¿América Latina o América latinizada?. Xëëmo’oy
Tratar lo “latino” como una esencia implica el mismo riesgo que hacerlo con lo “indígena”. Si tratamos estas categorías como esencias culturales folclorizadas invisibilizamos los procesos violentos que las crearon


Fue durante el siglo XIX, desde Francia, que comenzó a llamarse América Latina al área de este continente que había sido colonizada por potencias hablantes de lenguas derivadas del latín: español, portugués y francés. La idea era diferenciarla de las regiones que habían sido colonizadas por potencias angloparlantes; se habló incluso, por oposición, de una América anglosajona. Ya con el nombre de este continente tenemos suficiente para discutir el derecho que las metrópolis se abrogaron para renombrar los territorios sojuzgados, sabemos de las implicaciones que tiene llamar América a este continente. Agregarle la categoría “latina” genera otras capas de complejidades que vale la pena analizar.
En el contexto actual, sabemos que la categoría “latino”, sobre todo en Estados Unidos, ha sido racializada como una categoría inferior y, por otro lado, se le ha llenado de rasgos culturales que pretenden crear un monolito cultural homogéneo; es como si haber sido colonizados por hablantes de lenguas que derivan del latín hubiera impreso sobre nosotros un mismo carácter cultural. “Ser latino está de moda” he escuchado decir ya en demasiadas ocasiones, me pregunto entonces qué es ser latino; sobre todo para alguien que, como yo, nació y creció en un país de eso que llaman América Latina aunque nunca nadie me había llamado así: “latina”.
Sucedió en un viaje, había que pasar por aduana; me acompañaba una persona que había nacido y crecido en Roma. Nos preguntaron si éramos latinas, yo respondí que, siendo del pueblo mixe, yo no lo era, pero mi amiga sí. “No” me respondieron “la latina eres tú, ella es europea”. Ingenuamente respondí: “no conozco a nadie más latina que una persona que ha nacido y crecido en Roma”. No sé si esta respuesta fue la que causó que me llevaran a un separo para una segunda tanda de preguntas. Ahí me di cuenta de que los sistemas de opresión imponen identidades que no son opcionales, estos sistemas te clasifican en categorías a las que ni sospechabas pertenecer, no se trata de elegir una identidad, no se trata de que tu lengua materna sea una lengua derivada del latín como era el caso de mi acompañante, se trata de cómo un sistema racista nos lee.
Entiendo que la categoría “latino” como otras categorías que derivan del colonialismo agrupe también a diferentes movimientos contra la opresión que las ha creado, pero es importante no perder de vista siempre de dónde provienen y evitar caer en la tentación de convertirlas en una esencia. No creo que estemos en América Latina, estamos en un continente que ha sido latinizado, con la terminación de la palabra en participio, “latinizado”, para dar cuenta de que eso es un proceso, no una esencia, para poner de relieve que ha sido un fenómeno inconcluso con áreas en resistencia, una latinización que no termina de cubrirlo todo. Esa América que se sigue resistiendo a los efectos de la colonización ni siquiera es América, es Abya Yala o cualquiera de los otros muchos nombres que han recibido estos territorios. A los procesos de latinización resisten otras tradiciones de pensamiento, otros cientos y cientos de lenguas que no derivan del latín, otros modos de entender este mundo, de relacionarse con él y las entidades que lo habitan.
La población indígena de los países de la llamada América Latina han migrado a Estados Unidos y varios movimientos de lucha de esta población han alertado de los peligros que entraña que toda migración de nuestros países sea considerada latina, que se asuma que todas las personas que llegan de esta área del mundo hablan español o lenguas derivadas del latín. Esta suposición ha implicado violencias diferenciadas para esta población indígena migrante. Organizaciones como Comunidades Indígenas en Liderazgo han abordado ampliamente esta problemática.
Tratar lo “latino” como una esencia implica el mismo riesgo que hacerlo con lo “indígena”. Ambas categorías son útiles si agrupan y nombran las resistencias al racismo, al colonialismo y al imperialismo que las ha creado, pero si las tratamos como esencias culturales folclorizadas dejamos invisibilizados los procesos violentos que las crearon y pierden así su potencia subversiva.
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