Lecturas aleccionadoras
La suspensión de la cotidianidad habitual permite tener acceso a una realidad paralela a esa que habitamos una semana antes del asueto


La interrupción de la normalidad que ofrecen estos días de asueto es una oportunidad para tomar distancia del inventario cotidiano de las calamidades del mundo o, al menos, para verlas con otra mirada. Rebobinar se decía antes y resetear se ha dicho después o, como suele afirmar una amiga, dejar de termometrear las infamias de cada día. El mundo ayuda en esta tarea porque, salvo el febril narcisismo de Trump y su insaciable necesidad de atención, todo parece ralentizarse esta semana.
La suspensión de la cotidianidad habitual no necesariamente requiere estar en una playa. La posibilidad de mirar una serie de televisión a mitad del día o sumergirse en una lectura permite tener acceso a una realidad paralela a esa que habitamos una semana antes. Particularmente si lo que podamos leer es capaz de remover neuronas o inquietar el alma.
No sé si las siguientes sugerencias lo consigan, pero son buenas candidatas. El cielo es azul, la tierra blanca: una historia de amor, de la japonesa Hiromi Kawakami, editorial Alfaguara, podría ser la mejor de las apuestas. El sutil y bello relato de una pasión desprovista de los fuegos artificiales con que solemos revestirla en Occidente. Sorprende la sencillez de la prosa capaz de soltar granadas explosivas que no lo parecen. Un ejemplo: “Algo en aquella casa me provocaba incomodidad. Era como si encargara varias piezas de ropa hechas a medida y, al probármelas, descubriera que unas eran demasiado cortas y otras eran tan largas que las arrastraba por el suelo al caminar. Entonces me quitaba la ropa, estupefacta, comprobaba de nuevo las medidas y me daba cuenta de que eran exactas. Así me sentía con mi familia”.
Y si de pasar unos días de asueto se trata, Mi año de descanso y relajación, de Ottesa Moshfegh, también de Alfaguara, parece una opción perfecta. Tras ser despedida de la galería en la que trabaja, Natasha, el personaje de la novela, decide tomárselo tranquilo. Revisa sus finanzas y opta por encerrarse en su apartamento en Nueva York durante los siguientes meses, dormir lo máximo posible y rehuir al resto de la raza humana, salvo sus visitas al psiquiatra para conseguir, con engaños, los somníferos que necesita. Su deliberado plan zozobra por la enconada persistencia de Reva, la mujer que, sin razón aparente, cree ser su mejor amiga y está decidida a regresarla al mundo.
El argumento es pobre, de acuerdo. Pero las razones de Natasha para bajar del tren de la vida durante unos meses o su conversación interior valen oro: “Siempre me admiraba lo predecible que era Reva, como el personaje de una película. Cada expresión emocional le salía justo a tiempo”.
Para quienes no les gusta desvincularse del todo de la marcha de nuestros días, pero agradecen la posibilidad de hacerla con otro ritmo, hay dos sabrosas opciones.
Koljós, de editorial Anagrama, obra de Emmanuel Carrère, para muchos el mejor escritor francés vivo, se inscribe en la epidemia que se ha desatado entre los autores en el intento de recuperar la memoria de sus familiares. Carrère tiene, sin embargo, una coartada impecable. A diferencia de la mayoría de sus colegas, hacer un libro sobre la madre está plenamente justificado: se trata de Helene Carrère d´Encausse, una figura intelectual legendaria en Francia, secretaria perpetua (que equivale a presidenta) de la Academia Francesa durante muchos años. Una reconocida autoridad en materia de Historia y Geopolítica rusa, al grado de convertirse en una de las voces más socorridas para explicar en Occidente la historia y la política de ese país. La madre del autor fue una figura temida y temible en el mundo académico y político, tanto como en el familiar. Esa doble peculiaridad permite a Carrère hacer una historia de los suyos al mismo tiempo que una reflexión de la vida intelectual y política europea a lo largo de más de un siglo. En el fondo, una mirada aguda y a ratos cínica, siempre inteligente, para explicar la singularidad del pueblo ruso, de donde surge el clan familiar.
A su manera, las razones para explicar por qué escribe se resumen en unas líneas: “De lo que habremos vivido en nuestro trocito de tierra y en ningún otro, en nuestra pequeña franja de tiempo y en ninguna otra, en el pequeño ser que nos ha sido dado habitar y en ningún otro–y ya puede hundirse el mundo, y a la vista está que se está hundiendo–, dar cuenta de ello sigue siendo el trabajo de gente como yo”.
Más entrañable, quizá, es la memoria que la escritora y activista de India, Arundhati Roy bajo el título Mi refugio y mi tormenta, editorial Alfaguara, publicó sobre su madre. Si bien su progenitora no alcanzó la fama pública que tuvo la de Carrère, el personaje no es menos formidable (o temible). En realidad, se trata de una especie de autobiografía de la lucha política e intelectual de esta autora para impulsar sus causas, convertidas en rabia por la inmensa capacidad de indignación que le producen las injusticias del mundo. Pero es de tal magnitud la impronta de su madre, que solo explicándola a ella se entiende a sí misma. Justamente, el título Mi refugio y mi tormenta remite a lo que representó la figura materna, de la que huyó a los 18 años “no porque no la amara, sino para poder seguir amándola”. Arundhati Roy, es autora de muy pocos textos literarios, ocupada, como está, en ayudar a otros, pero este último no desmerece respecto de la joya que escribió hace casi 30 años: El dios de las pequeñas cosas (también de Alfaguara). Si por alguna razón lo pasó usted de largo, olvídese de los párrafos anteriores y dedique algunas horas de estos días a visitar sus páginas. No se arrepentirá.
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