo a este movimiento como un aliado para sus intereses. Los gobiernos de Morena están consiguiendo una reducción de la pobreza y la desigualdad en términos que no habían sido obtenidos por las administraciones panistas y priistas de los últimos lustros. ¿Podría hacerlo mejor? Sin duda, y la crítica tendría que ir encaminada en ese sentido. Lo que está claro hoy es que ninguna otra fuerza política tiene una propuesta cabal o consistente al respecto. Un hipotético regreso a un partido que no haga el esfuerzo de construir una respuesta a este problema sería un salto al vacío.

Tercero, los cambios en la economía y en la geopolítica mundial colocan a México en una tesitura distinta a la que se encontraba durante los gobiernos neoliberales. El contexto es otro. Nadie sabe en qué terminará el revisionismo antiglobalizante que recorre al planeta, pero es evidente que la extrema vulnerabilidad se ha convertido en un riesgo inmenso para el país. Paradójicamente, la 4T tiene una propuesta más cercana que la oposición a las nuevas prioridades: formación de mercado interno, disminución de dependencia en áreas estratégicas y un Estado con mayor margen de maniobra (político y social) para pilotear la tormenta.

Podemos concentrarnos unilateralmente en las insuficiencias, errores y contradicciones de la 4T. Pero la pudrición de muchos árboles en esa floresta no debería impedirnos visualizar el bosque completo. O, como decían los clásicos, no podemos tirar al niño con el agua sucia de la tina. El Gobierno ha conseguido mover el péndulo en favor de una mejor distribución que, insisto, hoy en día es la máxima prioridad; ha comenzado a disminuir la criminalidad después de varios lustros de crecimiento imparable (el número de asesinatos dolosos hoy equivale a la mitad de los que sufrimos en los últimos años del Gobierno de Peña Nieto o los primeros de López Obrador); por vez primera el Estado tiene la capacidad de fuego, los cuadros, la presencia territorial, los instrumentos financieros y de inteligencia o la estrategia para comenzar a combatir profesionalmente a los cárteles de la droga; la recaudación fiscal ha dado un giro sustantivo, un problema crónico del Gobierno mexicano, y hoy es más del doble que en 2018 en términos reales; Claudia Sheinbaum conduce una callada pero profunda reforma para modernizar, digitalizar y hacer más eficiente la administración pública. Otros cambios tardarán en ser notados pero están en marcha (el sistema de salud pública, entre otros).

En su primer sexenio la 4T cometió errores gruesos, algunos se están corrigiendo y otros no. Tampoco el actual está exento de fallas. Fue un proceso de ensayo y error, sujeto a improvisaciones y plagado de resistencias y desgastes, y hoy intenta construir su segundo piso. Pero lo cierto es que los cambios descritos arriba representan modificaciones telúricas de la sociedad mexicana, tan urgentes como complejas, sobre las cuales los gobiernos anteriores habían fracasado o hecho muy poco.

La crítica que permite al gobernante validar y corregir, asumir errores, advertir riesgos y enriquecer diagnósticos y soluciones es imprescindible. Pero aquella que sin tener una alternativa a la vista ni hace algo por construirla produce hoyos en la embarcación es obviamente dañina e irresponsable. Sin duda, hay razones para criticar a la versión actual de la 4T, pero antes de intentar disparar a su línea de flotación habría que valorar qué tenemos para sustituirla o peor aún, qué versión de la propia 4T podría surgir si esta es derrotada.

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