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donald trump
Opinión

No solo es Trump, no solo es la ultraderecha. Akä’äny

A estas alturas, necesitamos trascender la indignación que nos causan las declaraciones del republicano todos los días

Donald Trump

Podríamos asumir que todo lo que ha acontecido en las últimas semanas en el contexto internacional ha sido provocado por un Donald Trump desbordado, una persona con un nivel de narcisismo pocas veces conocido en la historia de los presidentes de Estados Unidos; podríamos asumir que se trata de cómo la ultraderecha de ese país se aleja de todo eufemismo y pasea su rostro fascista para amedrentar y chantajear al mundo. El asalto a Venezuela tuvo un desenlace inesperado para quienes pensaban que Edmundo González iba a asumir como presidente de la mano de María Corina Machado quien sigue infligiéndose cada vez mayores dosis de auto-humillación sin lograr sus propósitos; ni regalando su medalla de Nobel de la Paz a Trump ni manifestando su apoyo a Netanyahu ha materializado sus deseos. Después, vino con mayor fuerza la amenaza a Groenlandia que sigue latente a pesar de que Trump haya cancelado los aranceles que intentó aplicar a países que se oponían a sus planes. En su propia casa, las protestas y huelgas en Minneapolis toman cada vez mayor fuerza después del asesinato de Renée Good el pasado 7 de enero a manos del ICE y de la brutalidad, el racismo y el terror con los que se persigue a los inmigrantes.

En Estados Unidos y otras partes del mundo, especialistas en el tema han expresado la fuerte sospecha de que Donald Trump padece de algún tipo de demencia. Pero, a estas alturas, necesitamos trascender la indignación que nos causan sus declaraciones todos los días; sabemos que no es solo Trump, sabemos que si él se va a causa de su deteriorada salud mental, el andamiaje que lo apuntaló seguirá intacto con personajes como JD Vance o Marco Rubio o más aún, su fuerza vivirá en las bases populares que votaron por él, en ese “espíritu de la época” estadounidense que hizo posible, y aún sostiene, un movimiento como MAGA.

Del lado europeo, las ultraderechas también están tomando fuerza de nuevo o más bien, solo es que ahora se alzan orgullosas en donde antes la opinión pública castigaba sus manifestaciones. En otras partes del mundo, la ultraderecha nunca se fue, la ocupación de Palestina es una prueba de ello, el genocidio actual en Gaza es una de las consecuencias del mundo construido después de la Segunda Guerra Mundial. Hay personas que lamentan el declive de la ONU, pero hay que recordar que este y otros organismos multilaterales se gestaron al mismo tiempo en el que se estaban gestando todas las condiciones y violencias que han posibilitado un genocidio que ahora toma la forma del plan inmobiliario que Trump y Netanyahu preparan para Gaza.

Me parece importante trascender la idea de que esto solo se trata de Trump y de la emergencia de la ultraderecha en el mundo occidental; verlo así nos lleva a pensar que lo que debemos hacer es volver al viejo orden que tan bien funcionaba, regresar a los tiempos dorados de las democracias liberales que permitían hacer negocios bajo la sólida protección de organismos multilaterales al mismo tiempo que crecía el producto interno bruto de los estados, regresar a ese pasado en el que países de primer mundo podían financiar acciones altruistas para ayudar al tercero a desarrollarse bajo un mismo modelo de crecimiento económico. Bajo esta mirada, el problema es este presente que nos asusta y la solución está en volver al orden anterior.

Si cambiamos un poco la perspectiva, podemos leer ese pasado no como un paraíso al cual volver sino como la condición necesaria para gestar esto que está sucediendo en la actualidad; en ese pasado se apostó a un sistema económico como el capitalista, a un sistema de crecimiento económico que tarde o temprano iba a devastar al planeta por más democrático que nos lo pintaran. La demanda energética del capitalismo es exponencial y, como han dicho diversos especialistas, mientras esta demanda no decrezca las consecuencias de la emergencia climática no harán sino incrementarse. La idea de que las potencias del mundo y los organismos internacionales estaban apostando a una transición hacia fuentes de energía renovables acaba de caer destrozada ante las acciones de Trump en Venezuela motivadas por el acceso al petróleo.

Estamos en el Siglo XXI y el tema sigue siendo el petróleo. El acceso a los combustibles fósiles y a los bienes naturales que a Trump le interesan en Groenlandia atraviesa los acontecimientos que estamos presenciando. Si no era ya evidente, todo esto nos revela de manera más clara que la guerra por el control de las reservas (cada vez más disminuidas) de combustibles fósiles comenzará a agudizarse. Poco a poco las máscaras de la “transición energética” (altamente dependiente también de combustibles fósiles) están cayendo y el capitalismo nos muestra su verdadero rostro naranja. El resurgimiento de las ultraderechas no es la negación del orden anterior, es más bien su consecuencia natural, es la nueva cara del sistema capitalista sin máscara democrática. Propongo entonces, para poder diseñar alternativas urgentes, dejar de leer esto que pasa en el mundo como una crisis de la política internacional o solo como el resurgimiento de las ultraderechas, pensemos todo esto, Trump incluido, como la primera etapa de la crisis climática y energética.

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