Un domingo cualquiera bajo fuego
Me asombra el modo en que la vida es capaz de seguir su curso en medio de un día como este


Hay un tipo que demuele a golpes una barda al otro lado de la calle, frente a mi ventana. No, no entiendo que trabaje en domingo. Es lo primero que pienso, al despertar: por qué alguien se dedicará a dar de marrazos en la piedra, desde las diez de la mañana, en vez de aprovechar el asueto de fin de semana. Tuc, tuc, tuc. Adormilado, voy a la cocina y preparo café. A los pocos minutos, suena el timbre de una llamada. Mi novia suena tensa, piensa que salí a la calle porque ayer le dije que iría a ver libros. Le alivia que siga en casa. “Mira las noticias”, dice. Reviso el teléfono, lo encuentro desbordado de mensajes y salto en instantes las etapas que otros vivieron en tiempo real. “Algo pasa en Tapalpa”. “Hay bloqueos”. “¡Mataron al Mencho!”.
El café se vuelve ácido en mi boca. La caída del Mencho parece haber abierto las compuertas del caos. Mis servicios de mensajería hierven con reportes y fotos de ataques en mi ciudad, Guadalajara, y en localidades de todo Jalisco y los Estados vecinos. Autos, camiones y comercios en llamas, disparos, caminos bloqueados, pánico y algo parecido a una estampida entre los viajeros del aeropuerto internacional. El aeropuerto, carajo. Las redes escupen decenas de videos de personas que huyen a la carrera, o se pertrechan tras los mostradores, o se alejan de la terminal por las pistas de despegue y aterrizaje. Muchos replican una foto de un avión en llamas que resulta ser un montaje, pero el miedo no es fácil de ignorar. ¿Y si es verdad que los sicarios tomaron el pinche aeropuerto? Rebusco obsesivamente hasta que aparecen los desmentidos oficiales. Todo, dicen, está bajo control. Gente que hablaba del “peor episodio de narcoterrorismo de la historia” comienza a tuitear que lo mejor es ser responsables y esperar los informes de las autoridades.
Circula un audio en que una voz asegura que los hombres del Mencho comenzarán a perpetrar asesinatos a mansalva a la una de la tarde. Otro más dice que no, que en realidad será a las dos. ¿Qué ganarán quienes hacen circular esas cadenas? Ambos audios proceden del chat de los vecinos de la colonia, ese mar de supuesto escepticismo en el que toda mentira es creída. Los participantes se precipitan al pánico. Quieren huir… ¿pero cómo, si salir a la calle es, según esto, volverse un tiro al blanco humano? Sobrevienen discusiones. Los que votaron por el gobernador culpan a la presidenta. Los que votaron por la presidenta culpan al gobernador. Afilo el oído. Suenan sirenas de emergencia. Pasa por los aires, no muy cerca, un helicóptero. Poco más. Mi calle, claro, está vacía. En anteriores jornadas de narcobloqueos salí a recorrer el barrio en plan reportero Gonzo. Hoy no.
El plan de la mañana era visitar un par de librerías y dirigirse luego al norte de la ciudad, para celebrar la piñata cumpleañera de una sobrina. Pero antes siquiera de caer en cuenta de que nada de aquello es buena idea, entra llamada de mi hermano: me dice que circulan boletines oficiales que indican a la población que no salga de sus casas. Los emiten el Gobierno estatal y la Universidad de Guadalajara. Los comercios anuncian cierres, también los recintos culturales y deportivos. La piñata se pospone. En medio de las fotos del pánico, el fuego y los comandos armados, recibo unos dibujos del perro Snoopy que coloreó mi sobrina. Los recompenso con emojis de corazones. Me asombra el modo en que la vida es capaz de seguir su curso en medio de un día como este.
Un vecino, en el chat, advierte que hay que cargar a tope los celulares, antes de que ataquen las instalaciones de la Comisión Federal de Electricidad. Otro informa que no hay servicios en las apps como Uber o Rappi: se queja de que le cancelaron un pedido de hot cakes.
El WhatsApp no para. Me buscan amigos de la capital, Puebla, Tampico, Monterrey. Alguien, desde España, me pregunta si es verdad que Guadalajara está ardiendo entera. Me reenvía un tuit con la imagen de una ciudad en la que grandes llamas salen de unos edificios ubicados junto al mar. Pero la costa está al menos a 230 kilómetros de aquí y esa ciudad no es la mía. Tranquilizo a mi corresponsal, quien lo único que sabe de cierto de Guadalajara es que aquí ocurre la Feria Internacional del Libro. Me dice que se queda más tranquilo. De inmediato pienso que él dormirá mejor que yo.
Miro por la ventana. El tipo al otro lado de la calle sigue empeñado en la demolición de la barda. Su marro no cesa. Tuc, tuc, tuc. Mi perra me contempla con sus ojos negros y redondos, en espera de que iniciemos un paseo callejero que no deberíamos emprender. Tuc, tuc, tuc. El café ya está frío.
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