Tame Impala en Madrid, psicodelia celebrativa contra tiempos convulsos
Su música, tan efectista y grandilocuente, regalaba, en un concierto en el Movistar Arena, momentos llenos de vida asociativa, como esa onda de alegría que llama a los otros a sumarse a la fiesta


El mismo día que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, amenazó con aniquilar la civilización de Irán, Tame Impala desplegó su música como si fueran ondas especiales contra las amenazas, casi se podría decir que contra las diferencias. El sentido comunitario y colectivo que ofreció Kevin Parker, líder absoluto de este proyecto psicodélico masivo convertido en banda, pareció ofrecer un espacio acogedor y celebrativo en la noche del martes en Madrid. El mundo, ese lugar lleno de pirómanos, volvía arder, pero en el Movistar Arena Tame Impala regaló una noche de rock empático, repleto de luces y rayos, pirotecnia de primer nivel, que invitaba al goce y el recogimiento de unos y otros.
A las 20:15, aparecieron Parker y los suyos puntuales en el escenario circular del Movistar Arena y, sin preámbulos ni saludos, se lanzaron a interpretar ‘Apocalypse Dreams’, una composición que invitaba a pensar en los días que estamos viviendo. A partir de ahí, gracias a una escenografía impactante y canciones como ‘The Moment’ o ‘Gossip’, el grupo ejecutó todo un repertorio lleno de fuerza instrumental, en el que cada pasaje, cada minuto, estimulaba a olvidarse de todo, a dejar atrás el mundanal ruido y a los catastrofistas del planeta, aquéllos que buscan acabar con otros. Si bien es cierto que nunca hubo una sola proclamación política ni un solo mensaje solidario, la música de Tame Impala, tan efectista y grandilocuente, regalaba momentos llenos de vida asociativa, como esa onda de alegría que llama a los otros a sumarse a la fiesta. Un momento crucial en este sentido fue ‘Elephant’, canción arrasadora de Lonerism, disco que en 2012 destapó a una banda llamada a ser mayúscula.

Lo grande, lo épico, siempre ha estado en la música de Tame Impala, impulsada desde la fuerza de la electrónica. Si el hombre es un ser insignificante y errático que todavía aspira a tener momentos de grandeza, casi se podría decir que de epopeya mundana, en las canciones del multiinstrumentista australiano Kevin Parker, hacedor total de todo, hay instantes a los que atenerse. Cuando escuchas a Tame Impala, la Luna deja de ser ese asteroide del que presumir y tapar las bravuconadas de un Gobierno como el de Estados Unidos y se muestra como un lugar en el que soñar y aspirar. Toda sensación e impulso se engrandecen en sus melodías psicodélicas. Es una búsqueda concienzuda, ejemplificada en discos buenísimos como Currents. De hecho, fue un jolgorio cuando tocó ‘Let It Happen’, con una proyección de luces que llevaba hasta el infinito y más allá. Lo mismo sucedió con ‘Eventually’ y el pabellón se llenó como de una marea lumínica azul celestial.
La música en directo de Tame Impala siempre es más expansiva que sus discos. Incluso juega más con el oyente, bien cuando Parker se quita la sudadera, bebe de un vaso que le ofrece alguien del público o se va hasta la mesa de sonido, en el centro de la pista, y se monta una especie de salón casero con cojines y sofá para tumbarse y cantar como si estuviese con el rollo de una noche de verano en una película de Richard Linklater.
Anoche, todavía era primavera y el mundo parecía otra vez acabarse, pero la música de Tame Impala no dejaba ser pesimista, menos todavía cuando sonaron ‘The Less I Know the Better’ o ‘End of Summer’. Tampoco dejaba ser muy eufórico. Como se sabe desde tiempos del jazz, cuando un género se vuelve mainstream, deja de ser subversivo. De esta forma, su psicodelia agigantada ayer perdía matices, aristas propias de un género lleno de recovecos. Porque este estilo nacido de la contracultura y la experimentación con drogas y experiencias puede ser mucho más rebuscado y alocado, menos previsible. Podríamos referirnos a 13th Floor Elevators o Jimi Hendrix, pero, por citar a contemporáneos, también a King Gizzard & the Lizard Wizard. Quizá todo esto porque es una banda alumbrada al fervor de grandes festivales.

Sin embargo, tal y como está el mundo, se agradece al menos el estado comunitario de esta música que parece viajar al espacio e invita a creer en civilizaciones más allá de aniquilaciones. Quizá anoche esta música también fue en Madrid un territorio abonado a cierto oyente pijo, entre ellos el turista de clase alta, capaz de permitirse el precio de una entrada desorbitada y de estar en todos los acontecimientos sociales de una ciudad cuyos gobernantes siempre buscan el modelo de Miami, tal y como han reconocido. Pero en tiempos en los que casi nadie busca aristas a los acontecimientos y solo urge participar en ellos, es preferible quedarse con lo positivo: Tame Impala fue una banda capaz de crear un espacio para celebrar la música expansiva, imaginativa y seductora en tiempos convulsos.
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