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Roberto Velasco
Columna

La misión casi imposible del nuevo canciller

Velasco ha de ayudar a trascender el ruido y abrir espacios para el diálogo y la cooperación internacional

Roberto Velasco en la Secretaría de Relaciones Exteriores. SRE

Roberto Velasco tiene todo para ser un buen secretario de Relaciones Exteriores. Cuenta con la energía, el sentido de la responsabilidad, suficientes kilómetros en la cancillería y tanta experiencia como se pueda en lidiar con el Estados Unidos de Donald Trump.

Suma además un gran intangible: la confianza de su jefa, la presidenta Claudia Sheinbaum. En pleno trámite de ratificación en el Legislativo, el principal reto de Velasco no está en su currículum, sino en el entorno, en si romperá el aislamiento aldeano del Gobierno de Morena.

Para perfilar los retos del nuevo canciller, es necesario iniciar por decir que no es una redundancia -dado que ella lo propuso para el cargo de secretario- el señalar que este internacionalista egresado de la Iberoamericana tiene el respaldo de la presidenta Sheinbaum.

El gabinete es un amasijo de perfiles en el que nunca se entendió a qué o a quién se debía el nombramiento del predecesor de Velasco; y menos aún el hecho de que, a pesar de su evidente falta de gravitas y ausencias, Juan Ramón de la Fuente durara tantos meses en el cargo.

Velasco aprovechó ese vacío de facto para instituirse en la pieza en la que la presidenta se apoyó para capotear, entre otras, la crisis permanente que es Trump desde su triunfo electoral en noviembre de 2024, un mes después de que Sheinbaum llegara a Palacio.

Mas la formalización de que ahora sí, de jure, Velasco es el principal funcionario de la SRE le abrirá de lleno el frente más complicado de lo que será su batalla como jefe de la diplomacia en el segundo Gobierno obradorista: padecerá la resistencia de los ultras de Morena.

Porque antes de pensar en el exterior, paradójicamente, Velasco ha de liberarse de acotamientos al interior: el obradorismo se siente a gusto en una cerrazón ante cuanto ocurra en el orbe, un aislacionismo que supuestamente le blinda de incómodas miradas ajenas.

Con el cambio sexenal en 2024 no cambió esa dinámica tan chovinista como anclada en discursos de la guerra fría. Y la sacudida mundial por la llegada de Trump quince meses atrás ha ocultado el enorme aislamiento en que está México, incluyendo frente a América Latina.

Para más inri, Sheinbaum heredó la disputa con España, un socio estratégico en Europa y una relación de múltiples niveles más allá de lo económico.

Sin dejar de exigir a Madrid una disculpa por los abusos tras la invasión de Cortés y los tres siglos de virreinato, la presidenta ha iniciado una estrategia para destensar, milímetro a milímetro, el desencuentro provocado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Nada garantiza que ella no se eche para atrás si siente que dentro de Morena le recelan al respecto.

La principal labor de Velasco en ese sentido es apuntalar la posibilidad de que México consolide esa normalización con España y defina una ruta para volver a pesar en Latinoamérica, región cuyos gobiernos se han derechizado y donde tiene en el Brasil de Lula y la Colombia de Petro a amigos, y poco más.

Este canciller va a tener que extremar su diplomacia para mover, por principio de cuentas y sobre todo a Sheinbaum, cuya pulsión natural coincide con los ultras de Morena, que creen que la Cuba castrista bien vale pelearse con Washington con consignas de bachiller.

E igual que su predecesor, la mandataria desestima la idea de querer invertir en viajar a negociar con otros jefes de Estado; no se inclina por incorporarse a foros temáticos o cumbres de tipo alguno. Lo resiste, y Velasco tendrá que disuadirla vez por vez. Con Trump y con todos.

Suele decirse que en el ánimo de la presidenta pesa mucho lo que el círculo cercano a López Obrador piense, diga o grille. Es cierto, así sea muchas veces inexplicable en alguien que desde la elección mostró que podía ganar bastante popularidad más allá de la grey guinda.

Pero también es justo decir que Trump es la prueba de que puede ser tan o más pragmática que López Obrador al abandonar la solidaridad con los migrantes que pasaban por México rumbo a Estados Unidos, por ejemplo.

De igual forma, hoy son bien vistas por el Gobierno claudista instancias como la DEA, particularmente despreciada por López Obrador luego del arresto del general Salvador Cienfuegos (el exsecretario de la Defensa fue detenido en Los Ángeles, California, en octubre de 2020 y liberado por presión de México) y tras el rapto de Ismael Mayo Zambada, quien en julio de 2024 fue entregado irregularmente por sus exsocios a Estados Unidos.

Sin embargo, no se puede subestimar en ella la proclividad a un nacionalismo a ultranza que sale a manotear a la primera de cambios, como ha ocurrido desde la semana pasada, cuando el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU encontró indicios de delitos de lesa humanidad en ese rubro en México.

La respuesta del Gobierno de Sheinbaum ha sido destemplada, y Velasco, aun antes de ser ratificado por el Senado, asumió ya el comunicado oficial de la cancillería que la semana pasada, junto con Gobernación, calificó al informe de la ONU como “tendencioso”.

Lo que sigue es que, consciente de que más allá de los boletinazos México tiene compromisos internacionales en derechos humanos por honrar, y de que Sheinbaum sería quien más gane si en la lucha anticrimen suma aliados, Velasco ha de ayudar a trascender el ruido y abrir espacios para el diálogo y la cooperación internacional. En ese tema y en cualquiera, la tribuna morenista denunciará, con o sin razón, complots injerencistas.

En el mundo de hoy no existe partitura. La que se quiso instalar tras la Segunda Guerra Mundial, luego de la caída de la Cortina de Hierro y tras los atentados de las Torres Gemelas, es ya historia. En cierta medida, esa es una ventaja para Velasco, que desde que hizo estudios de posgrado en Chicago analizó concienzudamente al primer Trump, ese que entró a las primarias del partido Republicano cuando pocos le daban posibilidades de avanzar en la búsqueda de la candidatura del 2016.

Su preparación académica, la incursión inicial en la política capitalina y las jornadas burocráticas al amparo de Marcelo Ebrard, de su sucesora Alicia Bárcena y con el gris De la Fuente, ya son anécdotas. Llegó la hora de Velasco para ser canciller a nombre propio.

Porque una vez en el ruedo hay que salirle al toro, y hacerle faena para que se luzca su jefa, se engrandezca el nombre y la imagen de México, y eventualmente se fije en la memoria que cuando al fin le tocó a Roberto Velasco ser el jefe de la diplomacia, tenía una idea y los arrestos para llevarla a cabo, venciendo las resistencias del entorno aldeano de los compañeros del movimiento de la presidenta, y en no pocas ocasiones de las dudas de la presidenta misma.

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