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Pensándolo bien
Opinión

El gas o una soberanía sin banderas

El Gobierno de Sheinbaum ha dado este paso decisivo poniendo sobre la mesa un esquema de saneamiento del sector energético. Los expertos dirán si es viable o no, los empresarios evaluarán su rentabilidad o la falta de ella

Una bomba de varilla para extraer gas, en Papantla, el 3 de marzo de 2026.RODRIGO OROPEZA

En términos mediáticos venden más las piernas al sol en una ventana de Palacio que un plan para hacer al país autosuficiente en materia energética. Este miércoles el Gobierno presentó un ambicioso proyecto para dotar de gas propio a México, o casi, en diez años. Conviene destacarlo porque el ruido de la grilla mediática termina por poner en la misma baza a los escándalos reales o inflados de la semana que quedan en el olvido en unos días y las decisiones estratégicas que podrían cambiar la viabilidad del país una década más tarde. Puede entenderse la polarización política y muchos encontrarán motivos para entregarse a ella; pero habría que detenerse por un momento, particularmente las élites políticas y económicas, y entender que las decisiones que tomemos o dejemos de tomar hoy, definen el país que tendremos mañana. Y en los tiempos que corren eso puede ser de absoluta supervivencia.

El mundo cambió en menos de un año y medio de Gobierno de Trump y aún le quedan dos años y medio. Y mal haríamos en creer que tras el fin de su periodo las cosas volverán a ser como antes. La crisis de la globalización llegó para quedarse, la polarización política sigue profundizándose a medida que el descontento de los ciudadanos y el impacto intoxicante de las redes sociales nos separa, la revolución de la inteligencia artificial apenas comienza, el poder planetario de las empresas tecnológicas impone condiciones a los gobiernos, el orden planetario a partir de organismos multilaterales y de un supuesto policía bueno que cuidaba de la democracia y la libertad se ha hecho trizas, los gobernantes se frivolizan rehenes como son del estado emocional de una opinión pública obsesionada con memes y diretes.

El narcisismo se ha convertido en una política de Estado en las metrópolis y el supuesto rector del mundo civilizado amenaza con destruir en una noche una civilización milenaria y mandar a la Edad de Piedra a 90 millones de iraníes. Fuera máscaras. Bien a bien, resulta imposible saber en qué acabará todo esto, pero algo podemos hacer para intentar sobrevivir de la mejor manera posible a lo que se avecina.

Este miércoles me llamó la atención una frase de la columna de Enrique Quintana, director del diario El Financiero. “Es el espejismo clásico del país exportador que no refina lo suficiente: gana por un bolsillo y pierde por el otro”, escribió, refiriéndose al aumento de precio del barril de petróleo y su impacto en la economía mexicana. Se trata de una observación que, si bien parece de Perogrullo, habría sido anatema en el paradigma neoliberal que dominó en México durante casi 40 años. A lo largo de varias décadas se mantuvo la consigna de que refinar era absurdo si resultaba más barato vender petróleo y comprar la gasolina de afuera; con ese criterio se dejaron morir las refinerías de Pemex y nos convertimos en importadores netos. Hoy, en un mundo convulso y proteccionista, depender de los combustibles venidos de afuera es la peor de las vulnerabilidades posibles, como lo atestigua la desesperación de Europa, Japón o Corea. Con esa lógica abandonamos también la producción de gas y hoy en día un cierre en el suministro de gasoductos que vienen de Texas dejaría al país sin electricidad.

No se trata de satanizar las decisiones del pasado o darle la razón a los gobiernos de la 4T. Enfocarlo así solo nos retrasa en la tarea de ponernos de acuerdo para afrontar el futuro.

Las decisiones que se tomaron entonces y las que se toman ahora obedecen a un contexto que les da coherencia. Pero los contextos cambian. Lo peor que podríamos hacer es quedar atrapados en posicionamientos políticos provincianos cuando el mundo se está modificando a marchas forzadas. Puede cuestionarse la manera intempestiva en la que se construyó Dos Bocas o si la ubicación era la idónea, pero la tarea de reactivar seis refinerías y edificar una nueva, ha posibilitado que la mitad de los combustibles sean ya de confección nacional. Lo mismo comenzó a hacerse sobre fertilizantes, aunque de manera menos intensa.

Los actores económicos y políticos están obligados a no perderse en la grilla del día. Y hablo tanto de los empresarios y dueños del dinero, como de los gobernantes. Para los políticos es más fácil anunciar obras de relumbrón y acciones que impacten en las encuestas, que emprender el largo y costoso camino que permita resolver un problema de aquí a 10 años. Y por su parte, la iniciativa privada tendría que vencer la tentación de leer toda propuesta del sector público con lentes ideológicos, y analizar en sus justos términos cuál es la viabilidad del proyecto anunciado.

Lo que propone el Gobierno es un giro de timón en materia energética. Tendría que ser abordado con la importancia que merece. Se plantea la posibilidad de explotar yacimientos de gas a través de un fracking mínimo o no dañino, posibilitado por nuevas técnicas, y propone un nuevo esquema de inversión entre iniciativa privada y pública para financiarlo. El tema es importante y no solo por la energía que moverá el futuro de México.

Esquemas similares podrían necesitarse en materia de otros recursos estratégicos que requieren mínimos de soberanía. La creación de chips (no para competir con Nvidia, pero sí para asegurar la fabricación de tarjetas de crédito o la producción de autos), la autosuficiencia en tecnología básica, la generación de vacunas y medicinas imprescindibles, el suministro de algunos alimentos esenciales.

Por lo pronto, el Gobierno de Sheinbaum ha dado este paso decisivo poniendo sobre la mesa un esquema de saneamiento del sector energético. Los expertos dirán si es viable o no, los empresarios evaluarán su rentabilidad o la falta de ella. Lo que no podemos hacer es ignorar, por irresponsabilidad política, que se trata de una propuesta de cara a un problema ineludible, la vulnerabilidad extrema en la que la sociedad mexicana se encuentra.

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